Testimonio de Carmen Humphrey

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Me llamo Carmen Humphrey y vengo de un pequeño pueblo francocanadiense llamado St-Isidore-de-Bellevue, en Saskatchewan, que se encuentra a unos 100 kilómetros de Saskatoon. No los voy a aburrir con los detalles de mi juventud, porque mis primeros años fueron muy felices. Éramos pobres pero no lo sabíamos. Siempre nos sentimos amados y a salvo. Estudié para ser enfermera titulada y trabajé en el City Hospital y en el Royal University Hospital, en el quirófano, en las salas de observación y, finalmente, en cuidados intensivos.

También trabajé en residencias para personas mayores. Estoy en mi segundo matrimonio y soy muy feliz. En mi primer matrimonio fui víctima de abuso. Mi primer matrimonio fue anulado por la Iglesia. Mi esposo Scott y yo tenemos dos hijos: Michael, que tiene 18 años, y Stéphan, que tiene 17.

Siempre he creído en Dios. De joven era fiel en la práctica religiosa, pero cuando salí de casa ya no era tan fiel a la misa de los domingos. Creía en Dios, pero a veces pensaba que me había abandonado. En 1984 tuve un accidente de automóvil. Después del accidente sufrí fuertes dolores de cabeza. Había sufrido un latigazo cervical y mis dolores de cabeza eran tan intensos que no podía trabajar. En 1988, mi hermana supo que tenía cáncer. Era un cáncer raro y sufrió mucho.

En julio de 1989, el padre Émilien Tardif vino a Saskatchewan. Ya ha fallecido. Celebró una misa de sanación en la iglesia St. Patrick. Había mucha gente: la iglesia estaba llena. Mi madre pidió que fuéramos todos a rezar por mi hermana. Aunque no estaba muy segura de si creía en los milagros y en las sanaciones, fui; ¡porque cuando nuestra madre nos pide que hagamos algo, lo hacemos! Me casé en 1988 y quedé embarazada en 1989. Tenía dolores de cabeza todos los días y, a menudo, dos veces al día.

No quería ir a esa misa de sanación, pero fui de todos modos. Estábamos arriba, en el coro, en esa iglesia enorme, cuando el padre Tardif comenzó a «hablar en lenguas». Nunca en mi vida había oído algo así. Pensé: «¡Madre mía, qué extraño, pero muy conmovedor.» Y me puse a llorar. Me sentía en el Cielo, como si oyera cantar a los ángeles.

Unos minutos más tarde oí al padre Tardif que decía: «Alguien ha sido sanado de la artritis del hombro izquierdo», y una persona se puso de pie. Durante unos 30 minutos oró en lenguas y, a cada momento, se detenía para anunciar: «Alguien ha sido sanado de esto, alguien ha sido sanado de aquello.» Por todas partes de la iglesia las personas se ponían de pie. De nuevo me dije: «No creo en todo esto. ¡Habrán hablado entre ellos antes!» Ni siquiera quería estar allí; hacía mucho calor en la iglesia y estaba embarazada.

De pronto, el sacerdote dijo: «Alguien que sufre muchos dolores de cabeza desde hace algunos años siente ahora mucho calor en el cuello.» Pues bien, yo sentía mucho calor en el cuello, pero no me iba a poner de pie y decir: «¡Soy yo!» Me dije que debía ser porque estaba embarazada, porque tenía el pelo largo y porque era el mes de julio. Así que no dije nada.

Oraciones de sanación

Después de esa misa de sanación, ya no volví a tener dolor de cabeza. Durante cinco años había tenido esos dolores de cabeza casi constantemente y, de repente, ¡ya no más dolores! Enseguida supe en mi corazón que era un milagro, porque sabía lo intensos que habían sido mis dolores de cabeza. No se lo dije a nadie porque habrían pensado que me estaba volviendo loca. Ya saben, no se habla de estas cosas así nomás. No dije nada a nadie. Solo mi esposo lo sabía. Luego, el 15 de julio de 1991, mi hermana Juliette falleció.

Comencé a pensar: «El Señor me sanó a mí y no la sanó a ella, aunque ella estaba mucho más enferma que yo.» (No fui tan agradecida por esa sanación como debí haberlo sido.) Comencé a pedirle al Espíritu Santo que me ayudara, que me hiciera más agradecida, que me hiciera mejor esposa y mejor madre, mejor hermana, mejor hija y un buen ejemplo para todos los que encontrara. También le dije que se sirviera de mí si me necesitaba.

Realmente no veía cómo el Espíritu Santo podría servirse de mí, porque soy una madre de casa; no veo a nadie, no hago nada y no voy a ningún lado. Pero tengan cuidado con lo que dicen cuando rezan, porque bien podría sucederles.

Me puse a leer sobre las apariciones de Fátima, Lourdes, Medjugorje y todos los mensajes. Me decía: «¡Ay, Dios mío! Nos dirigimos derecho al infierno, porque nadie vive esos mensajes, ¡nadie! Todos nos hemos vuelto indiferentes respecto del Señor. Vivimos sin preguntarnos por las consecuencias de nuestras acciones.»

Él es alguien hacia quien nos volvemos cuando tenemos una necesidad o cuando sufrimos mucho, o cuando estamos realmente desesperados; en ese momento lo invocamos.» Me dije: «Debo empezar a rezar por mi familia, por mis amigos y por la conversión de los pecadores. Debo empezar a rezar el rosario.» El Rosario era la oración más poderosa que conocía en esa época.

Desde entonces he aprendido que rezar un solo Ave María con el corazón puede convertir un alma, sacar un alma del purgatorio y permitirle entrar al Cielo, poner fin a una guerra o cambiar el mundo. Ese es el poder de un solo Ave María. Me decía, pues: «Debo empezar a rezar el rosario.» No me gusta rezar el rosario sola, porque me cuesta mucho concentrarme. Así que comencé a preguntarle a la gente: «¿Quisieran que nos reuniéramos una vez por semana para rezar el rosario?» Nadie quería rezar el rosario conmigo.

Todo esto sucedía entre 1991 y 1995.

En septiembre de 1995 tuvo lugar la recaudación anual de fondos del obispo. Una mujer maravillosa y su hija vinieron a mi casa. Durante nuestra conversación dije: «¿Sabe? Estoy buscando a alguien con quien rezar el rosario y nadie quiere hacerlo.» Jeannette respondió: «Voy a rezar el rosario contigo.» Le respondí: «¡Es maravilloso!» Así que, desde esa misma semana, empezamos a rezar el rosario juntas una vez por semana. Encendíamos una vela y era todo muy tranquilo y apacible. Cada semana nos reuníamos para rezar el rosario.

Durante el mes de febrero de 1996 comenzó la Cuaresma y nos dijimos que queríamos hacer algo especial. Empezamos a reunirnos más seguido, a ir a misa, a la adoración y a rezar el rosario hasta cinco veces por semana. Cuando se reza el rosario con frecuencia, nuestra vida empieza a cambiar. Nuestras vidas comenzaron a cambiar. No sé cómo describirlo, pero era maravilloso. Y resulta que a fines de 1996 otra mujer se me acercó. Estábamos en la adoración, y ella vino hacia nosotras y nos invitó a su Cenáculo mariano cada viernes a la una.

Empezamos a ir todos los viernes por la tarde y allí conocimos a personas maravillosas.

Un Cenáculo

Luego, en 1997, las cosas empezaron a precipitarse de verdad. En esa época pensaba que eran simples coincidencias, pero ahora me doy cuenta de que eran pequeñas intervenciones divinas. El 13 de julio de 1997 fui a la casa de la mujer donde se reunía el Cenáculo. Tenía una invitada que vive en Vancouver y que tiene visiones. Su invitada oró sobre mí y me dijo: «Dios tiene una misión para ti.» Cuando a uno le dicen algo así, no sabe muy bien qué pensar. Volví a casa y recuerdo haberle dicho a mi madre: «Me pregunto qué clase de misión tendrá el Señor para mí.» Recuerdo haber hablado de eso con ella.

Dos días después, el 15 de julio, un martes, era el aniversario de la muerte de mi hermana. Cada año vamos a Saint-Laurent, al santuario de Duck Lake. Fuimos con un grupo de personas y rezamos el rosario juntos. Entré a una pequeña tienda y encontré una medallita del Espíritu Santo. Me pareció tan linda que la compré. Le pedí al sacerdote, el padre Fioleau, que la bendijera. Me la puse en la cadena y se la mostraba a todo el mundo diciendo: «¡Miren, encontré a mi Espíritu Santo!» Seguro que todos pensaron que estaba un poco loca con esa medalla.

La señora en cuya casa se reunía el Cenáculo tomó la medalla en su mano y dijo: «Me quema la mano.» Toqué la medalla y estaba caliente, pero era el mes de julio y hacía calor afuera; aunque no me quemaba la mano. Me miró y me dijo: «Estás llena del Espíritu Santo, vas a recibir un don del Espíritu Santo.» De nuevo, uno no sabe bien qué decir o qué pensar cuando le dicen algo así. Luego dijo: «Quizá vas a hablar en lenguas.» Ya me habían dicho eso antes y me dije: «Quizá dentro de diez años voy a hablar en lenguas… Puedo vivir con eso.»

Al día siguiente fui a la iglesia St. Mary. Voy varias veces por semana. Después de la misa me encontré con una amiga en el atrio de la iglesia. Le dije: «Ayer fui a Saint-Laurent, rezamos el rosario e hicimos el Vía Crucis. Fue un día muy hermoso y, mira, ¡encontré a mi Espíritu Santo!» Mientras le mostraba mi medalla del Espíritu Santo, ella me dijo: «Acabo de tener una manifestación del Espíritu Santo.» No sabía qué quería decir eso. No sabía que las personas pudieran tener ese tipo de intimidad con el Espíritu Santo. Me dijo: «Siento que el Espíritu Santo está aquí con nosotros.» Me dije: «Bueno, acabamos de comulgar, estamos al lado de la iglesia; quizá viene a saludarnos.» No lo sabía. Esa noche tuvimos una hora de adoración aquí, en la iglesia San Juan Bosco.

Hora de adoración

Esa noche llegué a las 9 en punto y me senté justo en medio de la iglesia. Me dije: «Voy a pasar una hora de adoración muy hermosa, porque tengo muchas cosas por las que quiero rezar.» Siempre empiezo con el Padrenuestro, pero fui incapaz de rezar el Padrenuestro; no podía rezar en absoluto. Me dije: «Madre mía, ¿por qué no soy capaz de concentrarme?» Normalmente sí puedo concentrarme cuando rezo.

Me puse a mirar las paredes y a pensar en toda clase de cosas, por ejemplo, qué iba a preparar de cena la noche siguiente. El Santísimo Sacramento estaba expuesto justo delante de mí y me sentía culpable por no ser capaz de concentrarme en la oración. Me dije que quizá debería tratar de leer algo, pero no podía concentrarme en nada. Aunque permanecí una hora entera, no logré rezar ni una sola oración.

De regreso a casa me decía que había estado muy distraída y que estas horas de adoración son raras y que no se deberían desperdiciar.

En casa tengo un pequeño trabajo que consiste en hacer depilaciones con cera caliente. A la mañana siguiente, una señora tenía cita para su depilación. Tenía un hijo pequeño de 5 años que se estaba quedando sordo y asistía a la escuela para sordos. Había llevado a su hijo con ella. Cuando entró a nuestra casa, oí una voz. Sin duda van a pensar que mi historia empieza a ponerse rara. La voz decía: «Pon tu mano sobre ese niño y reza por él.» No se trataba de que yo impusiera las manos a ese niño. No conocía lo suficiente a esa mujer para eso. Uno no toca a cualquiera así nomás. Siempre he respetado el espacio vital de las personas. Recé por él en mi corazón porque sentía compasión por él, pero no le impuse las manos. Luego, la mujer se fue de mi casa.

Una hora después vino mi sobrina con su hijito, que en esa época tenía 11 meses. Ese niño era muy alérgico a la leche. Entraron a mi casa y, de nuevo, oí esa voz: «Pon tu mano sobre ese niño y reza por él.» La voz era real, la oía en mi cabeza. Inmediatamente pensé que tenía alucinaciones, aunque nunca había tenido una en mi vida. Seguía sin estar dispuesta a poner mis manos sobre su hijo, porque mi sobrina iba a creer que estaba loca si ponía mis manos sobre ese niño y rezaba por él. Le dije: «Quédate aquí con mis dos hijos y yo vuelvo a la iglesia.» Quería recuperar esa hora de adoración que no había logrado la noche anterior.

Entré a la iglesia y comencé a sentir una sensación de hormigueo en mis manos y como un entumecimiento en su interior. Me dije: «¡Madre mía! ¡Estoy a punto de sufrir un accidente cerebrovascular! Tengo más de 40 años y algunos kilos de más; me voy a morir. Es un lugar hermoso para morir, justo aquí delante del Santísimo Sacramento… ¡Llévame, Señor, ahora!» No me estaba muriendo, y empecé a preguntarme qué estaba sucediendo. ¿El síndrome del túnel carpiano? ¡Eso es! Tendré que operarme y tengo un montón de platos por lavar.

¿Cómo voy a hacer la limpieza de la casa? No tenía ni idea de cuál era la causa de esa sensación de entumecimiento. Soy enfermera titulada y pensaba en todo lo que podría causar ese entumecimiento en mis manos. Me quedé una hora pero, de nuevo, no recé ni una sola oración.

Cuando me fui, una señora que venía de Filipinas salió a la vez que yo. Se me acercó y tomó mis manos entre las suyas. Me dije: «¿Pero qué está haciendo? ¡Uno no va hacia una persona que no conoce y le toma las manos así nomás!» Me dijo: «¿Está usted bien?» No parecía que yo estuviera emocionada. Le respondí: «Sí, estoy bien, pero tengo como una sensación de hormigueo en las manos.» Ella me respondió: «¿Lo siente usted?

«El Espíritu Santo está aquí presente.» Me dije: «¡Qué cosa!» y le dije: «¿Qué quiere decir?» Ella me respondió: «¿No lo siente?» Le respondí: «No, solo siento este hormigueo en mis manos.» Ella me respondió: «¿Puedo ir a su casa?» Me dije: «Bueno, supongo que no puede ser una asesina en serie, pues acaba de pasar una hora delante del Santísimo Sacramento.» Ella me siguió hasta la casa.

El don de sanación

Al entrar a nuestra casa me dijo: «Siento que van a venir muchas personas aquí y que usted va a rezar por ellas. Usted tiene el don de sanación. El Señor le habla. ¡Escúchelo!» Ahí perdí el control y me puse a llorar. Dije: «¡No es posible que todo esto esté sucediendo! Estas cosas les pasan a personas santas, seguramente no a mí.» Ya no quería oír más nada. Las manos me picaban de verdad con mucha intensidad. Ella me dijo: «Cálmate y sé obediente», y se fue a su casa. Esa noche, mi esposo…

Debo decirles que mi esposo es un hombre maravilloso, pero que no se crió en la fe. Nunca habla de Dios. De hecho, antes de casarnos, lo único que le dije fue: «Nunca me obligues a elegir entre tú y el Señor, porque vas a perder todas las veces.» Eso es todo lo que alguna vez se dijo sobre el Señor entre mi esposo y yo. Me deja hacer todo lo que quiero; es muy tolerante y debe haber tenido que serlo cada vez más con los años.

Me dijo: «Hay algo que te está molestando, tienes que decirme qué es lo que anda mal.» Le respondí: «No puedo hablarte de esto. Nunca me creerías.» Me respondió: «Tienes que decirme qué es lo que anda mal. Tienes que decírmelo.» Entonces le dije: «Será mejor que te sientes, porque no vas a creer lo que oigas.» Le conté lo que las mujeres habían dicho sobre el Espíritu Santo y sobre el hormigueo en mis manos, y las voces que había oído…

Después de un rato dijo: «Quizá el Señor quiere que hagas algo.» Lo miré diciéndome: «¿Qué te pasa?» Ahora comprendo que no era él quien había hablado. Esas palabras jamás habrían salido de su boca.

Esa noche pasé una noche bastante agitada: daba vueltas de un lado y del otro. A las 2 y media algo me impulsó a levantarme y a escribir algo. Durante cinco años, cuando mis hijos eran pequeños, me despertaban todas las noches cada dos horas y, cada vez, yo no quería levantarme. Tomé mi cobija y me arropé bien con ella, pensando que si no me movía volvería a dormirme. Pero oí: «Sé obediente, ¡sé obediente!» Resonaba tan fuerte en mi cabeza que hice volar la cobija y me dije: «¡De acuerdo!» Me levanté y fui a la cocina sin saber lo que hacía.

Tomé un pedazo de papel y, en pocos minutos, había escrito una oración increíblemente hermosa, con expresiones que nunca había usado en mi vida. La miré y me dije: «¡Es tan hermosa!» Esa oración estaba en mi cabeza. Volví a acostarme y recé por los dos niños por los que no había rezado, por mi padre que se estaba quedando ciego, por personas que tienen cáncer, por personas que sufren alergias; recé hasta las 5 y media de la madrugada. Al día siguiente, a la 1, tenía lugar el Cenáculo en la casa de la señora.

Fui para allá y, ahí, la señora de Filipinas me esperaba afuera. Casi nunca iba allí. Vino hacia mí, me tomó las manos y dijo: «¿Estuvo usted de pie a las 2 y media?» No se lo había contado a nadie. Dije: «Sí.» Me dijo: «He rezado los quince misterios del Rosario por usted. El Señor le está hablando. Quiere que usted haga algo. Tiene que hacerlo. ¿No lo siente?» Le respondí: «No, todo lo que siento es un hormigueo en las manos y, por favor, no me hable más de esto.» Ella me respondió: «Vaya a hablar con un sacerdote.»

Tenemos aquí un sacerdote nuevo, el abad Denis Phaneuf, y todo lo que sabía de él era que no era del tipo que tolerara historias que no se sostuvieran. Era muy directo. Probablemente me iba a decir que estaba enferma, que fuera a consultar a alguien y que no lo molestara con ese tipo de cosas. Además, mi hermana llegaba de Montreal y nos íbamos a visitar a mi hermano a Flin Flon, en el norte de Manitoba. Mi hermano trabaja allí de policía y nos íbamos a pescar, y luego partiríamos para ir a ver a mi otra hermana en Calgary. No tenía tiempo para hablar con un sacerdote. Se lo dije a mi madre y le pedí que guardara el mayor secreto sobre esto.

En el auto, cuando viajamos con mis padres, rezamos; decimos una coronilla de la divina misericordia, un rosario ordinario, otra coronilla de la divina misericordia y otro ordinario, una coronilla de la divina misericordia y otro rosario ordinario. Luego nos detenemos un ratito y después rezamos varias otras clases de oraciones. Es largo el viaje hasta Flin Flon y aún más largo hasta Calgary. Cada vez que rezábamos, sentía de nuevo el hormigueo en mis manos.

Pasaron dos semanas y me fui a acampar con mis hijos al parque regional de Wakaw. Mi hijo menor entró al agua desde el primer día y salió todo tembloroso, con fiebre y con la nariz moqueando. Es muy propenso a las infecciones de oído; fácilmente tiene 3 o 4 por año. Estaba molesta porque acabábamos de llegar y no quería tener que volver a Saskatoon apenas llegados. Puse mi mano sobre él. Como en esa época solo tenía 5 años, no me sentí avergonzada de hacerlo. Recé.

Y, al día siguiente, estaba como nuevo, sin ningún síntoma de nada. Pasamos una semana maravillosa. Me parecía bastante extraordinario… aunque me decía que era una coincidencia.

El lunes siguiente era el 18 de agosto y era el día de inicio de clases en la escuela Saint-Dominique. Ese año el inicio de clases era más temprano para el consejo escolar católico. Todas las madres esperaban en el pasillo, con su talonario de cheques en la mano, para pagar los gastos de inscripción. Por cortesía le pregunté a la señora que estaba a mi lado: «¿Cómo está usted?» No la conocía muy bien en esa época. Me respondió: «Estoy pasando un verano realmente difícil; sufro de artritis en el hombro izquierdo. No puedo llevar mi anillo de bodas. Hace cinco años que no lo llevo puesto.

No soy capaz de hacer mis quehaceres de la casa. Estoy pasando un verano verdaderamente espantoso.» Lamenté haberle hecho la pregunta. Sin saber muy bien por qué, de pronto le dije: «¿Quisiera usted que rece por usted?» No podía creer que realmente hubiera pronunciado esas palabras. Me dije: «¡Madre mía! Si ella acepta, ¡tendré que rezar por ella!» Y no quería para nada. Ella dijo: «Sí.» Me dije: «¡Ay, no! ¡Hay un montón de gente por todas partes! Vayamos detrás de una puerta.» Nos fuimos a esconder detrás de una puerta.

Fue uno de los momentos más vergonzosos de toda mi vida. Coloqué mi mano sobre su hombro izquierdo y recé la oración que me había venido durante la noche. Ella me dio las gracias y se fue.

Me dije: «¡Nunca más voy a hacer esto! Tengo que ir a hablar con un sacerdote.» Llamé a la casa parroquial y no estaba. Dejé mi nombre y mi número de teléfono. Cuando el abad Denis me devolvió la llamada, le dije: «Me llamo Carmen Humphrey y quisiera hablarle de algo muy importante.» Me respondió: «No tengo tiempo para hablar con usted.» Me dije: «¡Gracias, Señor!» Pensaba que un sacerdote hablaba con todo el mundo. Así que concluí que tenía mi respuesta del Señor. Todo esto va a pasar. No se lo he contado a nadie. Todo está bajo control.

Mi madre me prometió guardar el secreto. Va a pasar… todo esto terminará por pasar. Dos días después, el abad Denis me llama y me dice: «Su nombre está aquí, sobre mi escritorio. ¿Usted me llamó?» No, le dije. Entonces me dijo: «Me gustaría hablar con usted.» Me dije: «No hay problema; de todos modos no puede hacer nada: no puede quitarme a mis hijos. Tampoco puede despedirme. No puede echarme de la iglesia. Voy a ir y contarle todo.» Fui a la casa parroquial a la 1 del 28 de agosto.

No le hablen nunca al abad Denis a la 1 de la tarde, porque solo piensa en dormir.

Entré a la iglesia y me senté en un banco, y le conté todo. Le mostré la oración que había escrito, le hablé del hormigueo en mis manos, le hablé de las voces que había oído. Le repetí lo que las mujeres habían dicho sobre el Espíritu Santo. Estaba bostezando. «Dios mío, debe estar harto», me dije. Finalmente me dijo: «Entonces, ¿cuál es su problema? Debería arrodillarse y dar gracias al Señor. Él le ha dado el don de sanación.» No podía creer lo que oía. «Pero, ¿es sobrenatural?», le dije.

«¡Claro que es sobrenatural!», me respondió. – «Pero no soy una persona lo bastante buena para que me suceda algo así.» – «Bueno, ¿qué opinas de ti?» – «¡Creo que soy una pecadora!» – «¡Los pecadores van al infierno!» Empezaba a sentirme bastante incómoda. Me dijo: «Jesús murió en la cruz para hacerte digna. Todos somos dignos de los dones del Espíritu Santo. No intentes comprender por qué el Señor te eligió a ti para algo así, porque nunca vas a poder comprenderlo. Solo actúa.»

Entonces le pregunté: «¿Qué significa el hormigueo en mis manos?» Me respondió: «¡Ah! Es el Espíritu Santo que quiere que toques a la gente, que la bendigas y la sanes. ¡Hazlo, hazlo! Incluso te ha dado el manual de instrucciones. ¡Entonces hazlo!» Le respondí: «Solo soy una madre de casa. Nunca voy a ningún lado. Nunca veo a nadie.» Me respondió: «No te preocupes por eso.

Si el Señor quiere servirse de ti de esa manera, encontrará un medio.» También me dijo que podía rechazar ese don, y que el Señor simplemente iría a buscar a otra persona, y que me amaría igual; pero que de todos modos debería tratar de ver lo que el Señor puede hacer. Luego me dio la combinación para la iglesia, diciéndome que viniera las veces que quisiera. Fui a casa y llamé a mi madre. Lloramos largo rato por teléfono. Tenía que decírselo a mi familia. A mí me resulta fácil contarles estas cosas a mi familia.

Pero tengo una hermana que vive aquí, en Saskatoon; es muy espiritual y muy inteligente. No se deja engañar por cualquier tipo de sensacionalismo. Es muy escéptica respecto de este tipo de cosas: nunca me creería. Me conoce muy bien desde la infancia. No me creería, pero tenía que decírselo.

El día de la fiesta del Trabajo fui a su casa. Llevé a mi otra hermana conmigo como apoyo moral y le conté toda la historia. Me dijo: «¡Es maravilloso! Es el tipo de cosas que uno lee, pero que nunca piensa conocer a esas personas. Y, además, que le suceda a alguien que conocemos, a alguien de la familia a quien se puede acceder en todo momento, ¡es maravilloso! No te vas de aquí antes de haber rezado por mí.» Su reacción era completamente diferente de lo que había anticipado.

Al día siguiente me desperté y me dije: «No puede ser que esto sea verdad, debe ser mi imaginación. No puedo creer todas estas historias.» Vine a San Juan Bosco, porque tenía la combinación para entrar a la iglesia. Estaba sola. Me senté delante del Sagrario y dije: «Señor, no puedo creer que me hayas hecho esto… No es que no crea que eres capaz… Necesito una prueba. Necesito una señal. No quiero que la gente se ría de ti ni de mí.

Necesito una señal, y tiene que ser bien grande para que yo no pueda pasarla por alto.» (¿Qué sé yo de señales? Soy un poco tonta cuando se trata de cosas así.)

Un regalo del Espíritu Santo

Volví a casa y, aunque no hago jardinería, empecé a arrancar malezas en el patio trasero. Tengo una estatua de la Virgen María en el patio. Mientras arrancaba las malezas, encontré un rosal que yo no había plantado, con sus espinas y todo. Me dije: «Podría ser una señal.» ¿Qué es una señal? Ni idea… ¿un rosal? Vivo en un barrio lleno de flores por todas partes; así que debe haber una explicación para esto. Entré a la casa y me puse a lavar los pisos. Me estaba volviendo loca.

Durante seis semanas me dio vueltas en la cabeza que estaba loca y que no podía ser verdad. Me había imaginado todo eso. Dejé de lavar el piso y decidí ir a llamar a la señora que tiene el Cenáculo en su casa, la que me había dicho que iba a recibir un regalo del Espíritu Santo. Me dijo: «Ven a visitarme.» Fui a su casa y le dije: «No puedo creer que el Señor me haya hecho esto.» Me respondió: «Es Lucifer quien habla. Tienes que combatirlo. Te va a meter toda clase de dudas en la cabeza. Intentará impedir que uses tu don.

Tienes que combatirlo.» Me dije: «¿Cómo se pelea con el diablo? Necesito ayuda.» Dije: «Quisiera que reces por mí.» Me arrodillé delante de ella y ella puso su mano sobre mi cabeza. No escuchaba lo que decía. Simplemente dije: «Espíritu Santo, ven a mi corazón y arréglalo.» Entonces caí en el reposo en el Espíritu. Caí como una piedra. Mientras caía, me veía caer como en cámara lenta; sentía la presencia del Espíritu Santo. Me sentía en paz.

Quedé en el suelo unos cinco segundos, y me pasó por la cabeza que podría ser una señal. En efecto, podría haber sido una señal, porque no soy del tipo que cae por nada. Me tienen que pagar caro para que me caiga al suelo sin razón. Me sentí en paz, más en paz de lo que me había sentido durante todo el verano. Pero las manos todavía me picaban bastante fuerte. Me levanté y me sentía tan bien. Me sentía como si me hubieran quitado todo el peso del mundo entero de encima de los hombros. Me sentía tan bien. Volví a casa.

Al día siguiente era la jornada de «padres y maestro» en la escuela. No quería ir a reunirme con la profesora, porque ya la había conocido. Era la misma profesora del año pasado y no quería ir. Mi hijo menor me dijo: «Hice un dibujo, está sobre mi pupitre, y tienes que ir a la escuela a buscarlo.» Sintiéndome un poco culpable, decidí ir a la escuela. Llego y la mujer que sufría de artritis estaba ahí, cerquita de la puerta. Viene hacia mí a toda velocidad diciéndome: «Intenté llamarla.

Estoy sanada.» Dije: «¿Qué quiere decir con que está sanada?» Levantaba el brazo de arriba abajo diciéndome de nuevo: «Estoy sanada.» Me dije: «Esa es una señal bastante evidente…» Le dije: «Déle gracias al Señor por su sanación, porque es él quien la sanó. Yo no soy capaz de sanar a nadie. Solo el Señor puede hacerlo.»

Al día siguiente volví a la iglesia y dije: «De acuerdo, te creo. Si no te creo, soy idiota. Y acepto hacer lo que me pides, pero no tengo ni idea de cómo hacerlo. Tendrás que hacerlo tú por mí, porque no voy a plantarme en la esquina a imponer las manos a las personas que pasan.» Durante algunos meses anoté los nombres de las personas por las que oraba. Al cabo de once meses había rezado por 1500 personas y había visto 150 milagros.

Después decidí no escribir más los nombres, porque esto le concierne al Señor y toda la gloria debe serle dada a él. Él es quien actúa. ¡He visto tantos milagros! Estoy segura de que tenía la mandíbula colgando hasta el suelo todo el día, tan admirada estaba ante la bondad de Dios. Él está tan lleno de amor y nos sana. Veía tantos milagros. No pasaba una semana sin que yo fuera testigo de un milagro. Una vez vi unos pies muy hinchados deshincharse delante de mis ojos. Eso supera todo lo que uno puede imaginar.

Sigo maravillada cada vez que sucede.

Tener visiones

En la primavera de 1998 las cosas se complicaron un poco. Empecé a tener visiones. Pensé que de verdad me había vuelto loca, porque veía cosas… (en mi cabeza). Esto sucedía siempre cuando estaba en oración y tenía los ojos cerrados. Cuando empecé a tener visiones, mi madre me sugirió que buscara un director espiritual. Lo encontré en la persona de la hermana Pauline. Es una consejera maravillosa. Me explicó que el Señor usa mi imaginación, mis conocimientos y mis experiencias pasadas y forma imágenes en mi cabeza. El Señor me enseña a través de esas visiones y, a veces, me da un mensaje para la persona por la que rezo. El Espíritu Santo me hace comprender el sentido de la visión, aunque la mayoría se explican por sí mismas.

Quisiera compartir tres de esas visiones con ustedes. He recibido unas cincuenta. Tengo copias al fondo de la iglesia, pero ahora compartiré tres. Recibí una de ellas durante la misa en la iglesia St. Mary, en la primavera de 1999. La lectura de ese día relataba la conversión de san Pablo. Esa lectura me gusta mucho y la escuchaba con mucha atención. De pronto, la iglesia me pareció inmensa. Me dije: «¡Ay, Dios mío! ¡Estoy teniendo una visión en plena misa!» Cerré los ojos y la iglesia seguía creciendo. Tenía diferentes niveles.

Incluso tenía un calabozo y un pasillo pequeño que se hundía en la tierra y se llenaba de agua. El agua en la superficie parecía muy limpia. Luego se oscurecía y se volvía turbia. El fondo estaba todo embarrado. Todas las personas de la tierra se convirtieron en peces en esa agua. Los peces que estaban en la superficie, en el agua limpia, podían ver a Jesús que los alimentaba. Asimilábamos toda esa comida. Para nosotros era comida para peces y éramos como peces hambrientos.

Esos peces se volvieron muy grandes y muy fuertes. Los que estaban en el agua un poco más profunda no siempre veían la comida, así que comían solo de vez en cuando. Y cuando comían, crecían un poquito. Se perdían en el agua oscura y eran cada vez más pequeños. Los que estaban en el fondo eran realmente pequeños. Nunca veían la comida, nunca comían y no crecían en absoluto. Veía todo esto en color y con muchísimos detalles, como si mirara una pantalla de televisión gigantesca. Estaba completamente absorta en lo que veía. Luego, de pronto, el agua empezó a temblar. Nos mirábamos unos a otros. Miramos al cielo y vimos una barca de fondo plano. Jesús estaba de pie en esa barca y llamaba a todos los peces a que vinieran hasta la barca.

Los peces más grandes, los que estaban en la superficie, eran bastante fuertes como para haber saltado simplemente a la barca. Pero Jesús no quería que lo hicieran. Lanzó una red inmensa al agua. La red tenía agujeros de diferentes tamaños, y la Virgen María estaba en el agua con nosotros. Nos dijo: «Ahora es la hora de que se reúnan en la red. Antes de entrar en la red, tienen que ir a buscar los pececitos que están en ese rincón de allá.» Enviaba a los peces grandes a buscar a los pequeños y a llevarlos a la red.

Algunos no querían quedarse atrás, así que se aferraban a las aletas de los más grandes y lograban entrar así en la red sin demasiados problemas. Algunos se asustaron y se fueron en la otra dirección. La Virgen dijo: «Vayan a buscar esos peces.» Todos los peces estaban siendo reunidos. Era evidente que era la Virgen quien llevaba a todos los peces a la red.

Dijo: «Tienen que ir a buscar los pececitos que están en el fondo.» No querían venir y nos lanzaban gritos amenazadores; luego nadaron hacia atrás y se enterraron en el barro. Dijimos: «Virgen María, no quieren subir.» «Pues bien, nos dijo, vayan a buscar peces más grandes y llévenlos a todos hasta arriba.»

Finalmente, todos los peces quedaron reunidos en la red y Jesús la levantó. Mientras la levantaba, los peces que no querían estar allí se escabulleron entre los demás peces y se escapaban por los agujeros. Los peces que no querían caer eran sostenidos por los más grandes. En cuanto a los más grandes, no podían caer porque eran más grandes que los agujeros. Jesús recogió la red y la puso en la barca. Ese fue el fin de la visión. Cuando volví en mí, me había perdido el Evangelio, la homilía, las oraciones universales y el Santo.

Oí: «La noche en que fue entregado, Jesús tomó el pan…» Podía ver a Jesús que nos alimentaba como hacía un momento. Era una sensación extraña, pero era una de las visiones más hermosas que había tenido. Era como un resumen de toda la Biblia, porque Jesús nos alimenta en los sacramentos que son la Reconciliación y la Eucaristía. Tenemos todo lo que necesitamos para ir al Cielo. Los que toman lo que Jesús nos da para alimentarnos se vuelven fuertes, pero deben rezar por los que no son fuertes. María nos conduce a Jesús, y Jesús no quiere perder ni siquiera la más pequeña de las almas.

Tendremos todos la oportunidad de ir a Jesús, pero también tenemos la posibilidad de escurrirnos entre los demás peces y salir por los agujeros.

La segunda visión que quiero compartir con ustedes es esta: Estábamos en la cima de una colina y yo veía un valle a mis pies. Veía que estaban crucificando a Jesús. Los veía clavarle los clavos en las manos. Vi todo. Era aterrador, terrible de ver, y les digo que lloré. Después de la muerte de Jesús vi una nube grande acercarse por el lado derecho. Veía gente dispersa por todas partes. Había truenos, lluvia, relámpagos y la gente tenía miedo. Vi la silueta de Dios Padre.

Lo vi tender la mano y recoger la cruz sobre la que aún estaba Jesús. La llevó a su hombro derecho. Veía grietas inmensas en el suelo y gente que caía en las grietas. Había truenos y relámpagos. Durante una fracción de segundo sentí la decepción que Dios sentía respecto de su creación, a la que envió a su Hijo único para salvarnos. Y seguimos ofendiéndolo.

Visión durante la adoración

Luego vi aparecer su mano izquierda. Era como una imagen en 3 dimensiones: una mano grande que aparece de pronto. Su mano estaba cerrada; la abrió y vi una paloma en su mano. Sopló a la paloma y la dejó volar. La paloma sobrevoló el valle. Cada vez que batía las alas, sentía el desplazamiento del aire en mi cara. Era una visión muy hermosa. Esta es la otra visión que quisiera compartir con ustedes. Recibí esta visión durante la adoración. Mi madre me había llamado para pedirme que rezara por ciertas personas.

Me quedaban unos 20 minutos de mi hora de adoración. Cerré los ojos y vi una mesa muy larga. Medía unos 60 pies de largo y estaba cubierta con un mantel blanco. Jesús estaba sentado al otro extremo. Dije: «Jesús, estás tan lejos. Sé que siempre te estoy molestando porque te pido esto o aquello. Sabes, sería necesario que viéramos sanaciones porque la gente ya no te conoce; necesitan pruebas.» Mientras yo hablaba, la mesa se hacía más pequeña. Se volvió cada vez más corta y, finalmente, solo medía un pie de largo.

Jesús estaba sentado justo delante de mí. Tomó mis manos entre las suyas y me miró a los ojos. Me dijo: «Hija amada mía, no me molestas. Todas esas personas por las que rezas son muy preciosas para mí. Diles cuánto las amo. No te preocupes cuando te encuentres en todas esas situaciones. Te doy gracias por tu audacia y tu obediencia. Voy a servirme de ti con frecuencia. Te amo, hija mía.» Como pueden ver, he tenido visiones maravillosas.

Quisiera compartir un poco aquello en lo que vengo reflexionando desde hace algún tiempo… cómo estamos aquí para dar gloria a Dios. Todo lo que hacemos durante nuestra vida debería ser con el fin de dar gloria a Dios, no a nosotros mismos. Somos muy consentidos como sociedad. Cuando tenemos hambre, comemos. Cuando tenemos sed, bebemos. Cuando no nos sentimos bien, tomamos algo para sentirnos mejor. Lo queremos todo, y de inmediato. Somos muy consentidos. Siempre queremos más, más, más. Hay tanto sufrimiento y nos preguntamos por qué.

Es el resultado directo del pecado. La consecuencia del pecado es el sufrimiento. Es así de simple. Si le robo 5 dólares, soy yo quien comete el pecado y usted es la persona que sufre. La persona que comete el pecado no es necesariamente la que sufre. Dado que todos formamos parte del Cuerpo de Cristo, somos hermanos y hermanas en Jesús. Estamos juntos en este mundo y, cuando cometemos el pecado, eso afecta a todos. El bien que hacemos también afecta a todos.

Sabemos que hay niños que mueren de cáncer en los hospitales. ¿Qué mal han hecho? ¿De quién es la culpa? Es que somos pecadores. Si no pecáramos tanto, no habría tanto sufrimiento en el mundo. Todo pecado debe ser reparado y somos tan pecadores. La gente tiene relaciones sexuales a diestra y siniestra; viven juntos sin estar casados. Se permiten abortos en nuestra propia ciudad.

Hacemos trampa y mentimos, hablamos mal los unos de los otros, vemos toda clase de abominaciones en la televisión y en el cine, nos acercamos a comulgar sin haber ido a confesión. Algunas personas dicen: «Yo no hago nada malo. Solo me hago daño a mí mismo. Puedo ir al infierno si quiero; es mi elección.» No, nunca vamos al infierno solos y nunca vamos al Cielo solos. Siempre llevamos a un montón con nosotros. Todos somos responsables del sufrimiento en el mundo…

Si usted peca y no pide perdón por ese pecado, no hace reparación por ese pecado y no intenta corregirse, le garantizo que alguien va a sufrir por ese pecado: sea usted, sea alguien de su familia, o un extraño; pero alguien va a sufrir por ese pecado. Todo pecado debe ser reparado, pero debemos recordar que Jesús murió por cada uno de nosotros; ¡su misericordia es infinita! Entonces, si le pedimos perdón, Jesús va a perdonarnos.

Cuando vamos a confesión, nuestros pecados son perdonados, y la ventaja es que con la absolución que recibimos en el sacramento de la reconciliación recibimos la gracia, esa maravillosa gracia. ¿Qué es la gracia? Es una ayuda invisible de Dios. ¿Quién no la necesita?

¿Qué hacemos con respecto al estado terrible en el que se encuentra el mundo? Debemos convertirnos en los santos que el Señor quiere que seamos. ¿Cómo nos volvemos santos? Nos volvemos santos rezando, recibiendo la Eucaristía, yendo a confesión, pidiendo misericordia por nuestras almas todos los días (una conversión del corazón cotidiana), rezando el rosario todos los días, ayunando, haciendo penitencia, amando al prójimo como Jesús nos ama. ¡En resumen, siguiendo los mandamientos! Dentro de un millón de años nuestras almas estarán tan vivas como lo están hoy. Solo hay dos lugares donde podemos estar, y es ahora que debemos elegir dónde queremos estar dentro de un millón de años. Quiero verlos a todos en el Cielo.

Actualización (marzo de 2008)

Mi vida sigue estando llena del privilegio de ser testigo de la gloria de Dios y de la acción del Espíritu Santo casi a diario. Nos reunimos en mi casa todos los martes para un Cenáculo mariano. Esos encuentros son extraordinarios. Cada vez más gente los frecuenta; tenemos entre 50 y 60 personas que vienen fielmente cada semana. Rezo con varias personas, sea por teléfono o en persona. He dado varias conferencias en iglesias y salones (en la región y en el este, en Inglaterra, en Irlanda). Mis hijos crecen; así que puedo viajar más fácilmente e iría a hablar donde fuera invitada. Los arreglos pueden hacerse comunicándose conmigo a través de este sitio web.

Las visiones y locuciones interiores de Jesús y de María están llenas de amor, misericordia y esperanza. Varias personas se han comunicado conmigo a través de este sitio web, y añado sus intenciones de oración a mis intenciones diarias. Siento que existe una red subterránea de oración que es discreta pero muy poderosa. Esto contribuirá al triunfo del Inmaculado Corazón de María.

Ruego al Espíritu Santo que descienda sobre cada persona de la tierra para que cada una pueda vivir una verdadera conversión del corazón.