Victorien Faucher, pbro.

Amigo del padre Émilien Tardif, de St-Zacharie

Espíritu Santo, ilumínanos. Mamá María, ruega por nosotros. Conocí a Émilien Tardif en el Gran Seminario de Quebec, en 1953. Yo comenzaba mis estudios de Teología para ser sacerdote, mientras que él estaba ya en 3.er año de Teología y se alojaba en casa de los Padres del Sagrado Corazón, en Beauport, su comunidad. Aunque somos originarios de la misma parroquia, St-Zacharie, en la Beauce, nunca lo había encontrado antes, pues él y sus padres se habían mudado a Abitibi.

Antigua iglesia de St-Zacharie, Beauce

Iglesia St-Bruno, Rapide Danseur, Abitibi

Recuerdo: teníamos algunos cursos en común con un centenar de otros seminaristas y, durante el recreo (¿pausa-sana?), nos encontrábamos y hablábamos de nuestras familias, de nuestros orígenes, pues mi madre era también una Tardif (Maria Tardif), pero sin vínculo cercano de parentesco. Lo que recuerdo de esos encuentros es que Émilien era el hombre de la amplia sonrisa y cálido en su acogida. Después de su ordenación y de su partida hacia la misión en Santo Domingo, no lo volví a ver hasta 1973, el año de su grave enfermedad y de su sanación milagrosa.

Fue en St-Côme de Beauce, en veladas de oración carismática, donde lo encontré varias veces; allí compartíamos, después de los encuentros, las maravillas que el Espíritu Santo realizaba en las almas y en los cuerpos: conversiones, sanaciones, oraciones en lenguas, ejercicios de carismas, liberaciones durante ministerios especiales.

Renovación carismática

Era el comienzo de la Renovación carismática en la Beauce y en Quebec, y tuvimos la ocasión, juntos, de defender la Renovación en la Radio, respondiendo en las líneas abiertas a varias preguntas a veces insidiosas. Él era más audaz que yo y replicaba con mucha justeza y sabiduría.

Durante un retiro del padre Jean-Paul Régimbal, el fundador de la Renovación Carismática en Quebec, que había venido a predicar a St-Côme, en octubre de 1973, recuerdo que una señora de St-Côme que tenía un don carismático de profecía había venido a llevar un mensaje para el padre Émilien Tardif a la casa parroquial; como Émilien estaba ausente, ella me encargó transmitirle el siguiente mensaje, diciendo que el Señor quería que el padre Émilien evangelizara en todo el mundo.

Después de veinticinco años de evangelización en más de 70 países, veo que la profecía era exacta, y que Émilien no hizo más que responder con presteza y amor a las numerosas peticiones de retiro que le hacían cada año, en todo el mundo.

Lo he oído predicar a menudo cuando pasaba por una u otra sala de la Beauce o en congresos carismáticos, y era tan sencillo y al alcance de la gente, con pequeños ejemplos o testimonios vividos y, sobre todo, con tal convicción de que el Señor está vivo y de que Él quiere colmar a su pueblo cumpliendo las promesas del Evangelio. Nos arrastraba a tener confianza en el Señor. Sus ministerios de intercesión por los enfermos después de la comunión nos revelaban su corazón de sacerdote, de pastor, que desea tanto aliviar la miseria del pueblo de Dios siendo el instrumento de Jesucristo, el gran Pastor de todas las almas.

Lo acogí a menudo, durante sus muy cortas jornadas de vacaciones, cuando pasaba por casa de su hermana Rose Paquet Tardif y de Paul-Rémi Paquet, y ¡cómo le gustaba testimoniar las maravillas que el Señor había realizado durante sus evangelizaciones! Me interrogaba mucho sobre lo que el Señor hacía en nuestras comunidades cristianas a través de la Renovación Carismática. También estaba muy inquieto al ver cómo la fe había bajado en muchas parroquias y el desapego de muchos de nuestros bautizados. Sentía la importancia de formar laicos y pequeños grupos de oración para orar por los no creyentes y evangelizar.

Al servicio de Cristo y de la Evangelización

Un año y medio antes de su muerte, en enero de 1997, tuve la ventaja de ir con otro colega sacerdote (el abate Ghislain Roy) a pasar una semana con él, acompañándolo en su gira de evangelización en Santo Domingo, en Santiago, en Nagua, durante la novena de la Altagracia; visitamos las pequeñas comunidades del Cristo Vivo y varias escuelas de la fe que fundó. Allí vi y toqué con el dedo la acción del Espíritu Santo en esas comunidades de caridad y de compromiso al servicio de Cristo en la Evangelización. ¡Qué alegría y qué esperanza suscitó en mí! Descubrí a un padre Émilien Tardif, líder que veía a largo plazo; un buen Papá para toda esa gente que se compromete a orar, adorar y dar a conocer al Señor Jesús y sus enseñanzas.

Vi cómo el padre Émilien era un hombre «devorado». Ya no se pertenecía; tanta gente necesitaba encontrarse con él para la organización del apostolado o para hacer orar sobre sí. A menudo ni siquiera podía desayunar tranquilamente con nosotros; era el teléfono, las personas que lo reclamaban por un enfermo u otra cosa.

Oraba en la camioneta su breviario y nos invitaba a rezar el rosario con él mientras nos desplazábamos de una ciudad a otra. Nunca lo oí quejarse de estar demasiado ocupado, ni lo vi negarse a encontrarse con un enfermo, un menesteroso.

Allí donde descubrí la grandeza de alma de Émilien fue aquí, en Quebec, cuando fue ridiculizado y atacado por su ministerio de sanación en las ondas de un canal de televisión. Lo encontró difícil, pero no se desalentó ni se vengó. Encontró una ocasión de crecer en la humildad, sabiendo que la cruz es el precio a pagar por la salvación de las almas.

En cuanto a mí, he perdido a un gran amigo que me inspiraba mucho en mi apostolado de sacerdote para dar «Cristo a las almas y las almas a Cristo», pero estoy seguro de que he ganado en el cielo un gran intercesor para velar por mí y por el pueblo de Dios. ¡Viva el Cristo Vivo, que ha modelado el corazón tan generoso y el alma tan amante del padre Émilien!

Victorien Faucher, sacerdote

St-Côme de Beauce, P.Q.

Canadá.

El 16 de noviembre de 1999.