Homilía en la ceremonia de Santiago.

Sus funerales

Sus funerales, lo recuerdo, se celebraron ante 40 000 fieles, dominicanos, evidentemente, pero también personas que se precipitaron desde los cuatro extremos del mundo para rendirle homenaje. Émilien falleció el 8 de junio y solo hicieron falta cinco días para organizar su servicio fúnebre. Se realizaron varias celebraciones en Santo Domingo y en Santiago. Su cuerpo fue colocado en una cripta del cementerio municipal de Santiago. En una ceremonia cargada de emoción, celebrada en el estadio Cibao de Santiago, el 13 de junio, monseñor Juan Antonio Flores Santana, arzobispo de Santiago, pronunció la homilía. Hay que señalar que este texto, antes de aparecer aquí, fue traducido por otro gran colaborador de Émilien, el sacerdote Pierre Rancourt. Dejemos la palabra a monseñor Santana.

«Queridos hermanos,

Saludamos y acogemos con afecto a todas las personas que han venido aquí, del Cibao, de nuestro país y del mundo. Hemos venido a participar en este momento intenso de nuestra vida eclesial y a contemplar el paso de nuestro querido padre Émilien Tardif, con Jesucristo glorioso, a la casa del Padre. Esa es la novedad esencial de la muerte cristiana. Si morimos con él, con él viviremos. (2 Tim. 2, 11). Por eso santa Teresa del Niño Jesús, en la agonía, exclamaba con alegría: «No muero, entro en la vida».

El martes por la mañana pasado, 8 de junio, se difundía entre nosotros y en todo el mundo la noticia consternadora de la muerte súbita del padre Émilien Tardif en el momento en que se levantaba para continuar dirigiendo los ejercicios espirituales de 300 sacerdotes en Córdoba, en Argentina. La noticia se difundió con la velocidad del rayo gracias a los medios actuales de comunicación social. No estábamos preparados psicológicamente para esta información brutal.

Yo, como todos, quedé sorprendido, pero luego me hice sereno pensando en el salmo 116, 1.5: «Es preciosa ante los ojos de Dios la muerte de sus santos». Profeta del mundo entero. El padre Émilien, un misionero del Sagrado Corazón canadiense, dominicano con los dominicanos y, en los últimos tiempos, ciudadano y profeta del mundo entero. La vida, la obra y los escritos del padre Émilien son conocidos por todos. Todos los conocemos, y la prensa y los demás medios de comunicación se han hecho eco de ellos. Por eso no hace falta enumerarlos.

Anteayer pensaba y pedía luz al Señor para ver qué nos decía por esta muerte luminosa del padre Émilien. Y me vinieron estas dos ideas que quisiera compartir con ustedes. Primero, a qué grado de amor y de santidad puede llegar una persona cuando, libre y totalmente, abre su corazón a Jesucristo.

Segundo, cómo Dios, en épocas en que parecen decaer en el mundo la fe y la práctica de las buenas costumbres, hace surgir grandes profetas que irradian el amor, la luz y la paz en la Iglesia y en la sociedad, y que también sacuden las conciencias, invitando a cambiar de vida y a dejarse transformar por el mismo Jesús, el Señor.

Jesús está vivo

Ciertamente, el padre Émilien, para quien el Señor hizo un verdadero milagro cuando estaba en peligro de muerte devolviéndole la salud por la oración de un grupo de la renovación carismática en Canadá, hizo un trabajo apostólico en la línea de ese movimiento, inspirado por Dios en el seno de la Iglesia. Trabajó con una visión bíblica y teológica, siempre en la obediencia al Magisterio auténtico de la Iglesia. Lo hizo también sin descuidar la dimensión humana y social.

Cuando era superior provincial de los Misioneros del Sagrado Corazón, fue el trabajo por la justicia social y por los pobres lo que, aunque Émilien era joven, deterioró su salud y lo llevó al borde de la muerte. Él mismo nos dice en su libro «Jesús está vivo» que había consumido su tiempo y su vida en actividades materiales, la construcción de iglesias, de seminarios, de centros de promoción humana y de catequesis, etc., y en buscar dinero para sostener esas obras.

Desde jóvenes nos conocíamos muy bien, y los dos habíamos trabajado aquí, en Santiago.

Por un lado, siempre noté en él «al hombre de Dios» que vivía a la perfección su vida sacerdotal y religiosa. Por otro lado, tenía grandes dones humanos: la inteligencia, la mística del trabajo. Era emprendedor, tenía una gran capacidad de organización y una gran tenacidad para realizar sus proyectos evangélicos y humanos. Con la gracia de Dios, la fuerza de voluntad, la sabiduría, podía vencer las numerosas dificultades que se presentaban.

El padre Émilien, incluso después de haberse puesto a trabajar más en la renovación cristiana en el Espíritu, tuvo en ese renuevo una gran tarea a nivel mundial con su formación teológica y su prudencia. Nunca descuidó en su vida y en su predicación «el compromiso temporal», sobre todo por los pobres.

Tenemos un ejemplo reciente y contundente de personas que han soportado el peso económico de la construcción del Centro católico carismático de Las Caracas, en las afueras de esta ciudad, que se convertirá en un santuario dedicado a la santa Trinidad con ocasión del gran jubileo del año 2000 de nuestra Redención realizada por el Hijo de Dios hecho hombre, Jesucristo nuestro Salvador y Señor.

Estas personas me han confiado que desean terminar ese centro de retiros, de evangelización, de espiritualidad, y consagrar a él su vida y también los ingresos de sus empresas a la prevención y a la educación de miles de jóvenes necesitados de esta región.

La fuerza de lo alto

El padre Émilien no se equivoca cuando insiste en decir que lo más importante es que Dios toque el corazón del ser humano con su luz y su gracia, que le descubra el mundo nuevo de las maravillas y de los dones mesiánicos, para llevarlo a cambiar de vida, transformarlo y hacer de él «un hombre nuevo» según el Cristo, como hizo con Zaqueo: una vez que su corazón fue cambiado, él mismo, sin que el Cristo lo advirtiera expresamente, se decidió a devolver los bienes mal adquiridos y a compartir con los necesitados los bienes adquiridos honradamente.

Por el contrario, un hombre encerrado en sí mismo no puede comprender la dicha profunda que producen en el corazón el amor, el servicio y el compartir los bienes. (Hechos 20, 35). La lucha por la justicia es necesaria, pero nosotros, las personas de la Iglesia, debemos ser conscientes de que es muy difícil llevar a una persona a abandonar sus ídolos sin darle a conocer, hacer sentir y amar al Dios vivo y verdadero, y luego abrirla a los demás.

San Pedro dice que hay que «abandonar nuestra manera de vivir y los ídolos para saborear cuán bueno es el Señor; y, a la inversa, hay que hacer saborear cuán bueno es el Señor para dejar nuestra manera de vivir y los ídolos». Todos conocemos con tristeza a sacerdotes que han fracasado acariciando el noble ideal de la justicia en el mundo, sin antes desarmar los corazones con la fuerza que solo el Señor posee. (1 Pedro 2, 1-3)

Se deja poseer por Jesucristo

Su padre superior, pensando que el padre Émilien se había agotado por su trabajo por la Iglesia y los pobres, quiso enviarlo a Europa para renovar sus estudios teológicos, bíblicos y sociales. Quería que eso le sirviera de descanso y de renovación de sus fuerzas físicas y espirituales. Pero el padre Émilien respondió humildemente que si era enviado bajo la obediencia, iría, pero que en conciencia sentía un gran impulso a partir al mundo entero para anunciar el amor y las maravillas del Señor por nosotros, y para renovar en nombre del Cristo la llamada a la conversión, a fin de que todos gusten los bienes del Reino de Dios.

En un discernimiento silencioso y apacible, el superior se dio cuenta de que esa era la voluntad de Dios y de que no podía impedirla. Émilien contaba que, en su infancia, había oído a un misionero dominicano hablar con ardor del amor de Dios y que su espíritu se había estremecido.

Te haré testigo de mi amor

Se decía a sí mismo: «Un día seré como ese misionero». Todo lo que Jesús hizo con el corazón de Pablo, de Émilien y de tantos otros puede realizarse en un grado mayor o menor en cada uno de nosotros. Todo depende de nuestra actitud, de nuestra respuesta, de nuestra fidelidad en continuar el encuentro íntimo con el Señor, de quien viene la luz, la fuerza y la gracia. «Sin mí, nada pueden hacer». (Juan 15, 5) Y cuando Jesús entra en el corazón de una persona, entra con él.

Entonces desaparecen las cruces y las dificultades reales o aparentes que vienen, porque, como dice san Agustín: «Donde hay amor, no hay dolor», sino alegría a pesar de las dificultades. La segunda idea es cómo el Señor, en todas las épocas de la Historia, hace surgir grandes profetas, de tal modo que «su mensaje llegue a toda la Tierra y hasta los confines de la Tierra su palabra». (Salmo 19, 5) El Señor dijo de Pablo: «He elegido a este hombre para que lleve mi nombre a los paganos, a los reyes y a los hijos de Israel». (Hechos 9, 15).

Y le dijo a Émilien: «Te haré testigo de mi amor».

Solamente una persona poseída del Espíritu del Cristo, como el padre Émilien, puede llevar a cabo tantas obras y evangelizar a tantos pueblos en los cinco continentes del mundo. Dirigió retiros para sacerdotes, religiosos y laicos; predicó misiones por todo el mundo. Comenzó sus viajes apostólicos por el mundo en 1973 y evangelizó en 71 países. Visitó varias veces algunos de esos países. Encontró tiempo para escribir libros.

Fundó las comunidades de los Servidores del Cristo Vivo, que dirigen casas de oración y escuelas de evangelización en España, Italia, Polonia y otros países del mundo. Hay seis aquí y quince fuera del país, para un total de veintidós. El objetivo de estas comunidades es la contemplación y, por ese medio, llegar a la evangelización y a la transformación de las personas en «hombres nuevos» según el Cristo.

Profeta del mundo entero

Consideramos al padre Émilien como uno de los grandes hombres de la Iglesia en estas últimas décadas. Pero ¿por qué llega tan alto y realiza tantas obras de dimensiones universales? No habría podido hacerlas si no hubiera sido, como lo fue, «humilde de corazón», dejándose guiar dócilmente por el Espíritu de Dios y no atribuyéndose nada a sí mismo, a imagen de la Virgen María, como ella lo expresa en el Magníficat. (Lucas 1, 49-50) No, no se vanagloriaba de sus grandes éxitos.

Viajando por el mundo proclamando el Evangelio, se describía a sí mismo como el asno que llevó a Jesús de Betfagé a Jerusalén. (Marcos 11, 1-10) Una persona me contó que, la víspera de la inauguración de la Casa de evangelización de Santiago, quedaban aún muchas cosas por arreglar. Aunque debía pasar mucho tiempo preparando sus conferencias, sus meditaciones y sus libros, con sus propias manos ayudaba a limpiar y a cargar objetos. No aceptaba que los demás lo hicieran sin que él cooperara con ellos. Además, tenía una gran devoción a Nuestra Señora del Sagrado Corazón.

Eso demuestra mucha humildad, pues se experimenta la impotencia humana y la profunda necesidad de recurrir a ella para que nos obtenga las gracias de cumplir nuestros deberes y para que nos conduzca a su Hijo, y su Hijo a Dios Padre. Bendito sea el padre Émilien, que cumplió con fidelidad su misión en este mundo.

Es normal que con la partida del padre Émilien a la casa del Padre se sienta un gran vacío en la congregación de los Misioneros del Sagrado Corazón y en toda la Iglesia. Pero Dios hará florecer la congregación; hará surgir nuevos profetas en la congregación y en toda la Iglesia, y hará crecer las obras que él ha fundado. Terminamos con las palabras que san Domingo de Guzmán, en la agonía, decía a sus hermanos y que podemos aplicar a nuestro querido padre Émilien: durante mi vida, «No lloren, les seré más útil después de mi muerte y les ayudaré más eficazmente que durante mi vida».

«Que así sea.» Esta homilía demuestra fuera de toda duda la importancia de la obra de Émilien por el Cristo Resucitado.

Él, que durante toda su vida dio gracias a Dios, que, decía, actuaba a través de un personaje tan poco elocuente como él mismo, pues bien, habrá cumplido una tarea casi increíble: difundir la Buena Nueva por el mundo y hacer continuar la Pentecostés en tiempos en que, como algunos dicen, la religión no tiene «gancho». Hoy, Émilien está sentado a la derecha del Padre. Debe de estar pasándoselo muy bien allá arriba, sabiendo tantas cosas que aquí todavía se nos escapan. Según Giovanna Manzo, miembro de la comunidad de los Servidores del Cristo en Italia, Émilien decía siempre que, en el momento de su muerte, lo primero que le pediría al Padre sería: «¿Por qué sanas a algunas personas y a otras no?» He ahí una prueba de la humildad de este sacerdote que nunca buscó ser más que el servidor de Dios, el humilde instrumento de su amor junto a quienes sufren.

Bendito seas, Émilien.

Extracto: p. 86-95, del libro «Un profeta llamado Émilien. Un homenaje de amistad al Padre Émilien Tardif», Jean Ravary, pbro. Edimage inc. 2000