===P=== Testimonio del padre Émilien Tardif

En República Dominicana

Había sido misionero en la República Dominicana durante 17 años, y durante los últimos 8 años de mi trabajo era superior de mi comunidad. Sin darme cuenta, había trabajado demasiado, había abusado de mi salud. Trabajaba mucho en las construcciones de esa misión, donde se edificaba un centro de recursos humanos y un escolasticado; sin darme cuenta me entregaba mucho al trabajo manual, estaba construyendo la iglesia material. Sin darme bien cuenta, descuidaba mi vida de oración. Claro, entregándome constantemente a la construcción de ese país de misión, y entonces, el 14 de junio de 1973, caí enfermo, muy enfermo. Empecé a tener un problema de respiración: me ahogaba, casi no podía respirar; ingresé en un centro médico.

Ya decía yo que a menudo había meditado sobre la muerte y que a menudo había predicado sobre la muerte, pero nunca la había experimentado. Y esa noche tuve la impresión de experimentar la muerte, y no me gustó nada. Le decía al Señor: «Solo tengo 45 años, déjame vivir todavía un poco más.» Pero me ahogaba; me ahogaba de tal manera que los médicos se preguntaban si iba a pasar la noche. Descubrieron que tenía tuberculosis pulmonar, y fue entonces cuando me trasladaron al Canadá.

Me ingresaron en un hospital para tuberculosos, donde había 900 enfermos: el hospital especializado en tuberculosis de Quebec. Y allí los médicos volvieron a hacer los exámenes para conocer bien mi estado de salud; no se fiaban demasiado del dictamen de los médicos de Santo Domingo. Creían saber más; lo repitieron todo, y el Señor lo permitió para que nadie pusiera en duda mi enfermedad.

Y luego terminaron los exámenes médicos. Comenzaron los tratamientos, y fue entonces cuando recibí la visita de un grupo de oración carismático. Y cuando fueron a visitarme, como muchas personas, amigos míos y de mi familia, que me llevaban chocolates, que me llevaban flores, cigarrillos —en esa época yo fumaba; ahora ya no fumo—, nuestros carismáticos llegaron a mi habitación del hospital, y ellos me traían oraciones.

Quedé muy asombrado de ver su invitación cuando me dijeron: «¿Cree usted que el Señor puede sanarlo?» y no me iba a negar, siendo sacerdote misionero y religioso. «¿Cree usted que el Señor puede sanarlo si rezamos por usted?» Entonces dije: «Creo que Dios puede sanarme; Él es todopoderoso.» Pero creer que Él me iba a sanar a mí, en una oración, eso realmente no lo creía mucho.

Pero ellos tenían confianza y dijeron: «Vamos a repetir la invitación que nos hace el Señor en el Evangelio, cuando dice: "Impondrán las manos a los enfermos y estos serán sanados", y vamos a rezar por usted.» Y entonces me impusieron las manos; eran cinco.

Esta imposición de manos

Me impusieron las manos y comenzaron a rezar por mí. Y era la primera vez en mi vida que veía esa imposición de manos. Estaba sentado en una silla, muy cerca de mi cama, y empecé a preocuparme. Me sentía tan ridículo sentado en mi silla, con esa gente alrededor de mí como si estuvieran haciendo magia. Dije: «Si quieren, cerramos la puerta.» La puerta de mi habitación estaba abierta. Dije: «Si quieren, cerramos la puerta.» Dijeron: «Sí, claro», y uno de ellos fue a cerrar la puerta de mi habitación y volvió. ¡Ya era demasiado tarde: Jesús había entrado! Entonces rezaron y el Señor me sanó.

El Señor me sanó totalmente y, al cabo de 3 o 4 días, ya no tenía ningún problema con la respiración, con mi tuberculosis. Y los médicos no sabían nada de la visita que había recibido. Y yo no me atrevía a hablar mucho; no entendía bien lo que sucedía; estaba bien. Así que cuando llegaron y comenzaron los tratamientos, las inyecciones reaccionaban negativamente. Estaban muy sorprendidos y dijeron: «¿Qué está pasando?» Probaron con otra clase de inyección: todo era negativo.

Entonces repitieron los exámenes, y fue entonces cuando en la radiografía vieron claramente las secuelas de mi tuberculosis, que estaban cicatrizadas, perfectamente curadas. Salí del hospital perfectamente curado, ¡sin medicina, sin pastillas! No digo que la medicina no sea buena; ¡es un don! Es un don de Dios a la humanidad, pero en mi caso el Señor me sanó directamente en una oración de fe de cinco laicos. ¡Ese es mi testimonio! Entonces salí del hospital dando gracias al Señor, y comencé a poner al servicio de los enfermos la salud que el Señor me había devuelto.

Los médicos estaban muy sorprendidos

Pero déjenme contarles una pequeña anécdota antes de entrar en la de esta noche. Fue que había sido sanado en el mes de agosto, y los médicos estaban muy sorprendidos, y yo no les hablaba de la visita que había tenido. Entonces tuvieron que ver por la radiografía que estaba curado. Así que le pregunté a mi médico principal, que no entendía nada: «¿Cree usted que puede ser un milagro?» Y él es un buen cristiano, pero como médico no se atrevía a avanzar demasiado, y me dijo: «No me corresponde a mí afirmarlo, pero no puedo negarlo.» Bueno, él no puede afirmarlo, pero yo sí puedo afirmarlo: hace 8 años que estoy curado y estoy perfectamente curado. Estoy muy bien, y se lo agradezco al Señor!!!

Entonces, hermanos míos, esta noche vamos a hablar de la sanación. En el salmo 147 el salmista nos dice, hablando de Dios: «El Eterno, que sana a los de corazón quebrantado y venda sus heridas.» El Señor nos dice en el Evangelio: sanen a los enfermos y estos serán sanados; y cuando uno toma el Evangelio y empieza a estudiar el tema de la sanación, descubre que Jesús daba mucha importancia a los enfermos. ¡Es extraordinario! Si ustedes leen el Evangelio con atención, sobre todo el Evangelio de san Marcos, está lleno de sanaciones.

Todos los evangelios nos hablan de las manifestaciones del Amor de Jesús con los enfermos. Había venido a dar un mensaje de Amor al pueblo de Dios. Había venido a revelarnos el Amor de su Padre, y el lugar privilegiado para revelar el Amor de Dios es junto a los que sufren; y Jesús quería manifestar el Amor del Padre de una manera muy especial junto a los que sufren.

Leemos en el Evangelio según san Lucas que Jesús, después de haber ayunado en el desierto, después de haber recibido el bautismo de Juan el Bautista, después de que el Espíritu Santo descendiera sobre Jesús de manera visible, se hizo oír la voz del cielo, la voz del Padre, que decía: «Este es mi Hijo Bienamado, en quien puse todas mis complacencias.»

Entonces Jesús, después de esos días en el desierto, fue a Galilea, y de allí fue a Nazaret, y leemos en el capítulo 3 de san Lucas: «Vino a Nazaret, donde se había criado, y, según su costumbre, entró el día de sábado en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollando el libro, encontró el pasaje donde está escrito: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha consagrado con la unción para llevar la Buena Nueva a los pobres."

Me ha enviado a anunciar a los cautivos la liberación y a los ciegos la recuperación de la vista, a poner en libertad a los oprimidos, a proclamar un año de gracia del Señor.» Plegó el libro, lo devolvió al sirviente y se sentó. Todos, en la sinagoga, tenían los ojos fijos en él. Entonces se puso a decirles: «Hoy se cumple ante sus oídos este pasaje de la Escritura.»

Vine a liberar a los cautivos

Jesús vino a decirnos: «El Espíritu del Señor está sobre mí; he venido a liberar a los cautivos, a devolver la vista a los ciegos.» Vino a sanar a los enfermos, y todos tenían los ojos fijos en él. En el ministerio de sanación, lo primero que recomendamos a los enfermos es tener los ojos fijos en Jesús. Es él quien sana. Si tienen los ojos fijos en la persona que reza por ustedes, si esperan algo de la persona que reza por ustedes, no recibirán gran cosa. Hay que tener los ojos fijos en Jesús.

Y el primer paso que hay que dar es hacer un acto de fe en Jesús, nuestro Salvador. Y si tenemos problemas de pecado, si realmente tenemos culpas, el primer paso para pedirle a Jesús una bendición es empezar por pedirle perdón de nuestras culpas. En todo ministerio de sanación vemos cada vez más eficacia cuando las personas aceptan pedir perdón a Dios por sus culpas primero.

Recuerden cuándo Jesús sanó al paralítico. En el Evangelio leemos que había tanta gente en la casa de Pedro, a orillas del lago de Galilea, donde estuve hace unos días. Tuve esa alegría de visitar Israel durante 3 semanas y de caminar sobre las huellas del Señor, y recuerdo el lugar de Cafarnaúm donde Pedro tenía su casa, y es allí donde Jesús se retiraba a menudo después de sus visitas por los alrededores del lago de Galilea, del lago de Tiberíades, que es lo mismo.

Y Jesús se retiró a la casa de Pedro, y había tanta gente en la casa que, cuando llegaron los amigos del paralítico llevando al paralítico en una camilla, realmente no podían acercarse a Jesús. Entonces subieron al techo, porque tenían una gran fe; se atrevieron a abrir las tejas del techo, hacer un agujero y bajar por allí al paralítico con cuerdas. ¿Se imaginan la fe de esa gente? Bajaron al paralítico con cuerdas para que descendiera hasta los pies de Jesús, que estaba en la casa.

Y el evangelio dice que Jesús, viendo la fe de esa gente, dijo al paralítico: «Tus pecados te son perdonados.»

Primero perdona los pecados; ese es el primer paso. Tus pecados te son perdonados, y entonces los fariseos que estaban allí comenzaron a murmurar en su corazón, y pensaban: «¿Quién es este hombre para perdonar los pecados, si solo Dios puede perdonarlos?» Y Jesús añadió: «Para que sepan los hombres que el Hijo del hombre tiene poder para perdonar los pecados: levántate, toma tu camilla y anda», y el paralítico comenzó a caminar. Jesús primero le perdonó sus pecados y luego lo sanó.

Y su método es este: quiere primero perdonarnos nuestros pecados, y después quiere destruir las consecuencias del pecado en el mundo. Y una de las consecuencias del pecado en la humanidad es la enfermedad; una consecuencia del pecado es la muerte. No digo que sea una consecuencia del pecado personal; un niñito de 3 días está enfermo sin haber cometido ningún pecado personal. Pero porque pertenece al género humano, sufre las consecuencias del pecado del género humano. Y es la Palabra de Dios la que nos lo dice.

En la Biblia, cuando Adán ofendió a Dios después del pecado de nuestros primeros padres, Dios castigó a Adán diciéndole: «Morirás de muerte.» La muerte, nos dice san Pablo, es un castigo del pecado. La muerte entró en el mundo a causa del pecado, y la enfermedad también es una consecuencia del pecado de la humanidad.

La sangre del Cordero de Dios

Y Jesús, que vino a destruir el pecado, quiso destruir el pecado muriendo en la cruz, derramando su sangre preciosa. La sangre del Cordero de Dios que borra el pecado del mundo. Y Jesús destruyó el pecado y dio señales a su pueblo de que tenía el poder de perdonar los pecados. Dio señales destruyendo el pecado hasta en sus últimas consecuencias, sanando a muchos enfermos. Eran señales mesiánicas: el profeta Isaías había anunciado que el Mesías sanaría a los enfermos, que devolvería la vista a los ciegos; y por eso Jesús, cuando los enviados de Juan el Bautista fueron a preguntarle si de verdad era el Mesías, se identificó diciendo: «Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los cojos andan, los sordos oyen, los ciegos ven, los leprosos son sanados y los pobres son evangelizados.»

Entonces, el pecado en el mundo, Jesús lo destruye derramando su sangre, y destruye las consecuencias del pecado sanando a los enfermos, resucitando a los muertos. Resucitó a Lázaro después de 4 días en el sepulcro. ¡Qué noticia tan extraordinaria! Y Él mismo resucitó 3 días después de su muerte!!! Muere el Viernes Santo y, el día de Pascua, sale glorioso del sepulcro. Es la victoria final, la victoria definitiva, resplandeciente, sobre el pecado. ¡Vino a destruir el pecado y lo destruye hasta en sus últimas consecuencias!!!

Cuántas veces, en el ministerio de sanación, me he encontrado con personas que estaban muy enfermas; a veces, personas que daban la impresión de una depresión nerviosa muy profunda; personas que incluso, por sus reacciones, habían dado a sus familias la impresión de sufrir una opresión diabólica. Y hablando con algunas de esas personas, resulta que, en ciertos casos, esas personas no están enfermas físicamente.

Están aplastadas por el peso de sus pecados y necesitan sentirse perdonadas, sentirse amadas; y entonces, cuando con ellas rezamos y pedimos perdón al Señor por sus pecados, y el Señor las libera de sus pecados, al mismo tiempo esas personas son liberadas de la angustia, de la tristeza, de la desesperación, y a veces incluso de enfermedades físicas. No digo que todas las personas que están tristes o que tienen angustia estén tristes a causa del pecado, pero resulta que en ciertos casos un arrepentimiento profundo es la sanación final para un problema determinado. Y lo he visto algunas veces.

Pedir perdón a Dios

Entonces, el primer paso en el ministerio de sanación, cuando ustedes rezan con algún enfermo, es invitarlo a pedir perdón a Dios. Pregúntenle, pues: «¿Cómo son tus relaciones con Dios?» ¿Cómo son tus relaciones con Dios? E invítenlo a pedir perdón al Señor. Como Jesús perdonó al paralítico, Él nos perdona a nosotros y después sana a muchos enfermos. Ahora les decía al principio: tengan los ojos fijos en Jesús.

Si esperan una sanación de la persona que tiene un don de sanación —por ejemplo, aquí sé que hay varios entre ustedes que rezan por los enfermos; hay quienes tienen un carisma de sanación interior, otros tienen un carisma de sanación física y ponen al servicio de la comunidad ese carisma que han recibido—, si van a ver a esas personas y tienen los ojos fijos en ellas y esperan algo de ellas, es muy probable que no reciban gran cosa. A veces hay gente que me encuentra y me dice: «Padre, ¿usted me va a sanar?»

Les digo: ¿pero por quién me tomas? ¡Yo ni siquiera puedo quitar un dolor de muelas! ¡Hay quienes creen que nosotros sanamos a los enfermos; nosotros rezamos!!!

Les cuento esto… Estábamos en Colombia, cerca de Méthodine, en una gran reunión. Éramos cerca de 30 000 personas en el parque municipal. Teníamos una gran reunión de oración por los enfermos y, después de la celebración de la eucaristía, hice una oración por los enfermos, y había una fe extraordinaria en esa asamblea, como la hay esta noche aquí. Siento que esta noche aquí el Señor va a actuar con una fuerza toda especial, porque hay una fe muy grande en esta asamblea. Se tiene la impresión esta noche de estar en Galilea, cuando Jesús se reunía con las 5000 personas.

Esta noche somos casi 4000; así que hay mucha fe aquí; y era así en Méthodine. Rezamos por los enfermos, y una palabra del Señor, una palabra de ciencia que yo recibía, decía: «Hay aquí un hombre que cojea de la pierna derecha; es cojo de la pierna derecha, y en este momento su pierna tiembla fuertemente, y el Señor lo está sanando.» Había un hombre sentado adelante que gritó: «¡Soy yo!» y todos se pusieron a mirar hacia allí, y entonces el hombre se levantó. Era un hombre de Méthodine muy conocido, que estaba cojo desde hacía muchos años.

Se levantó muy emocionado y comenzó a caminar, y ya no cojeaba. El Señor había reparado lo que estaba un poco defectuoso; el Señor lo había sanado y ya no cojeaba.

Había allí un periodista muy asombrado por lo que sucedía; nunca había visto ese ministerio de sanación, que cada vez es más común en el mundo entero, pero él nunca había visto eso. Después de la oración por los enfermos fue a encontrarme. Quería hacer una entrevista, y su primera pregunta fue esta: «Padre, ¿cuántos enfermos ha sanado usted en su ministerio?» «Yo, ninguno; nunca he sanado a ningún enfermo.» Me mira y dice: «Entonces, ¿qué está pasando?» «Yo rezo, y Jesús sana.»

Y publicó en su periódico de Bogotá, en letras grandes: «¡El sacerdote reza y Jesús sana!» Dije: por fin, ¡hay al menos uno que entiende!!! ¡No pasa nada más que eso! Entonces vamos a rezar todos juntos, y Jesús sana tanto que yo, hablando con el Señor, orando al Señor, hablando con Él, nos hacemos buenos amigos y podemos hablarnos como dos buenos amigos. A veces le digo al Señor al principio de una reunión como la de esta noche: «Yo voy a hacer la oración y tú vas a sanar a los enfermos.»

Y si no hay enfermos que se sanen, no es culpa mía, porque yo no sano enfermos. Entonces el Señor sabe muy bien que es Él quien debe sanar, y le decimos: «Yo voy a hacer la oración y tú vas a sanar a los enfermos.»

Oración por los enfermos

Tengan los ojos fijos en Jesús en su ministerio. Todos los que ejercen este ministerio de oración por los enfermos, recordemos a los enfermos que tengan los ojos puestos en Jesús, como en la sinagoga de Nazaret: todos tenían los ojos fijos en Él y esperaban mucho de Jesús. Cuando uno tiene una enfermedad física, está claro que el primer paso a dar es pedir perdón por nuestras culpas. El camino normal cuando tenemos un favor que pedirle a alguien: si vivimos como su enemigo, empezamos por pedirle perdón por lo que hemos hecho contra él, y después le pedimos el favor que necesitamos.

Y cuando queremos pedirle a Jesús una sanación, es normal empezar por pedir perdón de nuestras culpas. Y tengamos los ojos fijos en Él y veamos lo poderoso que es. No pongamos nuestra confianza en los hombres, en los que rezan, en el equipo de personas que tienen el ministerio de sanación. Ellos son los que hacen la oración; son los canales del Amor de Dios. Pero el Amor de Dios nos llega por Jesús; tengan los ojos fijos en Jesús y no limiten su poder.

Es asombroso ver a personas, cristianos que saben que Dios es todopoderoso, y vienen a encontrarnos para pedir oraciones por su salud. Y a veces hay quienes nos dicen: «Tengo mucho dolor en una rodilla, y también sufro del corazón, y a veces tengo artritis; pero si el Señor sanara, pues, mi corazón…» Y yo siempre les digo: «Pues no, ¡toma el paquete entero! ¡Pídele todo el paquete, no limites al Señor así!»

No limitemos el poder de Dios como si fuera muy limitado en su poder, y le pedimos por lo menos un poquito… pídele todo y abandónate en sus manos. El ministerio de sanación nos enseña poco a poco que no hay técnicas para la sanación, quiero decir, desde el punto de vista de la fe. Porque reconocemos que en la medicina, que también es de Dios, hay realmente progresos extraordinarios.

Pero en la oración de fe por los enfermos no se trata de técnicas, no se trata de imponer las manos de esta manera o de la otra, ni de ser 2 o 5; se trata de rezar en la fe.

24:00

El Señor no los sana ya sanados

No hay técnicas para tener un ministerio de sanación más eficaz. Simplemente, tengamos los ojos fijos en Jesús. Como los enfermos de Galilea que lo miraban y le pedían ayuda, como el leproso que le pedía ayuda, gritemos si hay algunos que son ciegos, como el ciego de Jericó. Pues bien, si no se puede mirar a Jesús —el ciego de Jericó no miraba a Jesús; era ciego—, pero gritaba: «¡Jesús, hijo de David, ten piedad de mí!»

Y el Señor, por su gran confianza, le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?» y el ciego le dijo: «Señor, que vea.» Y Jesús le dijo: «Ve, tu fe te ha sanado.» Pero era un grito, un grito de alguien que está seguro de que Jesús puede darle lo que pide. Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí… el ciego no decía: «Señor, si es tu voluntad, y si me conviene, y si es posible, ¿querrías sanarme?» Gritaba: «¡Sáname!» Y después de haber pedido su sanación, Jesús se sintió obligado a responderle.

A veces el Señor no responde siempre, pero nunca se le debe decir a un enfermo —en el ministerio de sanación, cuando ustedes rezan por un enfermo, y si el enfermo no se sana ese día, no vayan nunca a decirle: «Si no te sanas es porque no debes tener fe.» Dios mío, ¡qué triste! Además de su enfermedad, usted lo va a abrumar con una acusación de la que no es culpable!

A veces hay enfermos que tienen una fe muy grande. Se ve que tienen una fe muy grande, y se reza por su sanación, y el Señor no los sana. Mientras que hay otro al lado que parece tener muy poca fe, y el Señor lo sana. Y uno se pregunta: «¿Cómo es posible que ese que tenía tanta fe no haya sido sanado, y que ese que apenas tenía un poquito de fe y que lleva una vida más o menos cristiana, el Señor lo haya sanado?» Ese es el misterio del Amor de Dios. Cuando sana, sana gratuitamente.

No sana porque uno sea bueno; no se negocia con el Señor: «Señor, si me sanas, yo voy a dar 50 dólares para las misiones»… Esa es la mejor manera de no ser sanado. ¡Como si fuera un comerciante!! Hay quienes están tan acostumbrados al comercio que van a hacer promesas así y dicen: «Señor, si tú me sanas, voy a dar 100 dólares para ayudar a la campaña de evangelización.» ¡Dios mío, pidan nomás! ¡Jesús sana gratuitamente! No es un comerciante; sana gratuitamente, y sana porque es el Buen Pastor. ¿Por qué no sana a todo el mundo?

Pues yo, francamente, lo repito; lo dije la otra noche: hay una persona que me preguntó esto en Lourdes: «¿Por qué el Señor sana a este y no sana al otro?» Yo le dije: «Esa es la primera pregunta que le voy a hacer al Señor cuando llegue al cielo.» Mientras tanto, no tengo respuesta; es el misterio de su Amor. Eso importa poco. Sabemos que el Señor tiene su plan para cada uno de nosotros. Es un Dios de Amor. Hay quienes van a recibir mucho más que una sanación. Van a recibir la sanación definitiva de la vida eterna; nunca más estarán enfermos.

Es curioso que todo el mundo quiera ir al cielo y nadie quiera morir. ¿Dónde vamos a pasar?

Sanar a todos los enfermos

Cuando uno piensa en todo eso, ve que Jesús no ha dicho que sanaría a todos los enfermos. Da señales de que es el Buen Pastor para que los hombres sepan que el Hijo del hombre tiene el poder de perdonar los pecados: «¡Levántate, toma tu camilla y anda!» Da señales de que es el Mesías Salvador; da señales de que puede perdonar nuestros pecados, y de que los perdona cuando se los pedimos, como el buen ladrón en la cruz: «Señor, acuérdate de mí cuando entres en el Paraíso», y Jesús no le dijo al buen ladrón: «Pues bien, cuando llegue al cielo se lo voy a contar a mi Padre; vamos a discutirlo, porque has tenido una vida bastante complicada.»

No le dijo: «Te vamos a hacer esperar un poco.» Jesús dice: «Hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso», porque es todopoderoso. Dice: «Todo poder me ha sido dado en el cielo, en la tierra y en los abismos»; en todas partes es todopoderoso.

Entonces, viene a perdonar los pecados, a dar la paz, la alegría y la sanación. Da señales de que perdona de verdad los pecados dando señales que destruyen las consecuencias del pecado; y la resurrección es también una señal de que Jesús, el Mesías Salvador, perdona los pecados y los destruye hasta en esa consecuencia que es la muerte. Y nos dice que todos resucitaremos. ¿No les parece maravilloso lo que el Señor hace con todas esas sanaciones que hace por todas partes, aquí, allí y en el mundo?

Le recuerda a su pueblo que es el Mesías Salvador, y por eso hay que pedirle con confianza; hay que darle permiso para ejercer su misión de Mesías Salvador. Hay quienes no querrían la sanación; hay quienes dicen: «Hoy en día hay que ir a los hospitales; tenemos una medicina avanzada», y hay quienes no quieren aceptar esas sanaciones. Y si hay sanaciones que suceden, se dicen: «Eso es psicológico.»

Querrían dar toda la fuerza, el honor de todo lo que sucede, a la psicología, a las ciencias humanas, y no quieren admitir esta intervención de Dios en la sanación de los enfermos, porque eso los interpela; porque si se acepta que Jesús está vivo y que sana hoy: «Eso me interpela mucho y quizá me va a obligar a repensar mi vida, a orientar mi vida de manera diferente. Entonces busco explicaciones, mientras tanto, para lo que sucede, para no cambiar mi vida.»

En República Dominicana

Pero he visto en el ministerio de sanación sanaciones que me han sorprendido particularmente. Me acuerdo, por ejemplo, del caso de Ruan Noniès, de San Francisco, en la República Dominicana, que caminaba sobre las manos y los pies desde hacía 14 años. Era una enfermedad de la columna vertebral de la que sufría, y no había tenido tratamiento, no había tenido medicina; un hombre pobre del campo, y para transportarse tenía que caminar sobre las manos y los pies, como la mujer encorvada del Evangelio. Y hacía 14 años que estaba así.

Y una noche teníamos una gran reunión de oración como esta, y unos amigos lo llevaron a la oración de sanación. Imagínense: era una enfermedad incurable, según los médicos, y hacía falta fe para llevar a ese hombre a una distancia de 28 km a una oración por los enfermos, siendo que los médicos decían que era incurable. Entonces llegaron con ese hombre que caminaba como un gato sobre los pies y las manos, y estuvo allí durante la oración por los enfermos, y nuestro señor Noniès comenzó a sudar abundantemente durante la oración por los enfermos.

De pronto se puso a temblar fuertemente y se enderezó como quien endereza un clavo viejo oxidado, y nuestro Noniès quedó perfectamente sanado y camina derecho. ¡Fue el asombro general!!!

Estas son de las sanaciones que nos interpelan, y a nosotros nos cuesta explicar que esta historia sea psicológica; nos cuesta mucho. Hay actualmente, en el ministerio de sanación, 2 reacciones que vemos cada vez más claras en el mundo cristiano. Hay quienes son muy intelectuales, quieren entenderlo todo, analizarlo todo, y no aceptan lo que no comprenden. Entonces, como no comprenden estas sanaciones que el Señor hace hoy con una profusión extraordinaria, niegan esa realidad de la sanación divina. Dicen que buscan explicaciones psicológicas: el impacto de la multitud, que es el poder del entusiasmo de la multitud, o que es psicológico, o la confianza. No quieren aceptar esa realidad de la intervención de Dios en el mundo de hoy.

¡Dios mío, yo he rezado y no he sido sanado!

Entonces, en el ministerio de sanación física les digo que no hay técnica más que una oración de fe. Hay quienes dicen: «Dios mío, yo he rezado y no he sido sanado», pero el Señor nos ha dicho: «Pidan y serán sanados.» Pero Él nunca nos ha dicho cuándo vamos a recibir. Hay quienes rezan durante 15 días e iban a ser sanados al cabo de 3 semanas; les faltó perseverancia, no llegaron hasta el final.

El Señor nunca dijo cuándo nos iba a sanar: «Pidan y recibirán», y después de haber pedido mi sanación me abandono en las manos del Señor. Y si Él tiene otro plan para mí, lo acepto simplemente como un niño. Sé que es un Dios de Amor, un Padre que me ama, y si quiere darme otra cosa, pues, le doy gracias. Pero yo simplemente, porque soy su hijo y porque sufro, le pido que me sane. Él ha dicho: «Vengan a mí todos los que sufren y yo los aliviaré.»

¡Por eso hay tantas personas que vienen a encontrarse con Jesús en la oración, y es maravilloso!!!

¿No piensan ustedes que una sala llena así —a mí esto me da la impresión de que hay mucha fe aquí, más de lo que hubiéramos podido creer? Cuando se vio la sala muy grande el primer día, alguien nos dijo: «Quizá nos equivocamos; quizá tomamos una sala demasiado grande?» Y esta noche yo digo «gracias» al Señor por haber devuelto la fe a los organizadores; no se equivocaron… ¡hay sillas para sentar a todos los que quieran venir a rezar y a proclamar a Jesús Salvador!!!

Hermanos míos, hay también la sanación interior… y voy a terminar con una reflexión sobre la sanación interior, porque es una parte importante en la sanación. Miren, hemos hablado de la sanación espiritual, la sanación del alma. Jesús nos sana de las heridas del pecado perdonándonos. Hemos hablado de la sanación física; Jesús puede sanarnos. Dios nos sana por medio de la medicina; es Él quien nos la dio, aunque nos haga pagarla; es Él quien nos da la medicina. Es Él quien nos da la ciencia, pero del corazón. Puede sanarnos por el reposo…

Muchas personas necesitan reposo para sanar. Puede sanarnos en una oración de fe; puede haber sanación instantánea. Hay personas que se sanan instantáneamente y hay personas que se sanan gradualmente, en el espacio de 15 días, 3 semanas, 1 mes, no importa. Dios actúa de varias maneras, pero Él es la salud de los enfermos; Él es la resurrección y la Vida, Jesús.

Entonces, hay la sanación interior, la sanación espiritual del pecado, la sanación física del cuerpo y la sanación interior; esto es la sanación de las heridas psicológicas. Cuántas personas heridas en su corazón por injusticias, por incomprensiones, por críticas; personas que han sido heridas profundamente en su subconsciente y hasta en lo más profundo de su inconsciente; personas que están heridas y que necesitan un corazón nuevo, un corazón sanado… y la Palabra de Dios nos dice en el salmo 147: «Dios sana a los corazones heridos y venda sus heridas; viene a curar sus heridas.» Entonces, en la oración de sanación rezamos también por los corazones heridos, por los corazones lastimados, y a menudo esa sanación interior es necesaria para obtener una sanación física. Les doy un solo ejemplo porque el tiempo pasa.

Un ejemplo de mi parroquia

Un ejemplo de mi parroquia, en Sánchez, donde fui párroco hasta el mes de abril; ahora me han dejado libre para predicar todo el tiempo, hasta el día en que dejen de pedírmelo… Pero yo era párroco en una parroquia de la República Dominicana y, un día, una muchacha de 13 años, un domingo por la noche, tuvo mucho miedo. Durante la noche estaba acostada en su casa y gritó.

Tuvo miedo y su madre se levantó para ver qué pasaba, y la niña dijo que había visto a alguien que la llamaba, y la mamá dijo que era un sueño: «Ya ves que no hay nadie en tu cuarto; duerme y quédate tranquila.» La mamá volvió a su habitación y, a la mañana siguiente, esa muchacha de 13 años estaba completamente ciega. ¡Ya no veía absolutamente nada!!! Entonces fue el asombro en la familia y, como eran gente pobre de la montaña, en Sánchez, empezaron a hacerle tratamientos con ungüentos y remedios que se hacen en casa y…

¡Nada! No veía absolutamente nada!!! Y se quedó 3 días así. Y allí llevaron a la niña a la casa parroquial, donde yo estaba con una persona que estaba de paso, una religiosa francesa que estaba de paso, con una religiosa de Santo Domingo… Entonces, cuando vimos a esa pobre niña ciega, le dije a la mamá: «Pero, ¿qué ha pasado?» Ella me contó que la niña había tenido mucho miedo en la noche del domingo y que el lunes por la mañana se había despertado totalmente ciega.

Entonces dijimos: «Vamos a hacer una oración por ella.» Comenzamos a rezar por su sanación física, pero sin ningún resultado. Le pedíamos al Señor que tuviera compasión de ella y que sanara sus ojos, que la sanara para que pudiera ver la luz; ningún resultado.

Entonces comenzamos a rezar en lenguas; saben, muchos de ustedes que tienen el don de lenguas, que la oración en lenguas es la oración en el Espíritu Santo, que tiene un poder muy especial. Comenzamos a rezar en lenguas y, durante la oración en lenguas, el Señor me dio como un discernimiento, algo que me vino a la mente con claridad: que la niña necesitaba sanación interior. Me vino como una idea fija mientras rezaba en lenguas. Eso se llama un discernimiento que el Señor nos da a veces sobre un problema particular en la oración.

Entonces le dije a la religiosa: vamos a rezar por su sanación interior; esta niña necesita sanación interior. Y comenzamos a pedirle al Señor que sanara la herida emocional de esa niña, que había tenido tanto miedo esa noche del domingo. Y no habían pasado 10 minutos de que rezábamos en ese sentido cuando, de pronto, la niña dijo: «Veo algo.» Continuamos rezando y, al cabo de 15 minutos, se fue; se arrojó en los brazos de su mamá. ¡Estaba perfectamente sanada! ¿Qué pasó?

No tenía el ojo enfermo; la pupila del ojo estaba perfectamente bien; los nervios ópticos estaban bien y no había nada enfermo. No veía; había sido herida emocionalmente en el momento en que había tenido tanto miedo. Y consulté a médicos de Santo Domingo para preguntarles: «Pero, ¿cómo explican ustedes esto?»… Hay un médico que me dijo: «A veces hay gente que tiene un accidente de automóvil y, después del accidente, ha sufrido un choque terrible; no tiene absolutamente nada en los ojos y está ciega. A veces hemos visto ese caso.»

La sanación interior de la niña

¿Qué pasó? Que hay una reacción psicológica en la persona tan fuerte que le ordena a sus ojos no mirar, y se queda ciega. Eso es lo que me explicaron los médicos; yo no soy médico. De todos modos, me pareció que la explicación tenía muchísimo sentido común. Y rezamos por la sanación interior de la niña. Esa sanación emocional de una herida que había recibido en el momento en que tuvo tanto miedo, y comenzó a ver. Y el domingo siguiente, en mi parroquia, la llevé al micrófono para que diera testimonio ante toda la asamblea de su sanación. Esa fue una sanación interior que tuvo una consecuencia en una sanación física.

Se ven también personas que sufren mucho de asma, y uno comienza a conversar con ellas y pregunta: «¿Recuerda usted en qué momento empezó a sufrir de asma?» A veces esas personas recuerdan que fue en tal año, que en tal ocasión tal persona las había criticado amargamente, que habían sido realmente condenadas por su conducta, o algo así… Entonces, a veces, no siempre, pero a veces el asma también está causada por una herida emocional. Y tuvimos el caso de una señora que sufría mucho de asma después de haber sido acusada de una maledicencia, de una cosa que no había hecho; y rezando por esa sanación interior de su asma, la sanación interior de esa herida emocional, fue perfectamente sanada de su asma en Méthodine, en Colombia.

Hay heridas emocionales que tienen una consecuencia sobre la salud física; hay heridas psicológicas y heridas emocionales que tienen consecuencias sobre el ánimo de la persona, que está triste, que está angustiada y que necesita sanación interior para recuperar la alegría. Y el Señor viene a sanar los corazones heridos, así como viene a sanar a los que sufren en su cuerpo, así como viene a sanarnos del pecado. ¡Es maravilloso!!! ¡Él es la Resurrección y la Vida!!!

Enseñanza dada en Ginebra, en Suiza, en 1981