Parte A
Jesús me hizo testigo
Padre Emilien Tardif, José H. Prado Flores
EDITORIALES INTER EDICIONES CAHIERS DU RENOUVEAU 450 este, rue Sherbrooke 31. rue de l’Abbé-Grégoire Montreal Paris 75006 imprimatur Nicolás de Jesús López Arzobispo de Santo Domingo República Dominicana 30 — V — 1984 Cum permissione Superiorum: Darío Taveras, Provincial M.S.C. Portada Maqueta: Realizaciones de Palma Fotografía: Mia y Klaus Difusión canadiense: QUÉBEC LIVRES 4435, boul. des Grandes Prairies Montreal (Québec) (514) 327-6900 Difusión europea: EDICIONES CAHIERS DU RENOUVEAU 31, rue de l’Abbé-Grégoire Paris 75006 Todos los derechos de reproducción, de traducción y de adaptación reservados para todos los países, sin la autorización escrita del autor. 1984 Éditions Inter Enr. Depósito legal: 4.º trimestre 1984 Biblioteca Nacional de Quebec Impreso en Canadá
PRESENTACIÓN
I Tuberculosis pulmonar
II - Nagua y Pimentel
A. Nagua
B. Pimentel
a) Primera reunión
b) Segunda reunión
c) Tercera reunión
d) Cuarta reunión
e) Quinta reunión
f) Domingo de Ramos
g) La Semana Santa
III - Jesús está vivo
IV - Palabra de ciencia
V - La curación
A. Enfermedad del cuerpo y curación física
a) Jesús
b) La Iglesia
c) Los signos
d) Milagros y curaciones
e) Oración por los enfermos
B. Enfermedad del corazón y curación interior
a) Raíz del problema
Oración de curación de los recuerdos
b) Oración -
1) En el nombre de Jesús
2) Por la sangre del Cordero
3) Por las llagas de Jesús
4) Orar en lenguas
5) Intercesión de María
C. Enfermedad del espíritu y reconciliación
D. Convalecencia
a) La vida sacramental
b) La oración
c) La lectura de la Palabra
d) La comunidad
e) El servicio
VI - La liberación
A. La opresión
B. La obsesión
a) La oración de liberación
b) Auto liberación
C. La posesión
VII - Ayudas para la curación
A. Evangelización
B. Fe y espera
C. Arrepentimiento
D. Perdón
E. Oración en comunidad
F. Oración del enfermo
G. Intercesión de María
H. Abandono
I. Oración en lenguas
J. Renuncia a Satanás
VIII - Cinco cartas
IX - El último viaje
I TUBERCULOSIS
PULMONAR
El padre Emilien Tardif
En 1973 yo era provincial de mi Congregación de Misioneros del Sagrado Corazón, en la República Dominicana. Había trabajado mucho, abusando de mi salud, durante los dieciséis años de mi misión en el país. Pasaba entonces mucho tiempo en tareas materiales: construyendo capillas, seminarios, centros de promoción humana, de catequesis, etc. Siempre andaba buscando dinero para edificar casas y para alimentar a nuestros seminaristas. El Señor me permitió vivir todo ese activismo y, a causa del exceso de trabajo, caí enfermo.
El 14 de junio de ese año 1973, durante una asamblea del Movimiento Familiar Cristiano, me sentí mal, muy mal. Tuvieron que trasladarme de inmediato al Centro Médico Nacional. Estaba tan mal que no pensaba que pudiera pasar la noche. Creí de verdad que iba a morir muy pronto. Muchísimas veces había meditado sobre la muerte, pero nunca la había experimentado y, esta vez, la experimenté y no me gustó nada. Los médicos me hicieron análisis muy precisos y detectaron una tuberculosis pulmonar aguda.
Al verme tan enfermo, pensé en regresar a Quebec, en Canadá, mi país, donde vive mi familia. Pero entonces estaba tan débil que no podía hacerlo. Tuve que esperar quince días y tomar un tratamiento con reconstituyentes para poder hacer el viaje. En Canadá me internaron en un centro médico especializado donde los médicos me reexaminaron para verificar la naturaleza de la enfermedad. El mes de julio transcurrió entre análisis, biopsias, radiografías, etc. Todo esto confirmó científicamente que la tuberculosis pulmonar aguda había producido graves lesiones en los dos pulmones.
Para darme un poco de ánimo, me dijeron que, quizá, después de un año de tratamiento y de reposo, podría volver a casa. Un día recibí dos visitas muy especiales. Primero vino el sacerdote que dirige la Revista R.N.D. (Revista Notre Dame). Me pidió permiso para fotografiarme y hacer un artículo titulado «Cómo vivir con la enfermedad». Apenas se había despedido cuando entraron cinco laicas de un grupo de oración de la Renovación Carismática.
En la República Dominicana me había burlado mucho de la Renovación, afirmando que América Latina no necesitaba el Don de Lenguas sino promoción humana, y he aquí que venían a orar desinteresadamente por mí. Eran dos puntos de vista totalmente distintos: el primero, para hacerme aceptar mi enfermedad; el segundo, para mi curación. Como sacerdote misionero, pensé que no era muy edificante que rechazara su oración. Pero, sinceramente, la aceptaba más por educación que por convicción. No creía que una simple oración pudiera obtener la salud.
Ellos me dijeron muy convencidos: — «Vamos a hacer lo que dice el Evangelio: “Impondrán las manos sobre los enfermos y estos quedarán sanos”. Así vamos a orar y el Señor te va a curar.» Enseguida se acercaron muy pegados a la silla donde yo estaba sentado y me impusieron las manos. Yo nunca había visto nada semejante y me disgustó. Me sentía ridículo bajo sus manos y estaba molesto, porque la gente que pasaba por el pasillo nos veía por la puerta que había quedado abierta.
Entonces interrumpí la oración y les propuse: — «Si quieren, vamos a cerrar la puerta.» — «Sí, padre, ¿por qué no?», respondieron. Cerraron la puerta, pero Jesús ya había entrado. Durante la oración sentí un fuerte calor en los pulmones. Pensé que era una nueva crisis de tuberculosis y que iba a morir. Pero era el calor del amor de Jesús que me estaba tocando y curando mis pulmones enfermos. Durante la oración hubo una profecía.
El Señor me decía: «Haré de ti un testigo de mi amor.» Jesús Vivo estaba dando la vida, no solo a mis pulmones, sino también a mi sacerdocio, a todo mi ser. Tres o cuatro días después me sentía perfectamente bien. Tenía buen apetito, dormía bien y no tenía ningún dolor. Los médicos estaban dispuestos a comenzar de inmediato el tratamiento. Sin embargo, ninguna medicina correspondía a la enfermedad que habían detectado. Entonces hicieron venir inyecciones especiales, preparadas para personas que no tienen un organismo normal, pero no hubo ninguna reacción.
Me sentía bien y quería volver a casa, pero me obligaron a quedarme en el hospital para que los médicos pudieran buscar en todas partes la tuberculosis que se les había escapado y que no podían encontrar. A finales de mes, después de numerosos análisis, el médico jefe me dijo: «Padre, vuelva a su casa. Está perfectamente curado, pero esto va contra todas nuestras teorías médicas. No sabemos qué ha pasado.» Después, encogiéndose de hombros, añadió: — «Padre, usted es un caso único en este hospital.» — «En mi Congregación también», le respondí riendo.
Salí del hospital sin receta, sin medicamentos, ni inyecciones. Volví a mi casa pesando 50 kilos. El hospital que iba a curarme de la tuberculosis me estaba matando de hambre.
Quince días después apareció el número 8 de la Revista R.N.D. En la página 5 estaba mi foto en el hospital: estaba sentado en la famosa silla, con sondas, el rostro triste y una mirada pensativa. Al pie de la foto estaba escrito: «El enfermo debe aprender a vivir con su enfermedad, acostumbrarse a las alusiones veladas, a las preguntas indiscretas... y a los amigos que ya no lo mirarán de la misma manera.» Pero mi salud dejó caduco ese número. El Señor me había curado.
Ciertamente, mi fe era muy pequeña; quizá tenía el tamaño de un grano de mostaza, pero Dios era tan grande que no tomó en cuenta mi pequeñez. Así es nuestro Dios. Si dependiera de nosotros, no sería Dios. De esta manera recibí en mi carne la primera enseñanza fundamental para el ministerio de curación: el Señor nos cura con la fe que tenemos. No nos pide más. Solo eso. El 15 de septiembre asistí a la primera asamblea de oración carismática de mi vida.
No sabía qué era, pero fui porque había sido curado y las personas que habían orado por mí me habían pedido que diera el testimonio de mi curación. En ese mes de septiembre empecé a trabajar un poco y escribí a mi Superior para que me diera permiso de pasar este año que debería haber vivido en el hospital, estudiando la Renovación Carismática en Canadá y en los Estados Unidos. Me dio el permiso y me dirigí a los centros más importantes de Quebec, Pittsburgh, Notre Dame y Arizona.
Recuerdo un día en que estaba en Los Ángeles, celebrando la misa con mi sobrina y un amigo. Después de la lectura del Evangelio en francés quise comentarlo, pero sucedió algo muy extraño. Sentí que mi mejilla se adormecía y comencé a decir palabras que no comprendía. No era ni francés, ni inglés, ni español. Cuando se detuvo, exclamé con sorpresa: «No me digas que voy a recibir el don de lenguas.»
— «Es precisamente eso, tío», respondió mi sobrina, «hablabas en lenguas.» Me había burlado tanto del don de lenguas que, pues bien, el Señor me lo ofreció en el momento mismo en que iba a predicar. Así descubrí este hermoso don del Señor.
II
NAGUA Y PIMENTEL
A. Nagua
Después de este año que debería haber pasado en el hospital, regresé a la República Dominicana. Mi superior me envió a una parroquia de la ciudad de Nagua. Al llegar, convocé a unas cuarenta personas para darles el testimonio de mi curación. Recuerdo que entonces invitaba a los enfermos a pasar al frente para que se orara por ellos. Para mi gran sorpresa, había más enfermos que gente sana. Esa noche el Señor curó a dos enfermos. La asamblea estalló de alegría y las personas que habían sido curadas daban testimonio por todas partes.
Así, humildemente, comenzó una historia que no pensábamos que pudiera ser tan maravillosa. Por las curaciones que el Señor hacía, nuestro grupo se parecía al Banquete del Reino de los Cielos: los invitados eran los cojos, los sordos, los mudos y los pobres. Cada semana el Señor curaba enfermos. En agosto curó a Sarah, que tenía un cáncer de útero. Estaba desahuciada y había salido del hospital para ir a morir a su casa. La llevaron a la reunión y durante la oración por los enfermos sintió un profundo calor en el vientre y comenzó a llorar.
Poco a poco se dio cuenta de que la enfermedad iba desapareciendo. Quince días después estaba completamente curada y volvió al grupo de oración llevando en sus manos su sudario: los vestidos que sus hijos le habían comprado para su entierro. La gente acudía en gran número. Todos cantaban con alegría y alababan a Dios espontáneamente. Ante las curaciones y los prodigios estallaban en sollozos; eran lágrimas de felicidad, y contaban a todo el mundo lo que estaba sucediendo en la parroquia.
Después de estas reuniones tan felices y tan hermosas, algunos sacerdotes comenzaron a decir con sarcasmo: «el padre Emilien ha sido curado de la tuberculosis, pero está enfermo de la cabeza.» Porque oraba en lenguas y creía en el poder de curación de Cristo, afirmaban que me había vuelto loco. El Señor nos dijo por una profecía: Yo trabajo en la paz. Les doy mi paz. Sean mensajeros de paz. Comienzo a derramar mi Espíritu sobre ustedes. Es un fuego devorador que va a invadir toda la ciudad.
Abran los ojos, porque verán signos y prodigios que muchos han deseado ver y no han visto. Soy yo quien se lo digo y quien lo hará.
Estábamos seguros de estar ante la obra del Señor. Los milagros fueron siempre tan numerosos que no podía contarlos. Parejas que vivían en concubinato se casaron, jóvenes fueron liberados de las drogas y del alcoholismo. Era la pesca milagrosa. Después de haber arrojado largo tiempo el anzuelo, el Señor llenaba tanto las redes que casi imaginaba que la barca iba a hundirse. Jesús estaba liberando a su pueblo de las cadenas de la esclavitud. Los jóvenes que ya no se interesaban por la Iglesia ni por la fe comenzaron a vivir y a proclamar que Jesús era su libertador.
En un retiro parroquial anunciábamos a Jesús y después oramos por la salud de los enfermos durante la Eucaristía. La primera palabra de ciencia que tuve fue: «Hay aquí una mujer que se está curando de un cáncer. Siente un fuerte calor en su vientre.» Seguía orando; hubo otras palabras de ciencia que fueron confirmadas por los testimonios. Sin embargo, nadie respondió a la primera palabra. Al día siguiente, una señora, ante el micrófono, dijo a todos: Tal vez se sorprenderán de verme aquí.
Soy una pecadora, una mujer pública; hace muchos años que me prostituyo. Ayer vine a la misa de sanación, pero por causa de mi vida tuve vergüenza de entrar y me quedé un poco apartada, detrás de la empalizada. Tenía un cáncer.
He tenido dos operaciones que no detuvieron el mal, pero cuando el sacerdote dijo que una persona se estaba curando de un cáncer, sentí que era yo. El Señor la curó no solo del cáncer de su cuerpo, sino también del de su alma. Se arrepintió y comulgó al día siguiente. Cuando la vi comulgar con tal alegría y con tales lágrimas de felicidad en el rostro, me acordé de la vuelta del hijo pródigo que come el ternero cebado que su padre había hecho matar. Recibía al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, purificando su alma y cambiando de vida.
Volvió al prostíbulo para dar testimonio ante sus compañeras con lágrimas en los ojos: No vengo a decirles que abandonen esta vida. Solo quiero hablarles de mi amigo Jesús, que me rescató y cambió mi vida. Les contó su curación y su conversión. Después pidió permiso para hacer un grupo de oración en el prostíbulo, y todos los lunes se cerraban allí las puertas al pecado y se abrían al Corazón de Jesús. Había la Oración, la Lectura de la Palabra y cantos. El Señor no terminó allí su obra. Un año después se organizó un retiro para 47 prostitutas de la ciudad.
Allí es donde vi actuar con más poder la misericordia de Dios. Hubo arrepentimiento, conversión y confesión: 27 abandonaron su antigua vida y, según informaciones recientes, 21 han perseverado en el camino del Señor. Algunas incluso se han vuelto catequistas; otras animan grupos de oración, dando testimonio de que el amor misericordioso de Dios las ha transformado. De los 21 prostíbulos de la calle Mariano Pérez solo han quedado 4. Miembros del mismo grupo de oración han ido allí y el Señor los ha transformado.
Conviene recordar aquí el caso de otra de estas mujeres, de quienes Jesús dijo que entrarían en el Reino de los Cielos antes que los escribas y los fariseos. Diana fue tocada por el amor de Dios y se entregó al Señor. Sin embargo, su restablecimiento fue lento y doloroso. Incluso sufrió una recaída por problemas económicos. Cuando se había alejado del Señor, él le habló y le dijo: Diana, el que me sigue camina en la luz y no carece de nada. Se arrepintió y volvió al Señor.
Incluso llegó a ser catequista y hoy da testimonio con fuerza en los retiros de la misericordia del Señor. Forma parte de un grupo de Evangelización, y muchos sacerdotes querrían tener el poder que ella tiene para proclamar la vida nueva en Cristo Jesús. Según las estadísticas oficiales, en Nagua había 500 prostíbulos. Más del 80% cerraron sus puertas. No todas las mujeres se convirtieron, pero todas fueron alcanzadas por el mensaje de Jesús Vivo. Varias de estas casas que estaban al servicio del pecado y del egoísmo se han convertido en casas de grupos de oración.
El cambio fue tan notorio que se llegó a decir: Nagua era la ciudad de la prostitución, pero ahora es la ciudad de la oración. Hoy no hay una calle en Nagua que no tenga su grupo de oración. Son grupos que evangelizan, anuncian y llevan a la gente a un encuentro personal con Jesús Vivo. El caso de Nagua nos da una idea de lo que son los carismas de evangelización. No son adornos accidentales, sino vehículos de evangelización. Hay mucha gente que rechaza los carismas diciendo que no tienen importancia.
Simplemente les recuerdo que Nagua fue sacudida por el Evangelio y perdió su fama de «Ciudad de la prostitución» gracias a un retiro de prostitutas. Ese retiro se llevó a cabo gracias a una mujer que, como María Magdalena, siguió a Jesús y luego dio testimonio. ¿Por qué? Porque fue curada de un cáncer. Una pobre curación física trajo consigo una transformación social. Así se instaura el Reino de Dios, a través de acontecimientos tan pequeños y sencillos, como granos de mostaza que, al germinar, dan frutos abundantes.
¿Quiénes somos nosotros, los hombres, para despreciar los caminos de Dios?
B. Pimentel
Yo era feliz en Nagua trabajando con los grupos de oración, pero el Espíritu Santo me había preparado una gran sorpresa. En verdad, los caminos de Dios son diferentes de los nuestros (Is 55,8), pero mucho mejores que todo lo que pudiéramos pedir o imaginar (Efesios 3,20). El padre Provincial me pidió que reemplazara por un tiempo a un sacerdote que se iba de vacaciones. Sinceramente, me costó mucho dejar Nagua. Siempre queremos asegurarnos con lo que tenemos; eso perjudica mucho las sorpresas del Espíritu.
La vida en el Espíritu es una vida de desprendimiento; consiste en no apropiarse de las cosas de Dios, ni siquiera de lo que llamamos «nuestro ministerio». Estamos llamados a ser eternos peregrinos que viven bajo tiendas provisionales, siempre dispuestos para el viaje sin billete de regreso. Es que cuando no poseemos nada, somos capaces de tenerlo todo. El 10 de junio de 1975 llegué a mi nuevo destino: Pimentel es un pueblo simpático situado en el centro del país y enmarcado por una llanura fértil, rica en arroz, papas, cacao y naranjas, gracias a las aguas del río Cuaba.
El pueblo solo está atravesado por una calle sin pavimentar por la que pasan asnos, caballos y, de vez en cuando, un automóvil y un bus. La bandera nacional ondea sobre el ayuntamiento y es saludada por la esbelta palmera y las acacias del jardín público. Al otro lado se encuentra la parroquia de San Juan Bautista, cuyo nombre me hizo pensar que mi misión, como la de toda persona que evangeliza, era la de un precursor que prepara la venida del Salvador. El Espíritu Santo me había llevado allí para ser testigo de la luz de Cristo resucitado. Al llegar, me dirigí a casa del cura, que ya tenía las maletas hechas.
Le pedí solamente permiso para organizar un pequeño grupo de Renovación, porque sin oración no podía trabajar. Esto le disgustó; tenía miedo. No me lo negó, porque yo iba a reemplazarlo para que pudiera tomar sus vacaciones, pero me dijo: Está bien, haz el grupo, pero sin carismas. Bien, le dije, pero los carismas no los doy yo. Vienen del Espíritu Santo. Si él quiere dar carismas a tu gente, ¿qué puedo hacer yo? Haz lo que quieras, me respondió, y se despidió. El verano de ese año fue muy caluroso, como presagio del Espíritu que nos invadiría.
Quien no crea que tenemos un Jesús Vivo que hoy hace maravillas, no debe leer lo que sigue, porque parecerá increíble.
a) Primera reunión
Durante la misa del primer domingo invité a la gente a una conferencia sobre la Renovación Carismática, prometiéndoles contarles el testimonio de mi curación. A esa primera reunión asistieron doscientas personas, pero esa gente tenía tanta fe que esa misma noche habían traído a un paralítico en una camilla. Tenía la columna vertebral fracturada y no caminaba desde hacía cinco años y medio. Cuando los vi llegar con él, pensé que eran demasiado audaces, pero me hicieron pensar en aquellos otros cuatro que llevaron a su amigo paralítico a Jesús (Marcos 2, 1-12).
Oramos por él y pedimos al Señor, por el poder de sus santas llagas, que curara a este paralítico. El hombre comenzó a sudar abundantemente y a temblar. Entonces recordé que, cuando el Señor me había curado, yo también había sentido un gran calor. Entonces le dije: — «El Señor te está curando; ¡levántate en el nombre de Jesús!» Le di la mano y él me miraba muy sorprendido. Con mucho esfuerzo se levantó y comenzó a caminar lentamente. — «Sigue caminando en el nombre de Jesús», le grité, «el Señor te está curando». Él daba un paso y luego otro.
Se acercó al Santísimo Sacramento y, llorando, daba gracias a Dios. Todos alababan al Señor mientras el que había sido curado salía llevando su camilla bajo el brazo. Ese día otras diez personas fueron curadas por el amor de Jesucristo. Cómo tiene sed la gente de oración. Se acercan a nosotros pidiéndonos que les enseñemos a orar. Como Jesús, debemos enseñarles orando con ellos. No podemos dejar pasar esta maravillosa oportunidad. Si habláramos menos del Señor y le habláramos más a él, ¡cuán rápido cambiaría nuestro mundo!
Ciertamente, al Señor le gusta que hablemos de él, pero le gusta mucho más que hablemos con él.
b) Segunda reunión
El miércoles siguiente vinieron 3000 personas. Entonces hicimos la segunda reunión en la calle, porque la iglesia no podía contenernos a todos. Como no se podía hacer un grupo de oración con tanta gente, prediqué media hora antes de celebrar la Eucaristía por los enfermos. Estaba allí una mujer llamada Mercedes Domínguez. Era ciega desde hacía 10 años y durante la oración sintió un gran frío en los ojos. Volvió a su casa muy conmovida, diciendo a todos que ya podía ver un poco. Al día siguiente, cuando se despertó, estaba completamente curada. El Señor le abrió los ojos y ella abrió su boca para dar testimonio por todas partes de su maravillosa curación, que impresionó mucho a la gente del pueblo.
c) Tercera reunión
Imagínense lo que sucedió en esta tercera reunión. Fuimos al parque público, al aire libre, a celebrar la gloria del Señor. Era como cuando Jesús llegaba a Cafarnaúm o a Betsaida. El mismo Jesús, Vivo, llegaba a nuestro pueblo. El parque se parecía a la Piscina de Betesda, «llena de enfermos, de ciegos, de cojos o de paralíticos que esperaban su curación» (Juan 5, 1-2). Betesda, «Casa de la Misericordia». Pimentel, el más pequeño de los pueblos, se había convertido en el lugar elegido por Dios para mostrar su misericordia. El Ministerio de curación es el Ministerio de la Misericordia de Dios.
Esa noche había más de 7000 personas. Hicimos lo mismo: predicar el amor de Jesús, él que es Vivo en su Iglesia y continúa actuando por signos y prodigios. Celebramos la misa y el Señor comenzó de nuevo a curar enfermos. Casi era exagerado. Como en las bodas de Caná, cuando el Señor transformó el agua en vino: quedó tanto que se hubieran podido organizar otras bodas. Cuando le pedimos algo, él nos da todo, porque su poder no tiene límite, como tampoco su amor. No cura solamente a dos o tres personas, sino a un número inmenso.
La policía estaba muy molesta, porque tenía que hacer horas extraordinarias para vigilar un tráfico tan enorme para un pueblo tan pequeño. Entonces los agentes pidieron al jefe de policía que prohibiera esas reuniones. Él abrió las manos y les respondió con una sonrisa: Yo también hubiera querido prohibirlas, pero mi esposa fue curada en una de esas reuniones. Hacía doce años que estaba enferma. Fue tocada por el amor de Dios. Pocos días después recibieron el sacramento del matrimonio.
Como el Señor lo había previsto todo, en lugar de prohibir la reunión, la Policía nos dio 18 agentes más para organizar el tráfico durante la reunión siguiente.
d) Cuarta reunión
Era el 9 de julio, día del aniversario de mi regreso a la República Dominicana. Desde las 9 de la mañana llegaban autobuses y camionetas con gente de todo el país. Los propios choferes de taxi nos hacían publicidad, porque también era su ventaja. Aquella tarde hubo unas 20.000 personas en oración. Había tanta gente que, en esta cuarta reunión, tuvimos que subirnos al techo para instalar allí el altar y los altavoces. ¿Saben cómo se «vengó» Dios de la policía que quería poner fin a esas reuniones?
Esa noche curó a un policía que sufría una hemorragia cerebral que lo había dejado medio paralizado. A partir de ese momento, todos los policías estaban de nuestro lado. En verdad, la manera en que Dios termina con los problemas es mejor que la nuestra. Una señora, conocida en todo el pueblo, era sorda desde hacía 16 años y quedó completamente curada. Al principio sintió un zumbido y luego se dio cuenta de que oía perfectamente la predicación.
Al día siguiente fue al mercado y un empleado le dijo a su compañero: Ahí está la sorda; vamos a hacerle una broma moviendo la boca sin pronunciar ni una palabra. Pero ella oyó lo que decían y les respondió con alegría: No, señores, ya no soy sorda, porque Cristo me curó anoche. Daba así testimonio no solo de su curación, sino también del poder de Dios. Un hombre que solo podía caminar a cuatro patas también fue curado ese día. Hubo una profusión de curaciones y de prodigios. Vimos de todo.
Era vivir en colores, en vivo y en directo, lo que dice el Evangelio. Era Jesús resucitado caminando entre nosotros y salvando a su pueblo. Esa noche hubo más de cien curaciones, según los testimonios recibidos.
e) Quinta reunión
Para la quinta reunión nuestro equipo de sonido resultó insuficiente. La Policía hizo un cálculo para evaluar esa multitud a partir del metro cuadrado. Eran 42.000. Vino gente desde Puerto Rico, Haití y de todas las parroquias del país. Las calles estaban llenas, los techos abarrotados y la pequeña calle congestionada por los autobuses, los carros y las camionetas. La gente vino en tan gran número, sencillamente porque el Señor Jesús todavía no ha cambiado sus métodos de trabajo.
Mientras nosotros buscamos métodos pastorales más eficaces y más acordes con nuestro tiempo, el Señor continúa con el suyo: recorría Galilea curando a los enfermos, entonces las multitudes lo seguían y él predicaba la Palabra de Salvación (Lucas 6, 17.18). Hoy hace siempre lo mismo. Cura a los enfermos, la gente se reúne por miles y nosotros proclamamos el Reino de Dios. Es sencillamente el Evangelio que se repite. Comencé a asustarme un poco, porque esta pobre gente quería tocarme y que orara por cada uno de ellos.
Esa noche me arrancaron todos los botones de mi camisa y casi me aplastan. Había además otro problema: la gente que había viajado todo el día no encontraba comida en el pueblo y se marchaba hambrienta, pero llena del amor de Dios. Entonces oramos y pedimos al Señor su luz para saber qué debíamos hacer con toda esa gente. Él era quien nos había puesto ante esos problemas; debía sacarnos de ellos. Durante la oración nos dio un mensaje en lenguas a través de Evaristo Guzmán.
Para que no hubiera ninguna duda, fue a mí mismo a quien dio la interpretación: «Evangeliza a mi pueblo. Quiero un pueblo de alabanza.» No debemos tener miedo de las grandes multitudes. El Señor nos las envía para que les proclamemos su Palabra de Salvación. Los que temen los prodigios del Señor temen al «Señor de los prodigios». Algunos se asombran de que el Señor responda tan rápido a las oraciones.
Yo les digo que sería extraño que él, siendo tan bueno, no respondiera: Antes de que me llamen, yo responderé; y mientras estén todavía hablando, yo ya los escucharé (Is 64,24). Pidan y recibirán... Busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá... (Lucas 11,9-13). ¿Qué pensaba Monseñor Antonio Flores, obispo de La Vega, ante todo esto? Estaba abierto, pero inquieto ante tanta publicidad de la prensa, de la radio y de la televisión. Fui a visitarlo y lo encontré en la capilla.
Oramos juntos y nos pusimos de acuerdo para dividir la inmensa asamblea en pequeños grupos, como lo habíamos hecho antes en Nagua. Volví feliz, porque el Espíritu Santo, el obispo y yo estábamos en total acuerdo. Hicimos enseguida un comunicado que fue difundido por la radio y la televisión, y explicaba que la gran asamblea quedaba suspendida y que la gente estaba invitada a reunirse en su propia parroquia para orar.
El Señor tenía su plan respecto a los acontecimientos de Pimentel: despertar a su pueblo, sacudir a su Iglesia y mostrar por signos y prodigios que está vivo y da su vida en abundancia a los que creen en su nombre. Comenzaba entonces otro tipo de trabajo, más profundo y más delicado: formar responsables de pequeños grupos de oración. Tuvimos un retiro al final de la semana con los más comprometidos.
Les explicamos qué es la reunión de oración, la Renovación Carismática, el Bautismo en el Espíritu Santo y los Carismas, y «los encomendamos a la gracia de Dios» (Hechos de los Apóstoles 20,32). Tres días después ellos animaban los 45 grupos repartidos en distintos lugares de la parroquia. Había grupos bajo los árboles, en la iglesia, en las casas y por todas partes. Toda la ciudad se había convertido en una casa de oración. Para que la gente fijara su mirada en Jesús y no en un hombre, esa noche yo me alejé de la parroquia.
El Señor se quedaba y continuaba curando a los enfermos. Durante una visita que hicimos en 1984, para que este libro fuera publicado, nos ofrecieron un cuaderno en el que estaban anotados 224 testimonios de curaciones realizadas en uno de los grupos que se reunía en la casa de Guara Rosario, en la calle Colón. Solo en la noche del 13 de noviembre de 1975 hubo 22 testimonios de curación. Poco después llegaron a ser tantos que se dejó de consignarlos por escrito.
Preguntamos si el Señor se manifestaba todavía tanto como antes y nos respondieron con una maravillosa sencillez: No, no, pero es que ahora ya no hay tantos enfermos.
f) Domingo de Ramos
El Señor entró triunfalmente no solo en la pequeña ciudad de Pimentel, sino también en todo el país y mucho más allá de sus fronteras. Todo fue tan maravilloso que parecía un sueño. Nunca mi vocación misionera me había parecido tan fascinante y tan bella. El Señor entró en los medios de comunicación curando a la madre de un presentador de la televisión. Fue él quien se encargó de dar testimonio ante las cámaras. Entró también en la Cámara de Diputados curando a una diputada de dolores en el cuello.
Más tarde supe que los editores de la Revista francesa «Il est Vivant» escribieron al obispo para hacerle preguntas sobre la autenticidad de lo que había sucedido en Pimentel. El obispo respondió a su carta el 15 de octubre de 1975 diciendo textualmente: «El testimonio del Padre Emilien Tardif es auténtico.» Su carta fue publicada en el número 6-7 de la revista. En aquellos días estábamos como en la cima del monte Tabor, contemplando la gloria del Señor.
Compartíamos con Jesús lo que su Padre había dicho: «Tú eres mi hijo amado en quien he puesto todo mi amor.» El 16 de julio el Señor nos hizo prevenir por una profecía para anunciarnos que seríamos atacados y ridiculizados, pero que no debíamos temer, porque él ya había vencido al mundo. Tres meses después el cura volvió de sus vacaciones. Quedó muy sorprendido por lo que encontró y por lo que la gente le contó. Todo era tan extraordinario que no podía creerlo.
El Señor había visitado a su pueblo, suscitando en su parroquia una fuerza salvífica, haciendo misericordia a los suyos, encendiendo una luz en medio de las tinieblas para que, libres de todo temor, pudiéramos servirlo con santidad y justicia todos los días de nuestra vida. El Señor había curado a hombres y mujeres, a un policía y a una niña, a gente venida de lejos y a enfermos incurables. El Señor había evangelizado a su pueblo anunciándole la Buena Nueva del Reino, sirviéndose incluso de los medios de comunicación como la prensa y la televisión.
Era el Domingo de Ramos: el Señor entraba triunfalmente en su ciudad. Cuando salí de la parroquia de Pimentel para volver de nuevo a Nagua, la calle estaba desierta. El viento soplaba suavemente, meciendo las palmeras y acariciando la bandera que había sido testigo de las maravillas del Señor. Sentí nostalgia de aquellas multitudes que había visto. Entonces pasó un pequeño asno que trotaba alegremente y me miró con sus grandes ojos.
Se puso a rebuznar mostrando en una amplia sonrisa todos sus dientes, como para decirme: No eres más que el asno que trajo a Jesús a este pueblo, y ahora debes volver a Betfagé. La gloria, las palmas y el reconocimiento son para aquel de quien tú estabas encargado, y no para ti. Tú, como Juan Bautista, debes disminuir para que él crezca. Emilien debe morir para que Cristo viva en él; tu gloria es que Cristo sea glorificado; tu privilegio: anunciar el evangelio. El asno movió la cola diciéndome: «adiós, adiós», y se alejó. Yo volví a Nagua saltando de alegría.
g) La Semana Santa
Todo había sido como un crepúsculo de mil colores, y el Señor había sido espléndido, mucho más de lo que hubiéramos podido imaginar. Aún no nos habíamos repuesto del vino embriagador de su amor cuando negras nubes surcaron el cielo. De pronto todo se oscureció y el sol se ocultó en esa Semana Santa. Aunque sabía que el Señor estaba conmigo, los vientos de la tormenta comenzaron a soplar con furia. El secretario de Salud me acusó en la televisión de haber abusado de la ignorancia del pueblo, haciéndole creer que curaba.
Dijo que yo era un charlatán, que engañaba al pueblo, y preguntaba por qué no iba a hacer lo mismo en un país desarrollado como Canadá. Otros me atacaron diciendo que, como extranjero, no conocía al pueblo y que todas esas curaciones y todos esos milagros llevarían al pueblo al espiritismo y a la brujería. Yo les respondí que ciertamente no conocía al pueblo tanto como ellos, pero que conocía muy bien a Jesús y que él nunca conduce al espiritismo ni a la brujería. Todo lo contrario.
Cuando es él quien actúa, hace bien las cosas y no debemos tener miedo. En la radio, en la prensa, en la televisión hubo muchos ataques. En pocos días me había vuelto un brujo y un mentiroso. Porque creía y proclamaba que Jesús estaba vivo, que salvaba y curaba a su pueblo, se decía que yo estaba loco, que era fanático, etc. En menos de 24 horas, la prensa que antes me admiraba ahora luchaba contra mí. Entonces comprendí la fragilidad de la gloria que ofrece el mundo y qué locura era buscar la opinión de los demás. En pocas horas se destruye la espuma de la gloria.
Pero mi confianza estaba en Jesús, que es el mismo ayer, hoy y mañana y siempre. Y como no me había ocupado de ellos cuando hablaban bien de mí, cuando comenzaron a criticarme esto apenas me afectó. Tenía en mi corazón una paz, una paz profunda. Algunos que se decían psicólogos vinieron a decirme que esas curaciones causadas por el efecto de masa o por la histeria colectiva eran naturales y no tenían nada de milagroso.
Les respondí simplemente que había entonces una gran injusticia en el hecho de que, sabiendo todo eso, no organizaran reuniones todas las noches para curar a todos los enfermos del país. Otros nos acusaban de ser «emocionalistas». Yo les respondía que el emocionalismo busca la emoción por la emoción, pero que nosotros buscábamos al Señor, lo cual siempre conmueve. Encontrar el Tesoro Oculto conmueve y exalta. El signo que muestra que alguien ha encontrado el Tesoro es la Alegría que le produce.
Otros atacaban la inmadurez de la gente diciendo: Toda esta multitud no viene sino por curiosidad y por causa de las curaciones. Yo les respondía: ¿Qué importa la razón por la que vienen? Lo que cuenta es que estén allí para que los evangelicemos. Seguramente Zaqueo no subió al sicómoro para rezar mi rosario, sino por pura curiosidad, porque «quería ver a Jesús». Llegaron incluso a preguntarme si no me había vuelto loco. Entonces les respondí: Yo también me lo pregunto, porque ahora no puedo hablar sino del Señor. Los sacerdotes vecinos se volvieron celosos.
Un grupo de ellos pidió a mi Provincial que me sacara del país, porque con esas tonterías, decían, yo iba a destruir las estructuras de la Pastoral. Yo les respondí que Jesús no había sido enviado para salvar las estructuras pastorales, sino para salvar a su pueblo, y que eso era lo único que estaba haciendo en medio de nosotros. Me acusaban de vaciar las parroquias, pero yo no invitaba a nadie. Solo proclamaba el evangelio. Un sacerdote me decía que exagerábamos y que había que ir más despacio.
Su argumento era el siguiente: Si me hablaras de 2 o 3 curaciones, quizá podría empezar a creerlas. Pero ustedes los carismáticos están locos; hablan de tantos milagros... Es que no conoces realmente a Jesús, le dije. Sí, me respondió, pero en Lourdes hay un centro médico para estudiar las curaciones, y se dice que hay muy pocas curaciones milagrosas. En cambio ustedes... Pero, respondí yo, el criterio de nuestra fe no es el centro médico de Lourdes, sino el Evangelio, y este habla de tantos milagros...
San Marcos, el más antiguo de los cuatro evangelistas, nos habla de 18 milagros y curaciones de Jesús en 16 capítulos. Si quitáramos estos signos del poder de Dios en el Evangelio de Marcos, no quedarían sino unas pocas páginas, una o dos. Son muchos los que, por haber eliminado este aspecto, no tienen sino un Evangelio mutilado, pobre, reducido a doctrina y a teorías. El Evangelio es una Vida para vivir, de la que hay que hacer experiencia y dar testimonio. La primera vez que los Hechos de los Apóstoles se refieren al cristianismo, lo definen como «Vida» (Hechos 5,20).
Me atacaron tanto, por todas partes (incluso aquellos de quienes se podía pensar que estaban del lado de Jesús) que tuve que publicar un artículo en la revista «Amigo del Hogar» en agosto de 1975. Se titulaba: «Es culpa de Jesús». Entre otras cosas decía allí: Frente a los riesgos reales que hay de caer en el fanatismo por causa de los milagros, caemos en el extremo opuesto, a veces más grave que el primero, que es olvidar que Dios es el señor de lo imposible. La curación es realmente la respuesta a una oración de fe, como lo vemos tantas veces en el Evangelio.
Esta oración puede ser la del enfermo o la de quienes lo acompañan, la de la comunidad o la de una persona. Jesús es el mismo ayer, hoy y siempre. Él es el Maestro de la historia y actúa como quiere, sin pedirnos nuestra opinión ni permiso para realizar sus prodigios. ¿Quiénes somos, pues, para oponernos o intentar poner un límite a la obra de nuestro Dios? Estamos convencidos de que no se opone a la medicina, pero muy a menudo miles de personas no tienen dinero para pagar al médico, la clínica o los medicamentos.
¿Qué tiene de sorprendente que Dios se ocupe de los pobres y que personalmente los socorra? ¿Por qué cerrar la puerta a quienes han creído en esta Palabra de Jesús que dice: «Vengan a mí todos los que están cansados y agotados, y yo los aliviaré»? ¿Será que nos hemos acomodado a un cristianismo hecho a nuestra medida? El Señor, por estos signos, viene a mostrarnos que está vivo y viene a interrogarnos, porque si está vivo, todas sus exigencias son válidas.
El problema es que «Jesús está vivo y no muerto». Poco después me di cuenta de que en ese artículo había cometido un doble error: probar las curaciones dando los nombres y las direcciones de las personas curadas, pensando que sería la evidencia de los hechos y no la gracia de la fe lo que transformaría sus corazones.
Les di el signo del cielo que pedían, pero no se convirtieron, porque los signos no son sino signos: solo la fe nos hace reconocer lo que significan, que Dios ama a los hombres, que Cristo está vivo y que la Iglesia tiene el poder del Espíritu Santo para resucitar a los muertos. El Señor me permitió reponerme y darme cuenta de que no debía defenderme de los ataques, como tampoco él se había defendido de quienes lo acusaban. Si me defendía con mis medios y mis argumentos, no lo dejaba a él ser mi defensor con sus medios y sus argumentos.
Por otra parte, defenderme equivalía a renunciar a la purificación que el Señor quería hacer en mi vida. A través de tantos ataques e incomprensiones, el Señor quería formarnos según la imagen de su Hijo, pasando por la noche del Calvario para alcanzar la gloria de la resurrección.
El tiempo me ha convencido de que las adulaciones son más peligrosas que la crítica, porque esta puede ser el fuego que purifica y quema las impurezas de nuestro corazón, mientras que las adulaciones fueron objeto de una de las palabras más duras de Jesús: «¡Ay de ustedes cuando todos hablen bien de ustedes, porque así fueron tratados los falsos profetas!» (Lucas 6,26). Inconscientemente podemos olvidar que somos simples vasijas de barro, pero el Señor se encarga de recordárnoslo por medio de la cruz de la incomprensión.
El Señor, en su misericordia, nos purifica y nos humilla para que no robemos la gloria que a él solo pertenece. La cruz es el desierto donde se manifiesta el Dios Vivo. Pero hay que quitarse las sandalias para acercarse a la zarza ardiente. La crítica es semejante al atrio del Templo, que nos prepara para entrar límpidos y puros en el Santuario del Dios Vivo, libres de todo apego; y los apegos más peligrosos son los que llamamos nuestros méritos y «nuestras actividades apostólicas». Los ataques se hicieron tan violentos y continuos que a veces pensaba que ya no podría resistir.
Por todas partes me perseguían. Yo mismo me sentía solo, en un camino nuevo. Fue entonces cuando pedí a una hermana llena de Dios que orara por mí. Ella lo hizo y me dio una profecía que me consoló. El Señor me dijo: «Después de haber saboreado la alegría del Domingo de Ramos, ¿no te parece normal gustar un poco de la Semana Santa?» Esta palabra me sanó interiormente; desde entonces veo los problemas de manera distinta, en una paz completa.
Cuando las cosas van bien, digo: «estamos en el Domingo de Ramos». Si hay dificultades, afirmo simplemente: «es la Semana Santa». De todas maneras, la Pascua no está lejos, gloria a Dios. Dios, antes de llevarme al Calvario, me hizo gustar la gloria del Tabor. Pero no me dejó levantar allí arriba mi tienda; me hizo descender y participar de su cruz. El Señor, antes del dolor, nos da su amor, y cuando nos ama nos ofrece siempre su cruz. La cruz es el regalo de Dios a los que ama.
La cruz, antes de la experiencia del amor de Dios, no se comprende ni puede ser aceptada. En el plan de Dios, antes del Calvario está el Tabor. Después de la gloria viene la cruz que salva y nos conduce a la Resurrección. Nuestra vida se desarrolla como los misterios del Rosario; están los Gozosos, los Dolorosos y los Gloriosos, pero todos y cada uno terminan en «Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo». Cada día vivimos un misterio. Toda nuestra vida no puede ser gozosa, gloriosa o dolorosa, pero los misterios se entrelazan para la Gloria de Dios.
La cruz y la resurrección son como los cuadros de Rembrandt, donde sombras y luces se combinan para expresar la belleza. Nuestro pueblo estaba dormido, sumido en una letargia, pasivo. El Señor vino y lo sacudió todo. La gente consultaba a los sacerdotes para hacerles preguntas sobre lo que sucedía. Entonces los sacerdotes tuvieron que leer e informarse para dar respuestas adecuadas. Hubo incluso una reunión de la Comisión episcopal para hacer una declaración. Esto fue muy importante para mí. Estaba seguro de que era la obra de Dios, pero necesitaba el discernimiento de los Obispos.
Para mí, ellos eran la voz de Dios. Publicaron una declaración que se titulaba: «El Papa aprueba y alienta las reuniones de oración carismática.» Después venía el siguiente subtítulo: «Monseñor Pepen (Secretario Nacional del Episcopado) aprueba la obra del Padre Tardif.» Cuando leí esto, quedé muy contento, pero también tuve ganas de reír y dije: «pero esta no es mi obra...» Como san José, yo tenía una sola certeza: que esta vida que había nacido en el seno de la Iglesia no era mía.
Sin saber cómo ni por qué, recibí una invitación de Monseñor Carlos Talavera para predicar un retiro sacerdotal en Guadalajara, México. A partir de ahí surgieron otras invitaciones para proclamar las maravillas del Señor en otros países de América Latina. Comienzo a percibir que una era gloriosa se levanta para la Iglesia. Creo que ha llegado el tiempo de predicar desde los techos, fuera de los recintos sagrados, porque no hay sitio suficiente en nuestros templos. El Señor nos lleva hasta los confines de la tierra para dar testimonio de que está vivo...
Después de un viaje a Panamá retomé mis tareas parroquiales. Al día siguiente me preparaba para visitar una comunidad perdida en la montaña. Debía viajar en un asno. Mientras este caminaba lentamente, pensaba: «Qué diferente es mi asno del gran Boeing 747 de la Pan Am.» Qué maravillosos son los caminos de Dios. En avión o en asno, somos siempre sus mensajeros. Diez mil o sesenta personas, son siempre sus hijos. Y estos «pequeños» de la montaña son los verdaderos pobres de Yahvé.
El Señor es tan maravilloso que, cuando volamos en avión, después nos hace subir en un asno para proteger nuestra humildad. En mi asno aprendí una gran lección: estamos llamados a ser como el asno que llevó a Jesús a Jerusalén el Domingo de Ramos. Nuestra vocación es ser portadores de Cristo Jesús. Somos vasijas de barro que llevan un tesoro precioso en sus corazones. Por todas partes es lo mismo.
Los signos confirman que Jesús es el Mesías: «los ciegos ven, los cojos caminan, los leprosos son curados, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia la Buena Nueva a los pobres» (Lucas 7,22). Antes nos esforzábamos por alimentar a un pueblo que no tenía hambre de Dios. Lo peor era que nosotros mismos no habíamos saboreado el Pan de la Vida Eterna. Y ahora no conseguimos alimentar a todos. La mies es abundante, demasiado abundante, pero el Señor es todavía más grande y más poderoso.
El Señor encendió la mecha y ahora hay un fuego que nadie puede apagar. Es también un río de Agua Viva que está inundando la Iglesia, purificándola, renovándola y santificándola. Varias parejas que vivían en concubinato tomaron conciencia de que no podían seguir viviendo así. Al descubrir la importancia del Sacramento, se prepararon seriamente para recibirlo y vivirlo. En un año celebramos 306 matrimonios, cifra del todo inhabitual.
El milagro más grande al que he asistido durante estos años es que el Señor ha suscitado obreros para su mies. Los catequistas son ahora numerosos. Tenemos tantos que nuestra primera responsabilidad es formarlos y hacerlos capaces de transmitir la Buena Nueva. En la Pentecostés del año 1976 éramos 120 catequistas pidiendo una nueva efusión del Espíritu sobre todos nosotros. El Espíritu ya no era solo un don para la alegría de nuestro corazón, sino una fuerza especial para anunciar al mundo que Cristo vive y da la vida a quienes creen en su nombre.
Empecé a recibir cartas de Francia, de América Latina, de las Filipinas. Otros me escriben de países que ni siquiera ubico en el mapa; a veces recibo correspondencia en lenguas y con signos que no entiendo. Como no comprendo lo que dicen esas cartas, las deposito sencillamente en las manos del Señor y le pido a él, que sí las entiende, que tenga a bien responderlas. No recuerdo haber tenido nunca una salud tan buena como ahora. Como de todo, duermo bien.
El Señor me ha devuelto una salud perfecta y soy feliz de ponerla al servicio de la evangelización de su pueblo.
Sin embargo, creo que el don más grande que me ha dado es el de la alegría. Soy feliz a tiempo completo. Nunca había vivido mi sacerdocio tan plenamente como ahora.
III JESÚS ESTÁ VIVO
Durante el mes de junio de 1981, después de una gira de evangelización por Argelia y Marruecos, Dios me concedió la gracia de visitar la Tierra Santa. Al día siguiente de mi llegada me levanté muy temprano, antes de la salida del sol, y entré en esas viejas callejuelas tortuosas de la ciudad de Jerusalén, recorriendo el camino de María Magdalena el día de la Resurrección. Al llegar al Santo Sepulcro encontré a un amigo mexicano que había ido a casarse en Caná con una bella puertorriqueña.
Al entrar nos hizo notar una inscripción en griego que decía: ¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí; ha resucitado. Aún no salgo del asombro de esa madrugada, que es como un eco del Domingo de Pascua. El que murió en la cruz ha abandonado su sepulcro y está vivo. De la oscuridad de ese sepulcro brotó una luz que ilumina a todos los hombres para comenzar una nueva creación. Si Jesús no está en el sepulcro vacío de Jerusalén, ciertamente está en todas partes del mundo.
El único lugar de esta tierra donde Jesús no se encuentra es esa tumba excavada en la piedra que un día le había prestado uno de sus amigos, José de Arimatea. Jesús no envió a sus apóstoles a enseñar teorías o ideas abstractas, sino a dar testimonio de lo que habían visto y oído. Pero, desgraciadamente, parece que estamos más preocupados por enseñar una doctrina que por comunicar la vida. Para crecer en la Vida de Dios, primero hay que haber nacido por el poder del Espíritu Santo.
Un evangelizador es ante todo un testigo que tiene una experiencia personal de la muerte y de la resurrección de Cristo Jesús y que transmite a los demás, más que una doctrina, una persona viva que da la Vida en abundancia. Después, solo después y siempre después, se debe enseñar la catequesis y la moral. A veces nos preocupamos de que la gente cumpla los mandamientos de Dios, incluso antes de que conozcan al Dios de los mandamientos. No debemos olvidar que estos fueron dados después de la teofanía del Monte Sinaí.
Nadie puede ser un auténtico mensajero del evangelio si él mismo no ha hecho la experiencia de la nueva vida que trae Jesucristo. Cuando damos testimonio de lo que el Señor ha hecho a partir de su Resurrección, entonces todo cambia. La predicación va acompañada de los signos y prodigios que el Señor ha prometido. En Jánico, un día, el cura nos invitó a dar un retiro, advirtiéndonos que la gente era dura y no le gustaba ir a la iglesia. Cuando llegamos, la primera noche no había mucha gente.
Pero había, postrado en el suelo, un hombre que parecía un muñeco de trapo, que no podía tenerse en pie. Además, estaba paralizado de las dos manos y no podía comer ni caminar por sí mismo. En verdad, daba lástima ver a ese hombre allí. En mi alma pensaba: ¿pero por qué traen a este hombre aquí? Como consideraba su aspecto tan lastimoso, dije: Vamos a orar por este hombre para que después puedan llevárselo. Él no había podido tenerse en pie ni dar un paso. Yo pensaba simplemente... Al comenzar la oración empezó a sudar y a temblar.
Al verlo, recordé que yo también había sentido un gran calor cuando el Señor me había curado. Entonces le dije: Levántate, el Señor te está curando. Después le tomé la mano y le ordené caminar. Caminó hasta el sagrario. Allí dio su testimonio y dijo que hacía 19 años que... yo mismo dije: «Menos mal que ignoraba que estaba inmóvil desde hacía tanto tiempo, porque de lo contrario no me habría atrevido a decirle que se levantara.» Aquella tarde, después de salir todos de la iglesia, cruzamos la calle y nos sentamos en el atrio.
Al sentarse, el hombre añadió: Pero el Señor también ha curado mis manos, puedo moverlas... Gracias a este paralítico, nuestro local se llenó al día siguiente. Toda la gente no podía entrar. Varios se quedaban detrás de las persianas y en la puerta de la iglesia. El día en que aceptemos el poder que tiene el testimonio, nuestra predicación cambiará. Antes preparaba mucho mis homilías. Estudiaba los autores clásicos y leía a los teólogos modernos. Mis lecturas eran tan buenas y tan profundas que deseaba no perder nada de lo que quería decir.
Entonces lo escribía todo en un papel y lo leía para aprovechar bien esa riqueza que quería transmitir. Sin embargo, el Señor me transformó también en este punto. Un domingo, ante mis notas bien redactadas de mi homilía, el Señor me dijo: Si tú, que has hecho tantos estudios y has leído tanto y tanto, no eres capaz de grabar esto en tu memoria para solo repetirlo, ¿cómo quieres que esta gente tan sencilla, que no tiene la preparación que tú has tenido, lo grabe en su corazón para vivirlo? Desde entonces cambié mi predicación.
Ahora ya no hago sino dar testimonio del poder de Dios y de lo que él está haciendo, y cuento ejemplos del amor de Dios. Aprendí todavía otra cosa muy importante: lo esencial no es hablar bien de Jesús, sino dejarlo actuar con todo el poder del Espíritu Santo. ¿De qué sirve querer hablar maravillosamente de Jesús si podemos dejarlo actuar a través de nosotros? El Reino de Dios es poder y fuerza que vienen de lo alto y se manifiestan entre nosotros. Una vez prediqué muchísimo tiempo, más de una hora.
Al final de mi homilía se acercó un sacerdote un poco irritado y dijo mostrando su reloj: No me gustó la conferencia del Padre Tardif, porque en 67 minutos habló de milagros y más milagros, sin hacer alusión a ninguno de los del evangelio. Otra persona que lo oyó le respondió: ¿Para qué hablar de los milagros de hace 2000 años, si se puede hablar de los que Jesús hizo la semana pasada? En cuanto a mí, no me bastarían todos los años de mi vida que me queden para contar todo lo que Dios ha hecho en estos últimos diez años, tan numerosas e innumerables son sus maravillas.
Por eso, cuando solo tengo una hora, debo contar las bendiciones más recientes. Ya he predicado en los 5 continentes diciendo siempre lo mismo, porque no tengo nada más que decir. Repito siempre lo mismo: el amor misericordioso de Dios. Soy testigo del amor de Dios por los hombres, todos los hombres de todos los países y de todas las lenguas. El poder del Espíritu Santo me ha transformado en un testigo de Cristo Vivo. A veces ni siquiera hay tiempo de comer. Después de varias horas de viaje, con el cansancio, se comienza directamente a trabajar.
Pero el Señor manifiesta su fuerza a través de nuestra debilidad. En el retiro de Lourdes, en Francia, había sacerdotes de diferentes países europeos. Era muy fatigoso ponerse a confesar después de las conferencias para después dar otra o celebrar una Eucaristía. Después de una conferencia vinieron algunos sacerdotes a confesarse. El primero era un sacerdote holandés que no hablaba bien el francés. Después de su confesión me pidió: Padre, ¿puede orar por mi curación? Estoy mudo del oído izquierdo.
Era tan original que estuve a punto de estallar de risa por su «oído mudo», y dije: Señor, si tú curas a este, será la curación más grande del mundo entero. Yo no esperaba sino una sola cosa: que saliera para poder reír a gusto, pero enseguida entró otro sacerdote que me encontró riendo... No olvidaba esa expresión «mudo del oído izquierdo» y sonreía todo el tiempo que duraron las confesiones. Entonces los sacerdotes decían de mí: Qué feliz es el Padre Emilien; aunque tiene tanto trabajo, está siempre contento.
Otros decían: Qué agradable es confesarse con un sacerdote que tiene siempre la sonrisa para recibirte. El Señor se sirvió de ese «mudo del oído izquierdo» para mostrarme que es un Dios de alegría, que está contento de recibirnos cuando nos acercamos a él. Nuestro Dios tiene mucho sentido del humor; no cabe duda. Un día, cuando predicaba ante una multitud en un estadio, una persona me preguntó: Padre, ¿no siente ni miedo ni vergüenza de hablar ante tanta gente?
Yo le respondí con una sonrisa: Cuando uno está seguro de transmitir una buena noticia, puede subirse a los techos, dar testimonio en las cárceles y predicar en los estadios. Yo no hago sino dar testimonio sencillamente de lo que he visto; de lo contrario, le aseguro que me aburriría hablar, aunque solo fuera con usted. Lo aburrido es que, cuando alguien no tiene la experiencia de Cristo Vivo, tenga que hablar de mil cosas, menos de Jesús.
En nuestros días no necesitamos un nuevo evangelio, sino una nueva evangelización: proclamar con poder y eficacia que Cristo vive; no repitiendo teorías que hemos oído o leído, sino dando nuestro propio testimonio. Hoy debemos evangelizar con el poder del Espíritu, acompañando nuestra predicación de los signos y prodigios que deben ser normales en la predicación del Evangelio.
En el congreso de Montreal, en junio de 1977, había más de 55.000 personas que llenaban el Estadio Olímpico durante la misa de clausura. Estaban el Cardenal Roy, 6 obispos y 920 sacerdotes. También estaba el alcalde de la ciudad y, junto al altar, más de 100 enfermos en sus sillas de ruedas. Dirigimos la oración por los enfermos. Todo el estadio alababa a Dios, cuando de pronto una mujer, Rosa Aimée, que sufría desde hacía once años de esclerosis, se levantó de su silla y comenzó a caminar ante los ojos de todos. Al otro lado, un hombre se puso de pie, luego otro más allá, ¡y luego otro más!
12 paralíticos se levantaron de su silla y comenzaron a caminar. La gente aplaudía y lloraba, llena de emoción. El alcalde de la ciudad en persona sollozaba como un niño. Cuando Dios se manifiesta, no hay hombre que sea grande: todos son pequeños. Lloraba de felicidad y de emoción. Al día siguiente, el principal periódico de la ciudad decía: «Asombro en el Estadio Olímpico: los cojos caminan.» El periódico de Montreal decía: «Los que estaban postrados en sus camas se levantan y caminan.» Lo sorprendente no es que los enfermos hayan sido curados.
Lo que habría sido asombroso es que no hubieran sido curados. Lo que sería extraño es que Jesús no cumpliera sus promesas. Recuerdo que al día siguiente me entrevistaron en la televisión y me preguntaron: ¿No cree que todas estas curaciones se deben al efecto de masa, a la emoción, a los aplausos de la gente? Yo respondí: Entonces deberían explicarme por qué en ningún partido de fútbol o de béisbol se ha levantado nunca un paralítico, ni se ha curado ningún canceroso cuando gana su equipo favorito.
La única respuesta es que Jesús ha resucitado y que está Vivo hoy en medio de nosotros. No busquemos otra explicación, porque siempre nos extraviaremos. Un día estaba comiendo cuando alguien me hizo una pregunta indiscreta: Padre, ¿está usted seguro de tener el don de curación? Yo no podía responder en el acto, y todos me miraban esperando mi respuesta. Entonces dije: Bueno, estoy seguro de que tengo la misión de evangelizar, y de que los signos y las curaciones acompañan siempre a la predicación del Evangelio.
Yo no hago sino predicar y orar, mientras que Dios, él, cura a los enfermos. Así hemos formado un buen equipo de trabajo y nos entendemos bien. Los planes del Señor me hacen reír a veces, porque tiene mucho sentido del humor cuando coloca a un cura de campo ante los teólogos de diversos países para que predique la Buena Nueva. Yo no les enseño nada. No hago sino darles el testimonio de la misericordia del Corazón de Jesús. En 1981 prediqué un retiro para 320 sacerdotes en Lisieux, en Francia, con el Padre Albert de Monléon.
Había allí muchos sacerdotes muy inteligentes, otros muy críticos, y no faltaban siquiera los escépticos. Después de una maravillosa exposición del Padre de Monléon, era mi turno de hablar. Me sentía muy pequeño ante esos hombres tan sabios que tenían tantos títulos. Me sentía pobre ante el Cardenal Suenens y los demás obispos. Entonces oré al Señor y le dije: Señor, ¿qué hace aquí un sacerdote que ha venido de una isla tan pequeña, ante estos hombres tan sabios que ni siquiera saben dónde está situado su país? No me dejes solo, Señor, te lo suplico.
Afortunadamente, la primera noche el Señor curó a un sacerdote que sufría de una flebitis, y gracias a eso todas las discusiones terminaron. Recuerdo cómo a la mañana siguiente, en el comedor, se subía el pantalón y mostraba sus dos piernas completamente curadas. Ese testimonio sirvió más para manifestar la gloria de Dios que mis pobres conferencias.
Un día, después de una conferencia que di al clero en Lyon, el Cardenal Renard, sorprendido por las maravillosas curaciones del Señor, se puso de pie y dijo: Nos es difícil aceptar la misteriosa acción del Espíritu Santo, porque somos tan racionales y tan racionalistas, todos más o menos hijos de Descartes, e incluso cada uno de nosotros lleva dentro un pequeño Voltaire. Por eso nos cuesta tanto asimilar la acción del Espíritu, que sopla como quiere, sin limitarse a los moldes lógicos de nuestra razón. Le ponemos rieles por donde seguir y él vuela fuera de ellos.
Le ofrecemos un canal por donde pueda soplar, y él lo hace al lado. El Espíritu Santo no sigue nuestro programa pastoral. Ciertamente necesitamos un método pastoral. Pero la base de toda pedagogía de la fe consiste precisamente en aceptar el hecho de que no somos nosotros quienes dirigimos su acción, sino él quien dirige la nuestra. Toda metodología debe ser suficientemente permeable para que el Espíritu pueda utilizarla y, más aún, transformarla. Los dones del Espíritu Santo son diversos y actuales.
Quizá por nuestro racionalismo o por nuestra falta de fe pensamos que esos dones son historias del pasado. El mundo actual busca hombres del Espíritu, profetas cristianos inspirados por el Espíritu. Pero si no los encuentra, seguirá a los iluminados, lo cual es muy, muy peligroso. La Iglesia es una Pentecostés permanente y no una racionalización permanente. Estas últimas palabras del Cardenal me traen a la memoria una anécdota.
Un día Jesús estaba con sus discípulos y les preguntó: — «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» Simón Pedro se levantó y respondió: Tú eres la teofanía escatológica que alimenta ontológicamente la intencionalidad de nuestras relaciones subconscientes e interpersonales. Jesús abrió unos grandes ojos de sorpresa y preguntó: — «¿Qué, qué?» Y Pedro no pudo repetir, porque había olvidado su definición. No era algo que tuviera en el corazón, sino solo en la mente. El mundo está cansado de escuchar teorías y florilegios literarios.
Tiene hambre de palabras vivas y eficaces que realicen lo que contienen. «El mundo de hoy está cansado de seguir a los maestros; solo se deja arrastrar por los testigos», decía Pablo VI. Testigos que han hecho la experiencia de la vida nueva traída por Jesús. El Evangelio de san Lucas cuenta que el domingo por la tarde dos discípulos de Jesús volvían de Jerusalén a Emaús. Estaban tristes y abatidos, porque con la muerte de su maestro todas sus esperanzas de restauración se habían desvanecido.
Jesús mismo se les unió en el camino, y uno de ellos, llamado Cleofás, comenzó a dar una clase de cristología al mismo Jesús, a quien no era capaz de reconocer. Recordó con fuerza cada uno de sus hechos, de sus milagros y de sus palabras. Contó su muerte cruel en la cruz, de la que había sido testigo todo un pueblo, pero cuando llegó a la resurrección no pudo hablar de su propia experiencia y se contentó con repetir lo que algunas mujeres decían que los ángeles habían dicho.
Así, en la Iglesia, ciertos predicadores no hacen sino repetir lo que los teólogos han escrito o lo que sus maestros han enseñado en sus cursos, pero ellos no tienen una experiencia personal de la resurrección de Cristo Jesús. Mientras no se haya tenido ese encuentro personal con Jesús resucitado, se repetirán teorías y enseñanzas que otros dijeron haber hecho. Estamos llamados a ser testigos de lo que predicamos. Pero, para ser un auténtico testigo, hace falta haber hecho la experiencia personal de lo que se proclama, haberlo vivido en la propia carne.
Un día me llevaron a visitar el magnífico complejo hidroeléctrico de Itaipú, en el Paraguay. Fue impresionante. Los hombres y hasta los camiones parecían insignificantes hormigas frente a los gigantescos muros de hormigón de la represa. Allí se produce tanta energía que cubre las necesidades de todo el país y una parte de las de Brasil y Argentina. Al caer la noche estábamos de vuelta, y noté que algunas casas de los trabajadores de la central termoeléctrica no tenían corriente eléctrica y solo estaban débilmente iluminadas por pequeñas velas de cera.
A pocos metros de las turbinas y de los generadores más grandes del mundo no había electricidad, sino velas. Es que no se había hecho la conexión necesaria para llevar la energía a sus casas. He aquí lo que nos sucede también a nosotros a veces. Nuestra vida, en lugar de estar iluminada por la electricidad, lo está por velas, porque no estamos conectados a Jesús, que es la luz del mundo. Hay incluso personas que trabajan en los Servicios de la Iglesia, pero la luz no está en sus corazones.
Somos como esos turistas que, ante un bello paisaje, usan su aparato Polaroid para sacar una foto y después, en lugar de admirar el verdadero paisaje y dejarse cautivar por él, miran la fotografía en papel. Hay muchos cristianos que han conservado la fotografía estática de Jesús y no lo conocen «cara a cara», porque nunca han tenido un encuentro personal con él. No hacen sino repetir lo que han visto y oído, pero no tienen la experiencia de la vida nueva.
La vida eterna consiste precisamente en el conocimiento, es decir, la experiencia de Dios y de su enviado Jesucristo. El verdadero evangelizador es aquel que presenta su testimonio personal, su propia experiencia de salvación, y puede dar testimonio de que Jesús está vivo, porque ha tenido un encuentro personal con él, como los apóstoles que afirman: No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído (Hechos 4,20). El verdadero evangelizador no es el que habla de Jesús, sino el que es capaz de presentar a Jesús vivo a las personas evangelizadas para que le digan como los samaritanos: Ya no creemos por tus palabras; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que de verdad él es el salvador del mundo (Juan 4,42).
Pero nadie podrá transmitir la vida de Cristo resucitado si antes no ha hecho él mismo la experiencia de Jesús vivo en el día de hoy.
IV
PALABRA DE CIENCIA
Se ha hablado mucho últimamente de la palabra de ciencia, a la que algunos, con una traducción más exacta, llaman «palabra de conocimiento». Es un carisma muy hermoso a través del cual Dios revela y comunica lo que ha sucedido, o está sucediendo, en la historia de la salvación de las personas. Gracias a esta revelación se puede llegar a la raíz de un problema, o a la causa de un bloqueo, o al conocimiento de una curación. Un día llegó una señora muy afligida por su hija, a la que una extraña enfermedad había obligado a abandonar sus estudios.
Me contaron que la joven sufría ataques muy extraños. Se desmayaba a menudo, como si sufriera de epilepsia. Habían consultado a varios médicos sin ningún resultado. Fueron a psicólogos sin obtener mejoría. Cometieron incluso el error de ir a los brujos. Fue entonces cuando llegaron a la conclusión evidente de la necesidad de un exorcismo. La mamá hablaba, pero la joven guardaba silencio. No respondía ni siquiera a mis preguntas. No teniendo informaciones y no sabiendo qué pedir por ella, oraba en lenguas.
Entonces me vino una palabra que me martillaba continuamente la mente: «aborto». Abrí los ojos y le pregunté si había tenido algo que ver con un aborto. Se sorprendió y me preguntó:
— «¿Quién se lo dijo?»
Con lágrimas en los ojos me contó que había tenido relaciones con su novio y había quedado embarazada. Siendo de una familia muy conocida, tuvo mucho miedo y decidió abortar. Pero desde entonces se había cargado de un doble pecado, y ante ese solo pensamiento se desmayaba. Se arrepintió, se confesó y oramos por su sanación interior. El Señor le perdonó y la curó, y ya no tuvo más desmayos. El Señor nos había dado «el conocimiento» de la raíz del problema. No estaba poseída, ni sufría de una enfermedad cualquiera.
Por este don de «el conocimiento» o «palabra de ciencia», Dios puede también revelar las curaciones que está realizando en medio de la comunidad. Entonces, lo que el Señor está haciendo se comunica a toda la asamblea. En 1975 fui nombrado delegado de la República Dominicana para la Conferencia de los líderes de la Renovación Carismática en Roma. Cuando lo comuniqué a mis superiores, me respondieron: Deja tu lugar a otro, porque es mejor que el país esté representado por alguien nativo del país.
Me costó mucho aceptarlo, porque pensaba que perdía una ocasión maravillosa de conocer mejor la Renovación, aunque, en la fe, descubrí la voluntad de Dios a través de la decisión de mis superiores. El día en que debía ir a Roma en avión, fui a caballo a visitar una comunidad perdida en la montaña. Celebré la misa y oré por los enfermos. Mientras oraba en lenguas, me vino a la mente una palabra muy fuerte: epilepsia. Seguí orando, luego guardé silencio y, finalmente, me arriesgué con la fe preguntando: ¿Hay aquí alguien que sufra de epilepsia?
El Señor te está curando. Hubo unos momentos de silencio muy intenso que me parecieron una eternidad; luego la directora de la escuela levantó la mano y dijo: — «Padre, es mi hija, mírela.» Junto a ella había una joven de unos quince años que sudaba y temblaba. Estaba enferma desde su nacimiento. Pero el Señor la curó completamente y ya no tuvo más ataques. Era la primera vez que el Señor me daba una palabra de ciencia.
El día en que obedecí a mis superiores, el Señor me hizo un don que me ha servido mucho más en mi ministerio que todas las conferencias que hubiera podido escuchar en Roma. La palabra de ciencia es un carisma del Espíritu que sorprende mucho a quienes viven esta experiencia. Es la comunicación de una certeza interior, de una certeza que no se adquiere ni con la reflexión ni con la deducción. Es como una idea que invade nuestro espíritu con intensidad. Esta nos acapara como una palabra sin sonido, una palabra que viene del interior de nuestro ser y permanece presente en nuestra mente durante mucho tiempo.
Y de ello resulta que, con ese pensamiento en nuestra mente, estamos seguros de algo que sabemos que no viene de nosotros, sino a través de nosotros. Lo cierto es que existe. Creo que Natán tuvo una palabra de ciencia cuando descubrió el secreto del corazón de David (2 Sam 12, 1-15). Pedro también tuvo una palabra de ciencia en el caso de Ananías y de Safira (Hechos 5, 1-11). La palabra de ciencia parece del mismo orden que la profecía.
Un día predicaba un retiro en Samaná, en la República Dominicana. En medio de la exposición me vino una palabra de ciencia que daba vueltas con insistencia en mi mente. Para concentrarme en mi conferencia, me detuve y dije: Hay aquí un hombre que ha venido al retiro desafiando a su mujer. Ella lo invitó garantizándole que, si venía, cambiaría de vida. Él respondió: «Iré a tu retiro, pero no cambiaré.» Ese hombre está aquí, y el Señor le dice que respeta su libertad. Pero que recuerde lo que dijo san Agustín: «Temo a Dios que pasa y no vuelve.»
En la parte trasera de la iglesia, un hombre grande y fuerte cayó de rodillas y comenzó a llorar. Después de la misa se acercó al sacerdote y le confirmó todos los detalles de la palabra de ciencia. Se confesó, entregó su vida a Dios y añadió: «Padre, si usted me necesita para algo, estoy disponible.» Se trata, pues, de una idea clara que llega a nuestro pensamiento. A medida que la comunicamos, van apareciendo los detalles.
Esta experiencia es semejante a la de leer un mensaje escrito en los pañuelos de una caja de Kleenex: en el primer pañuelo están las palabras que debo leer; después saco ese pañuelo y leo lo que dice el segundo. No se puede leer ni comprender lo que está escrito en el tercero si no se han leído los otros 2. Del mismo modo se comunica el primer mensaje y enseguida se completa a medida que se transmite. ¿Cómo reconocer la autenticidad de una palabra de ciencia? Únicamente por los resultados.
Los testimonios son el termómetro que determina si la palabra viene del Señor o no. Ciertos ministerios no producirán fruto sino si van acompañados de testimonios: así, por ejemplo, si se anuncian curaciones por una palabra de ciencia pero estas no son confirmadas por testimonios, parecería dudoso y podría suscitar críticas más que alabanzas a Dios. En noviembre de 1982 predicaba una serie de retiros en la Polinesia francesa. Se preparó una misa por los enfermos en los terrenos del arzobispado de Tahití.
Esa noche había más de 5.000 personas en la explanada, bajo un cielo lleno de estrellas que me recordaba la promesa de Dios a Abraham. Después de la comunión hice una oración por los enfermos. Toda esa multitud oraba en lenguas. Era un momento lleno de fervor y de fe. Mientras el Espíritu cantaba en nosotros, comenzaron a venir palabras de ciencia. Estos mensajes se facilitan con la oración en lenguas, porque el canal de nuestro espíritu está vacío y, por tanto, más disponible para recibir la Palabra del Señor. Entre esas palabras hubo una que me sorprendió por su precisión.
La transmití tal como me llegó al espíritu: «Hay aquí una persona que viene a la misa por primera vez. Ha venido de muy lejos. Sufre de la columna vertebral a la altura de la cuarta vértebra. Su dolor fue causado por la caída de un coco. En este momento un gran calor te invade en la espalda. El Señor te está curando. Pronto darás el testimonio de tu total curación.» Al día siguiente teníamos otra celebración eucarística. La asamblea había aumentado todavía más.
Allí vivimos una experiencia inolvidable del poder y de la misericordia de Dios. Antes de terminar aprovechamos la ocasión para pedir testimonios de personas curadas la víspera. Oímos testimonios maravillosos. Entre otros, estaba el de una señora que nos dijo: Yo soy protestante desde mi nacimiento. Nunca había asistido a una misa católica hasta ayer.
Como sufría mucho de la columna vertebral, y al enterarme de que el Señor había curado a varios enfermos durante la Eucaristía de la víspera, me dejé convencer por una amiga y vine anoche para pedir a Dios mi curación, aunque tuviera que hacer un largo trayecto para venir aquí. Cuando el sacerdote anunció que una persona que sufría de la columna vertebral se estaba curando, sentí un calor intenso que me subía por la espalda. Cuando añadió que era a la altura de la 4.ª vértebra, comprendí que era yo.
Pero lo que más me asombró fue cuando afirmó que ese mal había sido causado por la caída de un coco. Hace un año y medio, mientras vendía cocos a los turistas, los hacía caer del cocotero con un palo. Y me cayó uno en la espalda, hiriendo mi cuarta vértebra. Como entonces estaba embarazada, no podía ser operada. El médico prefirió esperar a que naciera el niño antes de operarme. Me dijo que no sabía bien cómo operar, porque la vértebra se había como soldado.
Yo sufría mucho, sobre todo de noche, buscando una posición más cómoda en mi cama para dormirme. Anoche, cuando sentí ese calor y ese temblor, lloraba mucho. Sentí una gran presencia del Señor en mí. Al llegar a mi casa, me di cuenta de que estaba completamente curada. Ya no tengo ningún dolor en la columna vertebral y quiero dar gracias al Señor públicamente.
Yo también di gracias al Señor, porque los detalles eran todos exactos, lo que me ayudó a creer todavía más en la palabra de ciencia como palabra que nos viene del Espíritu y no como sensación física o conocimiento psicológico, porque los detalles son demasiado exactos para ser fruto de la imaginación. En este caso preciso pude verificar, por la cinta del testimonio grabado, que todos los detalles coincidían. Cuando esta señora dio su testimonio, todos alababan al Señor, y la fe en la presencia de Jesús Resucitado creció todavía más en la comunidad cristiana.
Es lo mismo que le sucedió a la Samaritana junto al pozo de Jacob, cuando Jesús le reveló mediante una palabra de ciencia: «Tuviste razón al decir que no tenías marido, porque has tenido 5, y el que tienes ahora no es tu marido. En esto dices verdad.» Después de su conversación con Jesús, la Samaritana salió corriendo de la ciudad y dijo a la gente: «Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho.
¿No será el Mesías?» (Juan 4,29). Así como a través de una palabra de ciencia se convirtió el pueblo de Samaria, así, por este carisma de la palabra de ciencia, la comunidad se edifica, la fe crece y la asamblea alaba al Señor. Un día el Cardenal Suenens me pidió que hiciera un artículo para explicar cómo nos llega al espíritu esta palabra de ciencia. Le respondí: Eminencia, no sé bien cómo explicar este carisma. Es tan difícil como si me pidiera un artículo sobre la manera en que nos llega a la mente una distracción.
Durante el verano de 1982 me pidieron hacer 9 programas de televisión sobre la Renovación Carismática para el canal CHOT de Ottawa. Estos programas de media hora fueron grabados en videocasetes para ser transmitidos al final del otoño siguiente. Durante la oración por los enfermos en el último programa tuve ciertas palabras de ciencia que anunciaban las curaciones que el Señor estaba haciendo. Dije: En este momento hay un hombre que está solo en un hospital. Está enfermo de la espalda, pero el Señor lo está curando. Siente un calor que invade su espalda. Puede levantarse y caminar.
Al volver a casa recordaba que el programa no pasaba en directo, sino que sería transmitido varios meses después. Estaba un poco perplejo y pensaba incluso: «Quizá este hombre todavía no ha entrado en el hospital, y yo ya he anunciado su curación en el Nombre del Señor.» Me reí mucho del sentido del humor de nuestro Dios. A fines de enero recibí una carta de B.G., que había tenido un problema delicado, y me escribía esto: «16 de enero de 1983: a causa de una enfermedad dejé de trabajar; tenía dos vértebras desplazadas en la espalda. Los ejercicios y la terapia no sirvieron de nada.
En diciembre fui sometido a una intervención quirúrgica que duró 4 horas y recuperé el movimiento de mi pierna derecha. El día de mi operación, el 9 de diciembre, mi corazón fue desgarrado por una prueba terrible para mí y para mi familia. El 18 de diciembre estaba en el hospital, débil física y moralmente. Mi fe parecía muerta. A las 18h35 encendí la televisión. El programa «Amor sin fronteras» estaba terminando y usted decía: «Un hombre solo en su cuarto de hospital sufre de la espalda, y en este momento Jesús comienza a curarlo. Siente una gran presencia de Dios en todo su ser.
Más tarde dará testimonio de su curación.» Así terminó el programa. No quedó tiempo suficiente para el canto final. Yo estaba todo en llanto, profundamente impresionado. ¿Cómo, me decía, podía Jesús unirse a un corazón tan herido, tan frustrado y tan cerrado? ¿Pero no es por esos corazones por los que él murió? Hoy, un mes más tarde, les cuento esto. Mi curación progresa maravillosamente. Por primera vez en mi vida conozco la paz del perdón sin condiciones. Como en Tahití, todos los detalles se verificaron.
Lo único un poco especial era que el Señor me había anunciado en junio una curación que se realizaría el 18 de diciembre siguiente, y yo había dicho «en este momento...» A través de este testimonio aprendí algo mucho más importante. El Señor no está limitado por el tiempo: él podía dar una palabra que anunciaba lo que sucedería después, diciendo «en este momento». De esto concluyo que Dios no tiene ni reloj ni calendario. Él es el eterno presente.
V
LA CURACIÓN
Existen tres tipos de enfermedades y cada una requiere una oración especial para su curación. 1) La enfermedad corporal, causada por múltiples causas, requiere una simple oración de curación física. 2) La enfermedad del corazón, causada por una herida emocional, pide una oración de sanación interior. 3) La enfermedad del espíritu, debida al pecado, Jesús la cura gracias a la fe, convirtiéndonos. Solo queremos subrayar 2 puntos esenciales: 1) La unidad del ser humano: aunque compuesto de un cuerpo, un alma y un espíritu (1 Tes 5,23), el ser humano es uno e indivisible. Solo lo hemos dividido por razones pedagógicas. 2) La interdependencia: el cuerpo, el alma y el espíritu están unidos a niveles que no se pueden precisar. Pero dependen siempre unos de otros.
A. Enfermedad del cuerpo y curación física En primer lugar, no pensábamos profundizar este tema de la curación física, pues todo el libro es un testimonio vivo de la acción «sanadora» del Señor. Además, ya se han escrito numerosos y muy buenos libros y artículos sobre este tema tan apasionante de la Renovación Carismática. Solo queremos dar testimonio de que el Evangelio es verdadero en el siglo XX, añadiendo ciertas consideraciones que nos parecen pertinentes. Toda la actividad salvífica de Dios se ha manifestado bajo dos formas: por los hechos y por las palabras.
San Lucas sintetiza maravillosamente la acción de Jesús cuando dice: En mi primer libro, oh Teófilo, te escribí todo lo que Jesús hizo y enseñó (Hechos 1,1). El Concilio Vaticano II nos muestra las dos caras de la misma moneda cuando afirma: «La revelación se realiza por actos y palabras intrínsecamente unidos entre sí. Así como los actos manifiestan y confirman la doctrina, así también las palabras, a su vez, proclaman los actos y los explican» (Dei Verbum, n.º 2). Al final concluye cómo Cristo Jesús (Acontecimiento y Palabra de Dios) es la plenitud de la revelación.
Hay quienes afirman que lo importante es la curación espiritual y no la curación física. Otros piensan que las curaciones son accidentales; que el carisma de curación no es esencial y que por encima de todo debe estar la caridad. Creo que esta distinción «esencial-accidental» no aparece en el Nuevo Testamento. Más que hacer divisiones, debemos preguntarnos: ¿Dios quiere curar a sus hijos?
En cuanto al hecho de que la Caridad sea el carisma por excelencia, estoy completamente de acuerdo, pero ¿quién puede negar que la curación sea un vehículo maravilloso por el que se revela la caridad hacia los que sufren? La caridad no es etérea ni abstracta, sino concreta, como una persona recuperada. El don de curación es fundamentalmente un don de caridad. En los evangelios aparece 40 veces el verbo «curar» y, además, en una docena de ocasiones el verbo que generalmente se traduce por «salvar» significa también «curar». Es decir, el acto de «salvar» incluye la acción de «curar».
Animo, hija, tu fe te ha salvado = curado. Y a partir de ese momento, la mujer quedó curada, salvada (Mt 9,22). Y todos los que tocaron el manto de Jesús fueron salvados, curados (Mt 14,36). No temas, ten solo Fe y tu hija será salvada = curada (Lucas 8,50). Véase a este respecto: (Mt 14,36) (Marcos 3,4; 5,23-28; 6,56; 10,52) (Juan 11,12) (Hechos 14,9). La salvación traída por Jesús alcanza al hombre entero. Jesús no ha venido a salvar solamente las almas. Todo el hombre le interesa: cuerpo y alma.
a) Jesús Sería superfluo y agotador ofrecer citas bíblicas sobre el ministerio de curación de Jesús. Todo el Evangelio no es sino una interminable cadena de actos misericordiosos de Jesús, que cura a los enfermos. Solo queremos presentar algunos textos que tienen una significación especial. En primer lugar, la presentación del ministerio de Jesús: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva; me ha enviado a proclamar la liberación de los cautivos, devolver la vista a los ciegos, liberar a los oprimidos y anunciar un año de gracia del Señor (Lucas 4, 18-19).
Así vemos que la misión de Jesús era curar tanto física como interiormente y liberar de todo lazo que esclaviza al hombre, especialmente del pecado (cf. Mt 4, 23-25). Jesús dice en otra parte que el médico no ha venido a buscar a los sanos, sino a los enfermos; no a los justos, sino a los pecadores. Su misión no se discute; el problema es que reconozcamos la necesidad de su salvación.
Por eso nos hace una recomendación que es una palabra llena de misericordia y de confianza: Vengan a mí todos los que están agotados y doblegados bajo sus cargas, porque yo los aliviaré (Mt 11,28).
Su nombre en hebreo, Y'shua, significa «Dios salva». Él es la Salvación integral de todo el hombre y de todos los hombres.
b) La Iglesia Como el Padre me envió, también yo los envío (Juan 20,21). Los 12 apóstoles continúan en el tiempo y en el espacio la obra de salvación de Jesús. Ellos son los responsables de la difusión de los frutos de la obra redentora de Cristo Jesús. Son enviados a predicar y a curar a la vez. No son solo quienes transmiten una palabra, sino también portadores de la salvación de Jesús. La Iglesia no es solo la que anuncia la Buena Nueva que nos ha salvado, sino también la que lleva esta salvación (el sacramento de salvación) (Textos: Mt 10, 5-8; Lucas 9, 1-6).
Esta misión no se reduce a los doce, sino que alcanza a los setenta y dos discípulos. Curen a los enfermos que encuentren y díganles: el Reino de Dios está cerca (Lucas 10,9). Y, al final del evangelio de Marcos, vemos que esta misión se extiende no solo a los 12, a los 72, sino también a «todos los que crean». Vayan por todo el Mundo, proclamen por todas partes la Buena Nueva.
Estos son los signos que acompañarán a los que crean: en mi Nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, tomarán serpientes en sus manos y, aunque bebieran veneno, este no les hará ningún daño. Impondrán las manos a los enfermos y estos serán curados (Marcos 16,15-18). La última frase del evangelio de Marcos no es el final del evangelio; se prolonga hasta nosotros: Salieron a predicar por todas partes, y el Señor los ayudaba y confirmaba su Palabra con los signos que la acompañaban (Marcos 16,20).
Una de las características que distingue al auténtico apóstol es la presencia de signos, prodigios y milagros (2 Cor 12,12 y Romanos 15,19).
c) Los signos Curiosamente, encontramos en el 4.º evangelio que Juan no habla de milagros o curaciones, sino de «signos». Un signo nos lleva siempre al significado. Así, como el humo nos muestra la existencia del fuego, así un milagro o una curación nos significa que Dios está allí actuando y salvando. Son signos visibles de la acción invisible de Dios. Las curaciones son faros que nos indican: 1) Que Jesús está Vivo hoy y tiene el mismo poder que en Samaria y en Galilea para curar a los enfermos.
2) Que Dios nos ama y quiere la salvación integral del hombre, de su cuerpo y de su alma. 3) Que Jesús es el Mesías. Cuando los discípulos de Juan Bautista fueron a preguntar a Jesús si él era el Mesías, él no respondió, sino que comenzó a curar a los enfermos. Con frecuencia no admitimos los milagros y las curaciones, porque implican también la aceptación de Jesús y de sus exigencias; como aceptar los signos implica reconocer su significado. Por eso se los niega.
Después de un retiro volví a mi casa y conté las maravillas del Señor. Había un sacerdote francés que me escuchaba atentamente, pero incrédulo. Le conté cómo, durante la Misa de sanación, el Señor devolvió la palabra a la esposa del animador del grupo de oración. Acababa de dar públicamente su testimonio ante la multitud, cuando desde hacía 4 años y medio ya no podía pronunciar una sola palabra. Pero el sacerdote me dijo, muy seguro de sí mismo: — «El milagro no está donde tú crees.»
...sino más bien en esto. — «¿Cómo?», pregunté, «¿qué dices?» Y él respondió: — «El milagro no está en el hecho de que ella pueda hablar, sino en que una mujer haya pasado 4 años y medio sin hablar...» Las curaciones no son demostraciones de la veracidad de una doctrina. Es Dios quien salva. Jesús no cura para probar que es Dios, sino porque es Dios. Todo signo sirve para manifestar algo. Tal es la finalidad de las curaciones que el Señor realiza.
Vienen a recordarnos, en este tiempo regido por la eficacia y el pragmatismo, que nuestro Dios está presente en medio de nosotros y es capaz de hacer maravillas. Demuestran el poder de Dios para que nos abandonemos plenamente a él, en todos los aspectos de nuestra vida humana. Que los milagros sean signos, lo muestra el siguiente testimonio: Una tarde iba a visitar a un policía, el capitán Muñoz. Agonizaba en su cama. Ya no comía desde hacía 50 días. Solo bebía alcohol cada 3 horas.
Oramos por él y el Señor lo liberó de su afición al alcohol de una manera extraordinaria. Dejó de beber enseguida y ni siquiera tuvo que pasar por el hospital para su desintoxicación. Me acordé de esta palabra de la Sabiduría: No fue hierba ni cataplasma lo que les devolvió la salud, sino tu palabra, Señor, que todo lo cura (Sabiduría 16,12). Al día siguiente sustituyó la botella de ron por la biblia y la leía llorando y decía: «¡Qué bueno es el Señor!»
Sin embargo, esto me trajo muchos problemas, porque al día siguiente había gritos y disputas fuera de la iglesia. Las mujeres cuyos esposos bebían hacían fila e intentaban sujetar a sus maridos para que oráramos por ellos. Era curioso ver a más borrachos en la iglesia que en las cantinas y en los bares. El Señor quiso liberar así a este policía para despertar la fe en su NOMBRE, pero no sucedía así en todos los casos. Los enfermos que tenían confianza en Jesús debían poner también de su parte. Así como no todos los policías son borrachos como el capitán Muñoz, tampoco todos los borrachos reciben la salud de la misma manera. Pero lo importante es que a través de un caso como ese crezca la fe en el poder salvador de Dios, que puede cambiar nuestra vida de la manera que a él le plazca.
d) Milagros y curaciones No todas las curaciones son milagros del Señor. Hay curaciones obtenidas por la oración que no deben ser consideradas como milagros. Hablamos de milagros cuando se trata de una curación que ninguna ciencia médica podría obtener y que Dios realiza. En los casos en que el Señor acelera el proceso de curación, que se hubiera podido obtener con una operación, con el reposo u otro medio, decimos simplemente «Curación».
Así, no toda curación recibida en la oración puede ser llamada «milagrosa». En Lourdes, entre las numerosas curaciones que se han obtenido en un siglo, muy pocas fueron aceptadas como «milagrosas», como lo indica la siguiente estadística: «Desde Catalina Latapie, curada en marzo de 1858, hasta Serge Perrin, curado en 1978, 64 curaciones milagrosas han sido confirmadas por la Iglesia. Sin embargo, no hay que olvidar que en 1972 ya había 5.432 casos conocidos de curaciones consignados en los archivos.» Un ejemplo de curación milagrosa sería el caso de Anita Siu de Sheffer.
Allí el Señor hizo lo que la medicina no podía hacer. En un accidente de automóvil, diez años antes, en Chile, una lesión cerebral le hizo perder por completo el gusto y el olfato. Siendo de una clase social acomodada, fue a los mejores hospitales de los Estados Unidos esperando recuperar la salud. Después de exámenes y terapias, los médicos le informaron de la imposibilidad de operar, porque las fibras de transmisión de esas funciones eran más finas que un cabello. Textualmente le habían dicho que solo un «milagro» podía hacerle recuperar esos dos sentidos.
Perdió la esperanza de poder volver a saborear los sabores y sentir los perfumes y las flores. Durante la Misa de los enfermos en Chitré, Panamá, el Señor nos dio varias palabras de ciencia sobre lo que estaba haciendo en la asamblea. Una de ellas decía: — «Hay aquí una señora que sufre de una enfermedad muy seria. Será curada durante la noche, y mañana dará testimonio de su total curación.» Al día siguiente Anita se dio cuenta de que había recuperado el olfato. Se despertó con el dulce olor de las rosas que estaban junto a su ventana y con el aroma del café en la cocina.
Se levantó de un salto y contó la maravilla a su esposo. Desayunó con lágrimas en los ojos y se dio cuenta enseguida de que podía saborear los alimentos por primera vez desde su accidente. Lo que ningún médico de este mundo podía hacer, lo había hecho el Señor Jesús, señor de lo imposible. Después, llorando de alegría, dijo a toda la asamblea: Tengo 2 hijos, pero jamás había podido sentir su olor. Ustedes, las mamás, saben lo que es sentir el olor de sus hijos.
Pues bien, esta mañana me acerqué a ellos, los abracé y comencé a sentir suavemente su olor. (1) cf. «La curación en la misión de la Iglesia», p. 132, por el Abad G. Seigneur, Éditions S.O.S., rue du Bac, París. Otro testimonio muy hermoso de curación milagrosa fue escrito por la propia persona en su carta del 25 de agosto de 1981: Sufría de artritis reumatoide. No es una enfermedad que se pueda confundir con la artritis o con los reumatismos, enfermedades propias de las personas de cierta edad, sin graves consecuencias.
La artritis reumatoide tiene causas desconocidas y no se sabe curarla. Ataca las articulaciones produciendo un gran dolor, y el organismo las rechaza. La persona tiene el cuerpo que se endurece, se deforma y termina en una silla de ruedas. Comenzó en octubre pasado con dolores en los tobillos, las rodillas y las muñecas, con una fatiga general. Pensando que no era grave, fui al médico, que me hizo hacer análisis que permitieron detectar la artritis. El laboratorio me recomendaba ir a los Estados Unidos a buscar un tratamiento.
En el centro artrítico donde era atendida quedé muy impresionada por las diferentes fases de la enfermedad. El doctor Alonso Portuondo, el especialista, confirmó el diagnóstico y me dijo que esta enfermedad era incurable. Solo se la podía estabilizar con sales de oro. El remedio tiene efectos negativos: tuve erupciones en todo el cuerpo, perdí mis cabellos y las uñas de los pies. Mi nivel de plaquetas sanguíneas y de glóbulos blancos se volvió anormal. Entonces vino al Paraguay el Padre É. Tardif. Lo escuché por primera vez en la iglesia de San Alfonso.
En el momento de la curación sentí que mi corazón iba a estallar; latía tan fuerte que oía sus palpitaciones. La segunda vez fue en la iglesia de Coronel Oviedo. De nuevo, en el momento de la oración de sanación, sentí un temblor en todo el cuerpo. El Padre dijo que en ese momento dos mujeres afectadas de artritis se estaban curando. Les dijo que se arrodillaran. En verdad, no tuve el valor de hacerlo, porque no estaba convencida de que se tratara de mí y no creía en ese tipo de curación, quizá por falta de fe. Fui a una tercera misa.
Entonces mis dolores habían desaparecido y ya no tomaba medicamentos. Mi madre se informó con la Hermana Margarita Prince cuál era el día de la partida del Padre Emilien, y pudimos encontrarlo de nuevo en el aeropuerto. Él, con el Padre André Car, hizo una oración por mi curación. Al terminar me dijo: «Ya no digas: tengo artritis, sino “la tenía”, porque estás curada.» Mis dolores desaparecieron y ya no tomaba medicamentos (aunque había llegado a la dosis de 12 ascriptinas por día y a inyecciones semanales de sal de oro). Me hice análisis y vi que estaba realmente curada.
El doctor Nicolás Breuer, hombre muy creyente y mi médico en Asunción, me dijo: «Hay que admitir que más allá de la Ciencia hay algo superior y nada le es imposible.» Los médicos me explicaron que la persona que sufre esta enfermedad no pierde nunca, ni siquiera en la hipótesis de su curación, la señal de la artritis, la marca que permanece toda la vida. Es como el enfermo que ha tenido un infarto: conserva la cicatriz en su corazón. En cambio, yo ya no tengo rastro de la señal de la artritis. La única explicación es un milagro de Dios (Marie Thérèse Galeans de Baez).
Los que piensan que las curaciones son algo superficial en el ministerio de Jesús se equivocan completamente. Los que creen que ya no se necesitan curaciones hoy, y que lo esencial es anunciar el evangelio, olvidan el método pastoral de Jesús. Nosotros planificamos y buscamos mil formas para atraer a la gente, que viene cada vez menos a la iglesia. Organizamos fiestas, conciertos, convivencias, etc., y los resultados son pobres. Jesús, en cambio, curaba a los enfermos y la gente venía en masa.
Tan numerosos que un día hicieron pasar a un paralítico por el techo de la casa de Pedro, porque no había manera de pasar entre la multitud. Lo mismo sucede cuando Jesús cura. Hoy los enfermos son multitudes que vienen, multitudes que ni siquiera caben en los estadios, y es entonces cuando les anunciamos el Reino de Dios. Las consecuencias son mucho mayores que las simples curaciones físicas. Porque los signos del poder de Dios no son solo un espectáculo; ayudan eficazmente a la renovación de la vida de fe.
Esto es lo que dice la carta del arzobispo de Tahití a mi superior provincial, de la que transcribimos íntegramente la primera parte: Papeete 30/11/80 Muy Rvdo. Padre: Ausente de la diócesis durante toda la estadía del Padre Tardif, del 21 de octubre al 14 de noviembre, he constatado apenas a mi regreso, el 26 de noviembre, el cambio debido a su paso. No vuelvo sobre la descripción que ya le ha hecho el P. Hubert, mi hermano; solo quisiera decirle: 1 - El número de los que practican el domingo ha aumentado considerablemente
2 - Se ha instaurado un cierto clima ecuménico
3 - La vida espiritual por todas partes nace o renace
4 - Las conversiones han sido importantes y las confesiones extremadamente numerosas
5 - El clero, las religiosas, los hermanos... han apreciado grandemente la predicación del P. Tardif
6 - Los matrimonios en preparación van a permitir la regularización de gran cantidad de uniones ilegítimas y seguramente un renacimiento de la vida familiar. Jamás la diócesis ha conocido un empuje de fe semejante — Hemos tenido 2 Sínodos, una Visitación Apostólica, retiros a cargo de excelentes sacerdotes en los últimos 15 años... hemos conocido grandes manifestaciones religiosas... pero ningún resultado popular y profundo comparable a este. Michel Coopenrath, Arzobispo de Papeete. Un solo ejemplo entre mil de lo que sucedió... Las curaciones tienen un objetivo muy claro del que debemos tener cuenta.
El Arzobispo de Brazzaville lo ha manifestado de una manera magnífica; basta Tahití: Durante la Misa de los enfermos, un ciego comenzó a llorar durante la elevación de la Santa Hostia, y mientras se secaba las lágrimas comenzó a ver. Al encontrarse con Jesús, luz del mundo, recobró la luz en sus ojos. Esto impresionó mucho a Gabilou, famoso cantante del Pacífico, 2.º premio de Eurovisión. Se inscribió para el segundo retiro, durante el cual se arrepintió, se confesó y comulgó.
Durante la misa de clausura dio su testimonio diciendo: «Aquí ha habido muchas curaciones, pero la más grande la he recibido yo, porque el Señor me ha curado espiritualmente. Hacía 16 años que estaba alejado de la vida cristiana y de los sacramentos, pero durante este retiro encontré a Jesús, y ya no quiero vivir ni cantar sino para él.» Repitió su testimonio en la televisión y después en el Estadio, ante 20.000 personas. Hoy evangeliza con cantos carismáticos, interpelando a los jóvenes. Jesús es también el Señor de los cantantes y de los artistas.
en una carta circular a todas las parroquias de su Arcediócesis, que transcribimos parcialmente aquí:
Brazzaville, 7 de octubre de 83. Hemos quedado muy contentos con la predicación del Padre Tardif, que ha retomado el tema del centenario de la evangelización del Congo: la renovación de la fe. Estas predicaciones fueron a menudo acompañadas de curaciones espirituales, morales y físicas. El espectáculo más asombroso en estas curaciones era ver, durante la oración, a los enfermos curarse, a los paralíticos caminar, a los mudos hablar. Era revivir los tiempos de la Iglesia primitiva con Jesús.
Pero que nadie olvide el objetivo de estos signos milagrosos de Jesús: son un testimonio para despertar la fe de los que no creen y para fortalecer la fe de los creyentes. Dichosos vuestros ojos porque ven y dichosos vuestros oídos porque oyen. Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron (Mateo 13,16-17). El Padre Tardif nos ha predicado un evangelio de verdad y no de mentira.
Haber visto estos signos y no creer, esto es lo que Jesús llama «pecar contra el Espíritu Santo», porque uno se niega a ver la verdad... lo cual es muy grave. La predicación poderosa que hemos vivido dejará una huella profunda, de la que las generaciones congoleñas hablarán por mucho tiempo, como todavía se habla de Jesucristo, de sus dichos y de sus signos. Monseñor Barthélémy Batantu, Arzobispo de Brazzaville. Creo que los textos bíblicos y hasta los testimonios de los santos en la Vida de la Iglesia son tan numerosos que no es necesario justificar o atacar las curaciones.
Pero la pregunta de fondo debería ser: «¿creo que Dios puede curarme? ¿Tengo la Fe en el poder de curación de Jesús, que puede pasar a través de mí para curar a otras personas?» A veces tememos las maravillas de Dios por la simple razón de que no las comprendemos. El obispo de Sangmelima, en Camerún, me había invitado a un retiro sacerdotal. Convocó a todos sus sacerdotes, pero uno de ellos le dijo: No quiero ir, porque allí no se va a hablar sino de milagros y más milagros. El obispo le respondió: Ve, no tengas miedo.
El tema del retiro no es la curación, sino la oración. Este sacerdote aceptó ir, más por la sugerencia del obispo que por convicción. Así comenzó el retiro. Pero al 3.er día se puso de pie ante los demás y dijo: Sufría de una artritis deformante en las manos, que me impedía hasta atarme los cordones de los zapatos. Además, tengo que decirles que no quería venir a este retiro, temiendo que allí no se hablara sino de milagros. Pero durante la misa de ayer sentí como un gran calor en las manos.
Quiero dar gloria a Dios, porque estoy perfectamente curado. Puedo mover mis manos... Entonces añadí riendo: Tú no querías oír hablar de milagros, y ahora eres tú quien no cesa de proclamar las maravillas del Señor. Todos reían y alababan a Dios, mientras él movía las manos y las mostraba. Nuestra actitud debe ser de abandono completo en las manos del Padre de amor. Él tiene un plan maravilloso sobre nosotros.
e) Oración por los enfermos El 8 de febrero de 1984 celebramos una Eucaristía por la salud física de los enfermos que leerán estas páginas. Que se unan por la fe a esta oración, depositando su vida en las manos de Jesús. Señor Jesús, creemos que tú estás Vivo y resucitado; creemos que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del altar y en cada uno de nosotros. Te alabamos y te adoramos. Te damos gracias, Señor, por venir hasta nosotros, como Pan vivo bajado del Cielo. Tú eres la plenitud de la vida. Tú eres la resurrección y la vida. Tú eres Señor, la Salud de los enfermos.
Hoy queremos presentarte a todos los enfermos que leen este libro, porque para ti no hay distancia, ni en el tiempo ni en el espacio. Tú eres el eterno presente y los conoces. Ahora, Señor, te pedimos que tengas compasión de ellos. Visítalos a través de tu Evangelio, proclamado en este libro, para que todos reconozcan que tú estás vivo en tu Iglesia hoy, y que su fe y su confianza en ti sean renovadas.
Te suplicamos, Jesús, ten compasión de los que sufren en su cuerpo; de los que sufren en su corazón y de los que sufren en su alma, porque oran y leen los testimonios de lo que tú estás haciendo por tu Espíritu renovador en todo el mundo. Ten compasión de ellos, Señor. Desde ahora mismo te lo pedimos. Bendícelos a todos y haz que muchos recobren la salud. Que su fe crezca y que se abran a las maravillas de tu amor. Para que ellos también sean testigos de tu poder y de tu compasión.
Te lo pedimos, Jesús, por el poder de tus santas llagas, por tu santa cruz y por tu sangre preciosa derramada por nosotros. Sánalos, Señor. Sánalos en su cuerpo. Sánalos en su corazón. Sánalos en su alma. Dales la vida, la vida en abundancia. Te lo pedimos por la intercesión de la Santísima Virgen María, tu Madre, la Virgen de los Dolores, la que estaba presente, de pie, junto a la Cruz, la que fue la primera en contemplar tus santas llagas y a quien tú nos diste por madre.
Nos has revelado que tomaste sobre ti todos nuestros dolores y que por tus santas llagas hemos sido curados. Hoy, Señor, te presentamos en la fe a todos los enfermos que nos han pedido una oración, y te pedimos que alivies su enfermedad y les devuelvas la Salud. Te pedimos, para la gloria del Padre del cielo, que cures a los enfermos que van a leer este libro. Haz que crezcan en la fe, en la esperanza, y que reciban la salud para la gloria de tu Nombre. Para que tu reinado continúe extendiéndose cada vez más en los corazones, a través de los signos y los prodigios de tu amor.
Te pedimos todo esto, Jesús, porque tú eres Jesús. Tú eres el Buen Pastor y nosotros somos todas pequeñas ovejas de tu rebaño. Estamos tan seguros de tu amor, que incluso antes de conocer el resultado de nuestra oración, en la fe, te decimos: Gracias, Jesús, por todo lo que harás en cada uno de ellos. Gracias por los enfermos que estás curando ahora, a los que estás visitando con tu misericordia. Gracias, Jesús, por todo lo que harás a través de este libro. Lo depositamos en tus manos desde hoy y te pedimos que lo sumerjas en tus santas llagas.
Cúbrelo con tu sangre divina, y que a través de este mensaje tu corazón de Buen Pastor hable a los corazones de tantos enfermos que van a leerlo.
¡Gloria y alabanza a ti, Señor!
Parte II
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