Oración por los enfermos

Señor Jesús, te damos gracias por todo lo que hiciste durante tu vida pública y por todo lo que hiciste hoy en tu pueblo; y, como el centurión al pie de la cruz, que gritaba: «Verdaderamente, este era el Hijo de Dios», al ver las maravillas de tu amor, queremos también nosotros gritar: «Verdaderamente este es el Hijo de Dios.» Y esta noche profesamos nuestra fe.

Creemos que Tú eres el Hijo de Dios hecho hombre, que eres el Mesías Salvador y que viniste a la tierra de los hombres para librarnos del pecado, para sanar nuestras heridas, para curar nuestras enfermedades y para darnos la vida en abundancia. Señor Jesús, esta noche mira a todos estos enfermos que están aquí. Han venido hacia ti porque confían en ti. Ten compasión de ellos, Jesús; no mires nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia.

Mira la fe de todos estos enfermos, Jesús, que han venido con grandes sacrificios; algunos han venido desde muy lejos para pedirte una bendición especial en su vida, para pedirte que les devuelvas la salud. Tú eres la plenitud de la vida, Jesús, Tú eres la salud de los enfermos, Tú eres la resurrección y la vida. Pasa por esta asamblea, Señor, y posa tu mano bendita sobre cada uno de nuestros enfermos.

Bendícelos, dales una paz profunda, líbralos de todas las angustias, de todos los temores, y comienza a sanar a muchos enfermos entre nosotros, esta noche, para que ellos también den testimonio de las maravillas de tu amor. Que proclamen tu gloria y que su sanación sea un signo más de tu presencia viva en la Iglesia de hoy. Todo esto, Jesús, te lo pedimos por la intercesión de María, nuestra madre, y te damos gracias de antemano por todo lo que vas a hacer por cada uno de nuestros enfermos.

Aquí, el padre Émilien Tardif se recoge y hace una oración en voz baja.

Luego continúa. Señor Jesús, te damos gracias por estar verdaderamente presente en tu pueblo esta noche y por liberar a personas angustiadas, a personas que sufrían mucho de insomnio, por sanar las heridas profundas de su corazón, que eran la raíz de su angustia y de su insomnio, y desde esta misma noche hay personas presentes aquí que van a recuperar un sueño profundo. Jesús, en tu bondad, sana nuestras heridas. Él es el Príncipe de la paz, viene a devolverte esa capacidad de dormir y de descansar y de vivir en paz.

Gracias, Jesús, por sanar a varias personas del insomnio. ¡Gloria a ti, Señor! Hay también una señora aquí presente que debía ser operada esta semana de un cáncer en el seno izquierdo, y ha venido a orar con fe, y el Señor comienza a sanar tu cáncer. Los nódulos que tenías van a desaparecer en unos días. Ya no habrá rastro de cáncer en ti y el médico no tendrá que hacer la operación que tanto temías. Y Jesús te va a dar una sanación profunda de tu cáncer en los próximos días.

Tú también podrás dar testimonio dentro de unas semanas de lo que Jesús ha hecho por ti en su gran misericordia. ¡Gloria a ti, Señor! Todavía esta noche Jesús quiere tocar y sanar a personas que sufrían de parálisis. Hay aquí alguien que no podía levantar su brazo derecho. Tenías una parálisis en el brazo derecho y no podías levantarlo, y Jesús está sanando tu brazo. Ese hormigueo que sientes en tu brazo, te invito a mover tu brazo para ver si eres tú. No podías levantar tu brazo y, ahora, puedes hacerlo.

No sé dónde estás, y con fe te invito a dar gracias a Dios y a dar testimonio de inmediato, porque puedes levantar tu brazo, que no subía a causa de tu dolor. ¿Dónde estás? ¿Cuál es esa persona que tenía ese dolor en el brazo derecho, que le impedía levantar el brazo? A la persona que está sanada de su brazo derecho, la invito a ponerse de pie, a identificarse. No temas, da gloria a Dios, públicamente. Estás presente en la asamblea. ¿Dónde estás? Es hermoso cuando se da gloria a Dios, de inmediato, porque es evidente. Bueno, ¿dónde estás?

Levántate, levanta tu brazo... y la persona se puso de pie y levantó su brazo. Gracias por tu testimonio. ¡Gloria a ti, Señor! Hay también alguien que caminaba penosamente con un bastón y que el Señor sana en este momento. Si quieres ponerte de pie sin la ayuda de tu bastón, vas a comenzar a caminar y el Señor va a fortalecer tus piernas. Te invita a dar un gesto de fe y a levantarte y a caminar sin la ayuda de tu bastón, sin la ayuda de nadie. Miremos rápidamente quién es esa persona. Eres capaz de levantarte y de caminar. Si quieres dar gloria a Dios, camina de inmediato.

Vamos a buscar cuáles son las personas que tienen un bastón; hay que encontrarlo rápidamente, porque el Señor quiere sanarte. No rechaces este hermoso regalo que Jesús te ofrece gratuitamente. Tienes que dar un gesto de fe, levantarte, caminar, para darte cuenta de lo que Jesús te da. La misma persona que había levantado el brazo se levantó y se puso a caminar. Se acercó lentamente al escenario entre los aplausos de la multitud. ¡Entonces es el mismo! ¡Pues sí! ¡Es muy posible! Eso sucede muy a menudo. Déjenlo pasar. Se acercó al padre Tardif acompañado por otras personas.

Sucede muy a menudo que la misma sanación continúa. ¡Gracias, Señor! ¡Gloria a ti, Señor! Gracias, Jesús. Entonces, sin la ayuda de nadie, camina. En el nombre de Jesús, camina. Y el Señor fortalece tus piernas. Fortalécelo, haz que camine, como sanaste al paralítico del Evangelio. Y el mismo individuo caminaba frente al estrado donde se encontraba el padre Tardif. Gracias, Jesús. Vas a caminar cada vez más fácilmente. Sin la ayuda de nadie, camina; en el nombre de Jesús, camina. Ahora levanta tu brazo para la gloria de Dios. Levantó su brazo, llorando de alegría.

¡Aleluya! ¡Gracias, Señor! Entonces tienes que continuar ahora haciendo ejercicio cada día. No lo olvides: el Señor te sana, pero hay un tiempo de rehabilitación y, ahora, cada día haz tu ejercicio. ¿Dónde estaba ese bastón? ¿Lo tenías aquí? Esta noche puedes guardarlo para volver a tu casa, pero mañana vas a hacer ejercicio y pasado mañana vas a caminar más tiempo cada día, para que luego puedas regalar tu bastón a alguien. Pero esta noche, por prudencia, hay hielo; guarda tu bastón. ¡Gloria a ti, Señor! ¡Gracias, Señor!

Hermanos míos, todavía esta noche el Señor bendice a su pueblo; hay muchas sanaciones interiores esta noche. Hay aquí una madre de familia que está muy angustiada, triste, porque su hijo de veinte años se quitó la vida. Esa mamá está aquí presente; no logra encontrar la paz. Está muy inquieta, y el Señor, esta noche, quiere sanar tu corazón de madre, tu corazón herido. Y el Señor pone en mi corazón la certeza de que tu hijo, en el momento de su muerte, tuvo un momento de lucidez y pidió perdón a Dios. No temas más por su salvación. Da gracias a Dios. La madre se levantó. Lloraba.

Gracias, Jesús, por sanar el corazón de esa mamá, por devolverle la paz y la alegría. Gracias, Jesús, por haberte llevado contigo, en la eternidad, a ese hijo en el momento de su muerte, y gracias por haberle dado el arrepentimiento. Esta noche hubo oraciones especiales por las personas que sufrían de la columna vertebral. Esta noche hay varias que han recibido esa sanación. Estoy seguro de que, en la asamblea, hay al menos dos hombres y algunas mujeres que podrían levantarse de inmediato y dar testimonio de la sanación de su columna vertebral, y es tan evidente.

Algunas personas se levantaron en la asamblea. ¿Cuáles son los otros que han sido sanados de su columna vertebral? Es fácil de verificar, pueden hacer un gesto. Una señora se levantó... Hay una señora por allá. Usted también. Hay uno por allá que grita de alegría. ¿Se encuentra mejor de su columna vertebral? ¿Puede inclinarse fácilmente? La señora se inclinó. Bien, eso es. ¡Gloria a ti, Señor! ¿No hay nadie aquí? Un hombre se levantó. ¿Es usted? ¿Puede inclinarse fácilmente? Se inclinó. ¿Ya no tiene dolor? Hizo señal de que no. ¡Bendito sea el Señor! Gracias por tu testimonio.

Esta tarde olvidé decirles a las personas que reciben una sanación que guarden sus medicamentos hasta el día en que sea evidente que ya no los necesitarán. A veces, por error o por ignorancia, hay gente que deja sus medicamentos en el momento de su sanación, y eso no es prudente. Guarden sus medicamentos hasta el momento en que sea muy evidente que su sanación ha terminado. Los medicamentos no impedirán que el Señor haga la sanación. ¡Gracias, Jesús! El hombre que acababa de ser sanado de su brazo y de sus dos piernas circulaba todavía frente al estrado acompañado de algunas personas.

Estaba tan feliz de poder caminar que se atrevía a sentarse. Entonces, hay que continuar su ejercicio. ¿Desde cuánto tiempo no caminaba ese señor? Dos años y medio. ¡Gracias, Señor! Él también va a hacer ejercicio y va a ir cada vez mejor.

El Señor hace su obra

El padre Émilien Tardif, testigo de la oración de sanaciones

Desde hacía tres años no caminaba. ¡Cómo es de bueno el Señor! No vayan a creer, hermanos míos, que una sanación de parálisis se hace instantáneamente. Créanlo: todas las sanaciones de parálisis que veo por el mundo suelen ser progresivas. A veces, una persona camina tres o cuatro pasos el primer día y ya no puede más. Luego, al día siguiente, camina un poco más. No vayan a creer que después de una sanación de parálisis alguien puede ir a jugar béisbol de inmediato. Eso no es así, por lo general. Es una sanación. Cuando el Señor comienza, continúa su obra. ¡Aleluya!

¡Bendito sea el Señor! Varias personas, esta noche, se sanan físicamente del corazón. Entre esas personas, hay algunas que sufrían de presión alta y que reciben esta noche una sanación completa. Será fácil de verificar para ustedes. Había personas que tenían muchas dificultades para subir escaleras a causa de su enfermedad del corazón, que se están sanando. Su corazón late fuerte. Hay quienes han sentido un calor en el corazón físicamente y no sabían por qué. El Señor hace su obra, sana a varias personas que tenían el corazón enfermo.

Qué felices estamos por ese buen papá de cincuenta y ocho años que no caminaba desde hacía tres años y que, con fe, se levantó y comenzó a caminar esta noche. ¡Bendito seas, Señor! Hermanos míos, creo que hay varias personas entre ustedes que, si el tiempo lo permitiera, podrían venir aquí y contar su testimonio, porque hay varias que se están sanando y en verdad no podemos enumerar todo lo que el Señor hace. Por lo demás, no nos revela todo. Vamos a terminar, pero Jesús no ha terminado. Él continúa.

Estoy seguro de que esta noche habrá gente que se dará cuenta de su sanación durante el regreso a casa. Al volver a su casa, van a darse cuenta de que su dolor se ha ido. Otra persona va a decir: «Yo tenía várices; mira, mis piernas están muy sanas, está sanado.» Hay quienes se van a sanar del hígado. Hay sanaciones numerosas esta noche; créanlo, son ustedes quienes lo van a proclamar al dar testimonio. Yo termino pidiéndoles que den testimonio de lo que Jesús ha hecho por ustedes. Recordemos algunos hechos que han sucedido por el mundo.

El padre Tardif cuenta un testimonio: el de una pareja de ecuatorianos, que recobraron la salud después de un accidente de tránsito que los había postrado en sillas de ruedas. Luego anunció que dos personas que sufrían de cáncer han iniciado la sanación, una sanación que se hará progresivamente. Luego, una persona que sufría de zumbidos de oídos quedó sanada. Un hombre que sufría de esclerosis en placas desde hacía una docena de años se levantó y caminó hacia el padre. ¡El Señor me dice que cuatro personas en la sala acaban de ser sanadas de dolores de la columna vertebral! ¡Levántense!

No sean ingratos. Vengan a dar testimonio de su sanación. «Soy yo, ya no tengo dolor», exclama un individuo inclinándose para tocarse los pies y probar a todos que su espalda está como nueva. Otro hombre se precipita de rodillas sobre el escenario. Una mujer, justo al lado, estalla en lágrimas y levanta los brazos gritando: «Aleluya.» Ha sido liberada de su artritis. Habrá sordos que se quitarán su audífono. Y continúa...

Extracto del librito: El gran sermón del Padre Émilien Tardif: un Santo que hace milagros, por Pierre Nadeau, Primo Éditions, 1996.