La importancia del testimonio

Queridos amigos, el tema de la reflexión de esta tarde es la importancia del testimonio, y creo que cuanto más avanzamos en este renacimiento espiritual en el Espíritu Santo, que vivimos en toda la Iglesia, más vemos la importancia del testimonio para edificar la fe, para construir la comunidad cristiana.

Y cuando vamos al Evangelio a buscar lo que Jesús decía desde el comienzo de su evangelización, vemos que desde el principio Jesús comenzó a pedir que se diera testimonio. Cuando los discípulos de Juan Bautista fueron a encontrarse con Jesús, como se lee en el evangelio según San Lucas, capítulo 7, versículo 18, dice: «Los discípulos de Juan le informaron de todo esto; llamando a sí a dos de sus discípulos, Juan los envió a decirle al Señor: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?»».

Llegados junto a él, sus hombres dijeron: «Juan el Bautista nos envía a decirte: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?»». En aquella hora Jesús sanó a muchos enfermos de dolencias, de achaques, de espíritus malos, y devolvió la vista a muchos ciegos. Luego respondió a los enviados: «Vayan y digan a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son purificados y los sordos oyen, los muertos resucitan, la Buena Noticia se anuncia a los pobres, y bienaventurados los que, después de encontrarme, no regresan desconcertados.».

Desde el comienzo de su vida pública, Jesús pedía: «Vayan y digan, cuenten lo que han visto y oído», porque el testimonio tiene una fuerza extraordinaria para dar a conocer a nuestros hermanos el amor de Dios. Cuando uno es testigo tiene una fuerza de convicción que no se puede tener solo con la argumentación ordinaria.

Cuando ustedes ven, por ejemplo, un accidente de automóvil: si hay un accidente y ustedes están presentes, y llegan los policías y se busca quién es el responsable del accidente, si estuvieron presentes, pueden decir: «Yo soy testigo, porque he visto y sé que la responsabilidad es de tal o de tal». El testigo viene a poner luz en medio de las tinieblas. Cuando no se sabe bien de dónde viene la responsabilidad del accidente, es el testigo quien viene a poner luz.

Y cuando el Señor nos dijo: «Ustedes son la luz del mundo, la sal de la tierra», nos estaba diciendo sencillamente que íbamos a ser sus testigos, los testigos que ponen luz en medio de las tinieblas, los testigos que pueden decir: «yo lo he visto, ¡y es verdad!».

Y Jesús, cuando quiso darse a conocer como Mesías Salvador, no comenzó a argumentar con argumentos de alta teología, no comenzó a discutir, sino a dar señales, para que esas señales fueran lo que viniera a probar que Él es verdaderamente el Mesías Salvador. Los apóstoles también iban y contaban lo que Jesús había hecho. Ellos eran los testigos, y Jesús nos ha pedido que seamos sus testigos en todas partes.

Pero para ser testigos auténticos, testigos audaces, Jesús nos dio una fuerza extraordinaria cuando dijo a sus discípulos, antes de subir al cielo: «No se alejen de Jerusalén, esperen; dentro de pocos días serán bautizados en el Espíritu Santo». Como leemos en los Hechos de los apóstoles, capítulo 1: «En el Espíritu Santo serán bautizados dentro de pocos días». Entonces los apóstoles, que no comprendían muy bien lo que quería decir el Señor, con su mentalidad política, comenzaban a creer que Jesús hablaba del establecimiento del Reino de Israel.

Y Jesús les dijo: «No, no se trata de eso, sino que recibirán una fuerza: la del Espíritu Santo, que descenderá sobre ustedes, y entonces serán mis testigos». El Bautismo en el Espíritu Santo, esa efusión del Espíritu que gozamos en nuestras vidas, que gozamos hoy de una manera muy privilegiada en la Iglesia universal, es la fuerza de lo alto que se nos da para ser testigos, para dar testimonio. El Señor quiere testigos en todas partes y quiere darnos la fuerza de ser testigos audaces, y entonces nos da su Espíritu Santo.

Su Espíritu Santo, que transformó a los apóstoles en Pentecostés.

Recordemos cómo San Pedro era tan temeroso que, en el momento en que Jesús había sido condenado a muerte, cuando Jesús subía al Calvario con su cruz, una humilde sirvienta del patio creyó reconocer a Pedro como uno de los compañeros de Jesús y dijo: «Tú también eres uno de ellos, uno de los discípulos, uno de los amigos de Jesús»; y Pedro se defendió diciendo: «Yo no conozco a ese hombre». Y al afirmar que no lo conocía, tenía miedo, sentía temor. Y tres veces negó a Jesús, y el gallo cantó. Y Pedro reconoció que había negado a su maestro.

Pero no había tenido la fuerza de declararse discípulo de Jesús porque todavía no había recibido esa fuerza de lo alto. Pero el día de Pentecostés, mientras los discípulos estaban reunidos en el Cenáculo en oración con María, la madre de Jesús, esperaban aquella promesa del Padre que Jesús les había anunciado diciendo: «No se alejen de Jerusalén, esperen; recibirán la fuerza de lo alto, recibirán el Espíritu Santo»; y entonces, en el Cenáculo, cuando el Espíritu Santo descendió sobre la Iglesia primitiva con ocasión de aquel Bautismo en el Espíritu Santo de toda la Iglesia primitiva, de los apóstoles y de los primeros discípulos que estaban allí reunidos, recibieron esa fuerza de lo alto, y salieron del Cenáculo y fueron a la plaza pública a proclamar a Jesús Salvador, ¡Jesús resucitado, vivo y verdadero!

Con audacia, proclamar que Jesús es el Salvador: esa fuerza del testigo, la fuerza que los impulsaría a dar testimonio hasta los confines de la tierra. Y vemos hoy, queridos hermanos, cómo el Espíritu Santo renueva en toda la Iglesia esta fuerza del testimonio. Porque el testimonio tiene una potencia de edificación extraordinaria en el Reino. Yo podría decirles que cuando se da testimonio, los corazones se abren y nuestros amigos comienzan a descubrir el amor de Dios, el poder de Jesucristo.

Cuántas veces he visto, en las predicaciones, cuando contaba cómo el Señor me había sanado un día del mes de julio de 1973 de aquella tuberculosis pulmonar que padecía en el hospital de Quebec, en Canadá, cómo el Señor me había sanado totalmente con ocasión de la oración de 5 laicos que habían ido a visitarme, que me impusieron las manos y oraron por mí. Y Jesús me sanó totalmente en el espacio de 2 o 3 días. Y al contar en detalle este testimonio, que ya conté aquí el año pasado, he visto en varios países que durante el testimonio hay personas que reciben una sanación.

El corazón se abre durante el testimonio y uno es capaz de acoger las bendiciones de Dios, las gracias de Dios.

Recuerdo, entre otras cosas, que daba un retiro carismático en México y un sábado por la mañana, mientras contaba la importancia del testimonio y narraba mi propia sanación, había allí en la asamblea, donde había más de 2 000 personas, un hombre que sufría mucho de la columna vertebral desde hacía años y que no lograba sanar. Estaba allí y dijo en su testimonio al día siguiente, el domingo, que en el momento en que yo contaba mi sanación se dijo en su corazón: «Pues si el Señor ha sanado a mi hermano, puede sanarme a mí también».

Y en su corazón nació un inmenso deseo de recibir también la salud. Y comenzó a temblar; estaba allí en la multitud, comenzó a temblar sin que siquiera tuviéramos que hacer una oración por los enfermos. Comenzó a temblar en su cuerpo, sintió una presencia del Señor muy especial, y con un gran calor, se dio cuenta de que algo estaba sucediendo. Y al día siguiente, a la hora de los testimonios, vino a dar testimonio de que estaba perfectamente sanado. Y aquel dolor de su columna vertebral había sido sanado por el poder del amor de Jesús a la hora del testimonio.

Cuando Jesús supo que los fariseos habían oído decir que hacía más discípulos y bautizaba más que Juan —aunque en verdad Jesús mismo no bautizaba, sino sus discípulos—, dejó Judea y volvió a Galilea. Pero le era necesario atravesar Samaria. Llega entonces a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca de la tierra que Jacob había dado a su hijo José. —Hace 2 semanas estaba en Israel y estuve allí en el pozo de Jacob; visitaba ese lugar, el pozo de Jacob, que está conservado y que los peregrinos van a visitar; hasta bebí agua del pozo de Jacob, y repasaba en mi corazón este acontecimiento—.

Cuando Jesús llegó... llega, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca de la tierra que Jacob había dado a su hijo José; allí se encontraba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta, y una mujer de Samaria viene a sacar agua. Jesús le dice: «Dame de beber». Sus discípulos, en efecto, se habían ido a la ciudad a comprar de comer.

Y allí, la mujer samaritana, muy asombrada de que un judío le hablara —porque había división entre los samaritanos y los judíos—, le dice: «¿Cómo tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?». Y los judíos, en efecto, no hablaban con los samaritanos. Y Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice «dame de beber», tú le habrías pedido, y te habría dado agua viva».

Y entonces ella comienza a argumentar y dice: «Señor, no tienes con qué sacar agua, y el pozo es profundo. ¿De dónde tienes, pues, el agua viva? ¿Acaso eres tú más grande que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y bebió de él, él mismo y sus hijos y sus ganados?». Y Jesús le respondió: «Todo el que beba de esta agua tendrá sed de nuevo; pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial de agua que salta hasta la vida eterna».

Y Jesús sigue dialogando con la samaritana, y entonces Jesús le dice: «Ve a buscar a tu marido», y ella dice: «No tengo esposo». Y Jesús, con una palabra de ciencia, le dice: «Tienes razón, no tienes esposo, porque has tenido 5 y el que tienes ahora no es tu esposo». Entonces ella queda muy asombrada, se siente descubierta, se siente conocida por Jesús, que era para ella un desconocido; queda muy asombrada y entonces se va rápidamente donde los samaritanos para decirles: «Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho».

Estaba tan asombrada porque había visto que Jesús era alguien especial, porque no solo le había dicho que no era su esposo, sino que le había dicho todo lo que había hecho.

Entonces regresa rápidamente entre los suyos y dice: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Cuando llegaron junto a él, los samaritanos le rogaron que se quedara con ellos. Fueron a encontrar a Jesús porque ella se atrevió a dar testimonio. Jesús, que la había orientado hacia la fuente del agua viva, Jesús, que le había dicho: «Créeme, mujer: llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora, y es ahora, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque tales son los adoradores que busca el Padre. Dios es espíritu, y los que adoran deben adorar en espíritu y en verdad».

Y los samaritanos, después de conocer la Buena Noticia de que la samaritana había encontrado al Mesías, fueron de inmediato a encontrar a Jesús. Apenas llegaron junto a él, los samaritanos le rogaron que se quedara con ellos. Se quedó allí 2 días, y fueron muchos más los que creyeron por su palabra. Al final decían: «Ya no es por lo que tú dices que creemos; nosotros mismos lo hemos oído, y sabemos que este es verdaderamente el Salvador del mundo».

La samaritana fue un auténtico testigo después de descubrir a Jesús, el Mesías Salvador, que se le reveló como el Salvador del mundo y que le dijo... Ella dijo entonces: «Yo sé que el Mesías ha de venir, el que se llama Cristo; cuando venga nos lo explicará todo», y Jesús le dijo: «Yo soy, el que te habla», y ella creyó en la palabra de Jesús y fue a dar testimonio de Jesús. Y sus amigos samaritanos fueron a encontrar a Jesús. Varios se hicieron discípulos de Jesús.

Pero lo que sucedió en Samaria sucede hoy en el mundo entero. Hay personas que encuentran a Jesús con ocasión de una señal como esa, de una sanación, de una palabra de sabiduría, de una profecía o de una palabra de ciencia, en este renacimiento carismático que vive la Iglesia de hoy. Hay muchas señales, muchas manifestaciones, para que el pueblo que camina en las tinieblas encuentre a Jesús.

Hay luces que se encienden, y cada vez que un testigo da testimonio de Jesús, de las maravillas recibidas en su vida, de su conversión, de una sanación o de una liberación, cada vez que alguien proclama a Jesús, es una luz que se enciende, y los que caminan en las tinieblas comienzan a ver la Verdad. Comienzan a descubrir que Jesús es verdaderamente el Mesías Salvador.

¿No decía Jesús a los enviados de Juan Bautista: «Vayan y digan a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen, los leprosos son sanados, los pobres son evangelizados»? Jesús lo hace todavía hoy, y por estas señales da a conocer al mundo de hoy que Él es verdaderamente el Mesías Salvador. Y cuando vemos que estas señales se manifiestan en todas partes, nosotros debemos dar testimonio de ellas, debemos proclamarlas.

Es muy importante dar a los testimonios toda su importancia, nos decía Santa Catalina de Siena: ¡no hay que callarse más, griten! ¡Con 100 000 lenguas! Veo que a fuerza de callarnos, el mundo se ha podrido, porque se tiene miedo de proclamar las maravillas de Dios. Hay quienes van a buscar su salvación en las tinieblas, en las ciencias ocultas. Hay quienes van a buscar su salvación en caminos que realmente no conducen a la vida, porque se tiene miedo de dar testimonio. A veces hay quienes se alejan cada vez más de la Verdad. Y el Señor nos da hoy una nueva efusión de su Espíritu Santo, y quiere hacer de cada uno de nosotros un testigo, y nos pide que demos testimonio como aquella samaritana que, después de encontrar a Jesús, el Mesías Salvador, fue a anunciarlo a sus amigos.

Y esto me recuerda que, hace 5 años, en una parroquia de República Dominicana, en Nagua, vivimos un fenómeno parecido a este. Una joven prostituta, que era un verdadero problema en todo aquel gran pueblo, un problema para los hogares, una joven de 21 años que había asistido a un servicio de sanación, a una oración de sanación como la que tendremos hoy. Pero como era prostituta, una pecadora pública, tenía vergüenza de colocarse en medio de la gente y se había escondido detrás de una empalizada, allí donde se celebraba ese encuentro al aire libre bajo las palmeras.

En ese país tropical hacemos a menudo nuestras reuniones al aire libre, y ella se había escondido detrás de una cerca porque tenía vergüenza de su propia vida, no quería colocarse con los cristianos. Pero tenía todavía bastante confianza en Jesús, a pesar de sus pecados, para unirse a la oración por los enfermos. Y allí vimos cómo el Señor, en su gran misericordia, la sanó a ella primero.

La primera palabra de ciencia que recibí después de hacer la oración por los enfermos en aquella asamblea, donde había unas 1000 personas, fue esta: «Hay aquí una mujer que sufre de cáncer en el vientre, y Jesús la está sanando». Y a esa mujer no la encontrábamos en la asamblea. Pero al día siguiente vino a dar testimonio.

Tenía 21 años, era una joven del pueblo; vino a dar testimonio públicamente de que tenía vergüenza de colocarse con los demás, de que se había escondido detrás de la cerca durante la oración para participar de la oración de sanación, y que a esa era a la que Jesús sanaba primero. Él es el Buen Pastor, vino a salvar lo que estaba perdido.

Imagínense al Buen Pastor yéndose detrás de aquella cerca y poniendo su mano bendita sobre aquella joven prostituta que sufría de cáncer, que ya había tenido 2 operaciones por ese cáncer en el vientre, y Jesús la sanó a ella primero. Y al día siguiente da testimonio públicamente ante toda la asamblea y se arrepiente de sus pecados. Jesús la había sanado de su cáncer físico y la sanaba también del cáncer de su alma, que era el pecado.

Y luego ella se comprometió a seguir al Señor. Fue convertida de verdad, y ¿saben lo que hizo? Hizo lo que la samaritana hizo después de encontrar a Jesús. La samaritana fue a decir a los samaritanos: «He encontrado al Mesías». Y Miriam, aquella joven prostituta, después de su sanación, al final del retiro, comenzó a ir a visitar a las prostitutas del pueblo para decirles lo que había recibido en la oración; y ella —en el pueblo de Nagua había una gran casa de prostitución donde estaban reunidas unas veinte prostitutas al servicio del pecado—, y Miriam fue, las conocía a todas, y les habló de organizar, allí mismo en aquella casa de prostitutas, en aquel lupanar, de organizar un grupo, una pequeña célula de oración.

Las prostitutas estaban asombradas. Y Miriam les dijo: «No vengo a pedirles que dejen la prostitución; vengo a hablarles de mi amigo Jesús, a quien he encontrado».

Y con un hombre catequista logró introducirse en aquel centro de prostitución. Y el lunes por la noche, cosa muy asombrosa, pero que se puede ver en América Latina: esas prostitutas, que pasaban sus semanas al servicio del pecado, el lunes por la noche aceptaban reunirse con Miriam y el catequista para escuchar la Palabra de Dios y orar juntas. Y así, durante un año, todos los lunes por la noche se reunió una pequeña célula de oración en aquel lupanar. ¿Y qué fue lo que pasó? Al cabo de un año, esas prostitutas, que habían orado durante el año y que estaban indecisas, pidieron un retiro.

Y Miriam, con el catequista y otros catequistas del pueblo, buscaron en el gran pueblo de Nagua, donde hay 24 000 personas —no es una ciudad, es un gran pueblo rural que estaba perdido en la prostitución—, invitaron a las prostitutas al retiro. Y he aquí que comenzamos un retiro carismático solo para prostitutas, y reunieron a 47. Cuarenta y siete prostitutas fueron a un retiro de 2 días completos. ¡Nunca había visto tantas de una vez!

Y era muy asombroso ver a todo aquel grupo de jóvenes, de señoras reunidas, que venían a escuchar la Palabra de Dios y venían por 2 días. Y comprendí lo que dice Jesús en el Evangelio: «Las prostitutas los precederán en el Reino de los Cielos», porque a menudo hemos condenado a estas personas, a estas mujeres que, en su gran mayoría, son mujeres que tienen grandes problemas económicos y buscan de mil maneras el modo de vivir en nuestros ambientes.

De todos modos, eran 47 en el retiro y comenzamos el retiro hablándoles de Jesús, el Buen Pastor, que no ha venido a condenar al mundo sino a salvarlo. Les presentamos al Padre del hijo pródigo, les hablamos del amor de Jesús, que no condena sino que perdona. Y vimos durante ese retiro lágrimas abundantes; muchas de esas prostitutas recibieron una profunda liberación de esa influencia impura.

¿Y saben que al final del retiro, de las 47 prostitutas que habían seguido ese retiro y esas oraciones, hubo 26 que aceptaron a Jesús, que se arrepintieron, que pidieron que se orara por ellas para recibir las efusiones del Espíritu Santo y ser testigos auténticos de Jesucristo? Y ya desde 1976, ya hace 5 años, y actualmente, de las 26, todavía hay 21 que se mantienen firmes.

21 de 47, porque Miriam se atrevió a dar testimonio entre sus antiguas compañeras de prostitución. 21 de 47 se mantuvieron firmes y continúan viviendo en el amor, en el conocimiento de Dios, continúan viviendo en la paz y en la alegría del Señor.

¡Qué importante es dar testimonio, gritar nuestra alegría cuando hemos encontrado al Señor, decirlo en todas partes! Quizá algunos entre nosotros dirían: «Pero, Dios mío, no tiene sentido ir a dar testimonio a un lupanar, ¡no tiene sentido ir a hablarles del Señor!». Pero son ellas las que más necesitan de Jesús; a ellas primero, y a ellos, los que a nuestros ojos son los perdidos, son ellos los que más necesitan el testimonio del amor de Dios. A veces se les llama los perdidos, pero los perdidos no existen.

Lo repito: los perdidos no existen, porque Jesús ha venido a salvar lo que estaba perdido, ha venido a rescatarnos. Y el Señor nos pide ir a todas partes a dar testimonio de su amor, de su misericordia, de su bondad. Quiere que el mundo descubra que Él es verdaderamente el Mesías Salvador. Y para que no dudemos de su amor, Jesús continúa hoy dando señales de su poder y de su bondad. Y las señales que daba a los discípulos de San Juan Bautista las da hoy también, y descubrimos que Jesús está vivo, que está vivo en su Iglesia.

En los pocos años de ministerio, en el ministerio de sanación, he tenido la alegría de ver realizarse esas señales que Jesús prometió, esas señales que daba a los enviados de Juan Bautista: los cojos andan... Cuántas veces, en nuestras grandes reuniones de oración por los enfermos, hemos visto a cojos que comenzaban a caminar. Pero en todos esos años, el día en que tuve esa impresión más fuerte de la presencia de Dios fue en el estadio Olímpico de Montreal, hace 3 años, cuando teníamos una gran reunión carismática el día de Pentecostés.

Había allí, reunidas en el estadio Olímpico de Montreal, en Canadá, 55 000 personas del renacimiento carismático de Canadá. Era el gran día de alabanza, el día de Pentecostés. Y como no había en Montreal una sala capaz de recibirnos, habíamos tenido la audacia de alquilar el estadio Olímpico de los Juegos Olímpicos, donde había 84 000 asientos. Algunos, que eran tímidos, habían dicho antes de la preparación de la fiesta: «Esto va a parecer ridículo: un pequeño grupo de carismáticos en ese gran estadio olímpico.

Hay 84 000 asientos, no tiene sentido, no pega.» Y otros, que tenían gran confianza en Jesús, como los que organizaron el encuentro aquí y que tuvieron la audacia de alquilar esta hermosa sala, otros dijeron: «Vamos a preparar el encuentro y Jesús nos enviará a sus amigos, y proclamaremos su Palabra a los que nos envíe.».

Entonces había 55 000 personas, y por la tarde tuvimos la oportunidad de contar con la televisión de Radio-Canadá, que había aceptado transmitir por la televisión nacional todo ese programa de la tarde, de la 1:00 p. m. a las 4:00. Y entonces el Señor, en su gran misericordia, quiso dar una señal muy fuerte a todo Canadá por medio de esa reunión. Y tuvimos cantos, conferencias, oración; por la tarde había entusiasmo, y todo pasaba por la televisión en los hogares. Los que se habían quedado en sus casas y que decían que los carismáticos eran unos locos, quedaban asombrados al ver que en Canadá había tantos locos; éramos 55 000. Había algunos realmente inquietos, pero seguían eso en su salón, y era la clausura del día de Pentecostés.

Y después de la comunión hicimos una oración por los enfermos, después de la comunión, y allí, después de la oración por los enfermos, el Señor comenzó a darnos algunas palabras de ciencia para anunciar a la asamblea lo que Él hacía, lo que Jesús hacía en la asamblea. Y he aquí que de pronto se levanta en la asamblea una señora que hacía 14 años que no caminaba. Comenzó a temblar de todo el cuerpo, se levantó y comenzó a caminar muy penosamente.

Y yo, al ver a esa señora que comenzaba a caminar, grité al micrófono: «¡Los cojos andan, gloria al Señor!». Y al decirlo, otra se levantó, y la gente en la asamblea estaba toda asombrada, y era el estadio Olímpico el que se estaba poniendo de pie; la gente se levantaba, y yo gritaba: «¡Gracias Señor, otro cojo que comienza a caminar.

¡Continúa, Señor, tenemos tiempo, tenemos tiempo Señor, continúa, otro más!». Y de verdad la gente se levantaba y decía: «Mira allá, la persona que camina», y de pronto un tercero comienza a caminar, ¿y saben lo que pasó? La gente estaba toda nerviosa. Había quienes lloraban, que sentían esa presencia de Dios de una manera muy fuerte, y el Señor hizo levantar a 12 cojos. Al final de la reunión había 12 sillas de ruedas vacías; 12 cojos caminaban, eran testigos de la presencia de Dios, eran testigos de Jesucristo.

Y fue un asombro tan grande que a la mañana siguiente, en el periódico de Montreal, La Presse de Montreal, había un artículo con un gran titular que decía: «Estupor en el estadio Olímpico: los cojos andan». ¡Era verdaderamente el estupor! Jesús venía a decirnos que está vivo, y las señales que daba a los enviados de Juan Bautista nos las daba allí: los cojos andan... Hemos visto, hermanos, cómo en todo el mundo, en este renacimiento en la fe, Jesús quiere suscitar testigos. Testigos que son como luces que van a contar lo que han visto y oído.

Jesús dice a los discípulos de Juan: «Vayan y cuenten lo que han visto y oído». Les diré que había gente que lloraba en la asamblea, y el alcalde de Montreal, el señor Jean Drapeau, que estaba allí en las primeras filas, lloraba como un niño, sollozaba. Cuando Dios manifiesta su amor y su presencia, uno se siente muy pequeño. Ya no hay hombres grandes cuando el poder de Dios se manifiesta; cuando el amor de Dios estalla, uno descubre que somos pequeños niños, y él lloraba a sollozos también.

Entonces les cuento esto para decirles que también hoy el Señor suscita testigos, y después esas personas, cuando proclaman lo que Jesús hizo por ellas en su gran misericordia, son testigos que están edificando la fe. El hombre de quien habían salido los demonios le rogaba que lo dejara quedar con Él, pero Jesús lo despidió diciendo: «Vuelve a tu casa y cuenta todo lo que Dios ha hecho por ti en su gran misericordia». Y él se fue, proclamando por toda la ciudad todo lo que Jesús había hecho por él. Y todo el mundo quedaba admirado.

Jesús quería que ese hombre, aquel endemoniado de Gerasa, que había sido liberado de un espíritu impuro, fuera su testigo, y le dijo: «Vuelve a tu casa y cuenta entre los tuyos todo lo que Dios ha hecho por ti en su gran misericordia». Es lo que nos pide a todos cuando nos bendice de una manera especial.

Nos pide volver entre los nuestros, volver a nuestra familia, volver a nuestra comunidad cristiana y tener la audacia de proclamar las maravillas del Señor; y cada vez que damos testimonio, cada vez que damos un testimonio, evangelizamos, anunciamos la Buena Noticia de Jesús, el Mesías Salvador.

Hermanos, cuando los enviados de Juan Bautista fueron a ver a Jesús, Jesús les dijo también otra señal para identificar al Mesías Salvador: los cojos andan, los ciegos ven, los sordos oyen, los leprosos son sanados... Y todas esas señales las vemos hoy, y podemos dar testimonio de todas estas cosas. En diciembre pasado, lo conté la otra noche: en diciembre pasado tuvimos la alegría de ver en África, en Camerún, en la diócesis de Sangmélima, después de predicar un retiro en la catedral al grupo de oración de Sangmélima, había más de 300 leprosos.

Y al ver que después de predicar sobre el poder de la oración para obtener nuestra sanación, hicimos una oración comunitaria por todos aquellos leprosos que estaban allí, lastimosos, y el Señor sanó a 10 leprosos; 10 leprosos fueron sanados durante la oración, y en los días siguientes recibieron una sanación total y su piel se renovó y daban testimonio. Daban testimonio de su sanación y era una gran alegría. Y a mí, lo que me impresionó no fue solo la sanación de los leprosos, sino el hecho de que Jesús sanara a 10, como en el Evangelio.

Él viene a decirnos con esto que está vivo hoy y que siempre es el mismo. Tiene el mismo poder, la misma bondad y el mismo amor, la misma compasión por los que sufren.

Y nos dice: «Te digo que si crees verás la gloria de Dios». Qué maravilloso es ser creyente, creer en Jesús Salvador y poder volver entre nuestros hermanos y proclamar todas estas maravillas, como lo hizo la samaritana, que volvió, que fue entre los samaritanos a decirles: «He encontrado al Mesías, me ha dicho todo lo que he hecho», y fue la conversión de varios samaritanos.

Como lo hizo Miriam, que después de la sanación de su cáncer fue donde las prostitutas a decirles: «No vengo a pedirles que salgan de este lupanar; vengo a presentarles a mi amigo Jesús, vengo a hablarles de mi amigo Jesús». Allí varios se convirtieron por el testimonio de Miriam.

Qué maravilloso ver cómo varios aquí presentes se han convertido al amor de Jesús, se han dejado amar por Jesús, porque uno de sus amigos, de sus hermanos, tuvo la audacia de proclamar delante de él las maravillas del Señor, de hablarle de la misericordia de Dios, de la paz y de la alegría que había recibido al aceptar a Jesús en su corazón y en su vida.

Oh Señor, cómo te damos gracias por continuar hoy proclamando, manifestando tus maravillas. A veces hay gente que nos dice: «Pero, padre, en el Evangelio, el Señor, cuando sanaba a un enfermo, le decía: «no se lo digas a nadie». Entonces hacen referencia al Evangelio según San Mateo; hay algunos textos del Evangelio que dan esa impresión de que el Señor no quiere que se diga.

En San Mateo, capítulo 9, versículos 27 a 31, leemos la sanación de 2 ciegos: «Cuando Jesús se iba de allí, 2 ciegos lo seguían, que gritaban diciendo: «Ten piedad de nosotros, Hijo de David». Al llegar a la casa, los ciegos se acercaron a él, y Jesús les dijo: «¿Creen que puedo hacer esto?». «Sí, Señor, le dicen». Entonces les tocó los ojos diciendo: «Hágase en ustedes según su fe». Y sus ojos se abrieron. Jesús entonces los reprendió: «Tengan cuidado», dijo, «que nadie lo sepa».

Pero ellos, al salir, divulgaron su fama por toda aquella comarca.»

Jesús a veces decía a los enfermos que sanaban: no se lo digas a nadie. Decía que no se lo dijeran a nadie, pero no es porque no quiera que se proclame. Eso se llama el secreto mesiánico. Jesús, al comienzo de su vida pública, sanaba a enfermos, pero no quería que todo se publicara de inmediato. Quería formar a sus apóstoles, quería dar a sus apóstoles que lo seguían, a sus discípulos, señales de que Él es el Mesías Salvador.

Pero decía «no se lo digas a nadie» porque quería tomarse el tiempo durante su vida pública para formar a sus apóstoles, para proclamarles la Palabra. Pero eso ya no es así hoy. Después de su muerte, Jesús ya no dice «no se lo digas a nadie»; después de su muerte, el día de la Ascensión, Jesús dijo: «Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Noticia a todas las naciones». Ahora ya no es «no se lo digan a nadie»; nos dice: «Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Noticia a todas las naciones. Bautícenlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

El que crea, será bautizado y será salvo, y el que no crea será condenado».

En los Hechos de los apóstoles, capítulo 5, ¡cómo los primeros apóstoles eran testigos maravillosos! Vemos, por ejemplo, la comparecencia de Pedro ante el Sanedrín, y allí las autoridades querían impedirle proclamar a Jesús. Y Pedro respondió entonces, con los apóstoles: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres ha resucitado a ese Jesús a quien ustedes mataron suspendiéndolo en el madero. A Él lo exaltó Dios con su diestra, haciéndolo Jefe y Salvador, para conceder por Él a Israel el arrepentimiento y el perdón de los pecados. Nosotros somos testigos de estas cosas, nosotros y el Espíritu Santo que Dios ha dado a los que le obedecen». ¡Pedro daba testimonio con audacia!

Y nosotros, hermanos, seremos en la Iglesia de hoy apóstoles verdaderos si tenemos el valor de dar testimonio. Y si el testimonio de nuestra conducta, el testimonio de nuestra vida habla todavía más fuerte que el testimonio de nuestra palabra, veremos resultados maravillosos. Veremos conversiones cada vez más numerosas, y vemos conversiones, personas que encuentran a Jesús. Ustedes han visto en sus células de oración, en sus comunidades cristianas a personas que aceptan a Jesús en su corazón y en su vida, porque alguien se atrevió a dar testimonio de Jesucristo delante de él.

¡No seamos mudos! ¡Seamos verdaderos testigos! ¡Testigos audaces, que sean capaces de llegar hasta la sangre, de dar su vida por Jesucristo! Y es de esa manera como el Señor quiere edificar su Reino.

Enseñanza dada en Ginebra, en Suiza, en 1981