Visión del Corazón divino

A la luz de las promesas bíblicas

Sánchez, agosto de 2001.

por Marc Plante, MSC

marc_plante@hotmail.com

Centro vocacional construido en tiempos del padre Émilien Tardif, superior

Ante todo, quiero dar la bienvenida a todos los amigos y amigas que se interesan por la espiritualidad cristiana. Estas páginas, escritas con la mirada puesta en Cristo, pretenden conducir sencillamente por el camino de la libertad y de la felicidad hasta el Corazón de Dios. La Biblia presenta, con este fin, un Dios que promete caminar con su pueblo todos los días de su vida. Estas promesas, que descubriremos una tras otra estudiando la Biblia, nos servirán de balizas a lo largo del caminar espiritual que desemboca en la plenitud de la vida.

Las promesas divinas han sostenido la fe del pueblo de Dios a lo largo de toda la historia bíblica. Basta leer la historia de los Patriarcas y de los Profetas para convencernos de ello. Después de ellos, los santos y los creyentes de la era cristiana han extraído de ahí su coraje y su inspiración. En el siglo XVII, santa Margarita María ve al Sagrado Corazón revelarle un camino de fe tomado de la Biblia y según la mentalidad de su tiempo. Estas doce promesas, proyectadas en el trasfondo del texto y reinterpretadas en un lenguaje nuevo, nos guiarán por la vía de la vida espiritual.

Recordemos que la espiritualidad se adapta, según las épocas, a la mentalidad del tiempo y de las culturas. En esta época de globalización, los desafíos y la fe son muy diferentes de los del siglo XVII, cuando Margarita María recibía las promesas del Sagrado Corazón. La adaptación de estas doce promesas a los tiempos presentes exige una nueva lectura con el fin de revelar el Corazón de Dios a la humanidad del tercer milenio.

Es importante también tener presentes las recomendaciones del Vaticano II sobre un retorno más marcado a la Sagrada Escritura y una implicación social de la fe en la construcción del mundo moderno. He aquí por qué, conservando lo esencial de las antiguas promesas, la nueva versión las presenta en un lenguaje más bíblico y social. Si bien a veces se encuentran en el texto palabras científicas como «el estructuralismo», evocada en el próximo párrafo, en conjunto, estas palabras aparecen pocas veces y las ideas expresadas son siempre bastante simples.

Podrán ustedes saltarse siempre las próximas siete líneas si el método estructural no les dice gran cosa. En sí, sirve como simple instrumento para organizar la vida cristiana sobre un itinerario espiritual. El estructuralismo favorece el estudio de la lingüística e incluso de la exégesis, pero creo que la espiritualidad es la disciplina que puede aprovecharlo más, pues este método permite situarnos en el recorrido de la vida espiritual.

Ciertos elementos se retienen como fundamentos de la espiritualidad; luego vienen los rudimentos que componen el caminar del creyente hacia la libertad y la felicidad; y al final del camino aparece el objetivo o la coronación del itinerario espiritual, que es la plenitud de la felicidad o la gloria de Dios. La interdependencia de los elementos de la espiritualidad nos sorprenderá a menudo en el conjunto de todo el proceso.

Monseñor Cuskelly define la espiritualidad como «una visión de fe cristiana que desemboca en una respuesta». El creyente estructura su caminar a partir de esta visión, que suscita en él un compromiso hacia Dios y hacia el mundo. En el presente ensayo, la visión que nos guía es la del Corazón de Dios, tal como transparece en las promesas bíblicas. Monseñor Cuskelly prosigue su definición diciendo: «Por espiritualidad entiendo la suma total de los comportamientos y de las acciones de una persona que cree en la Trinidad, como fuente de nuestro ser. Ella nos ha creado para la felicidad eterna y nos llama, en esta vida, a creer en Jesucristo, a seguir sus enseñanzas, a apreciar sus dones, a amar al prójimo y a trabajar por el reino».

Las doce promesas del Sagrado Corazón, que hemos elegido como marco de este estudio, trazan un itinerario de espiritualidad que nos permite ubicar en orden las etapas de nuestra vida espiritual. Nuestro desafío personal consiste en asimilarlas y vivirlas en la vida corriente. En cada una de las promesas, la mención de las «personas consagradas a su Corazón» se interpreta y se recibe como «personas consagradas al amor divino». Esta consagración se enraíza en la unción del Espíritu Santo en el bautismo y se realiza según la respuesta del bautizado al amor de Dios.

El doble movimiento (de la acogida del amor divino en nosotros y de la respuesta amorosa del corazón humano hacia Dios y el mundo) constituye la dinámica de la consagración. En su formulación antigua, la primera promesa asegura «a las personas consagradas al Corazón de Cristo las gracias necesarias a su estado de vida»; la traducción nueva hace decir a Cristo: «Descubriré en las personas consagradas a mi Corazón el amor divino en obra en su vida cotidiana». El amor de Dios se revela como el don primordial hecho al género humano desde el origen.

La segunda promesa conserva la versión original: «Daré la paz a las familias y a las comunidades consagradas a mi Corazón». La paz prometida se refiere a la persona de Cristo, el Hijo encarnado en la raza humana, nuestra paz definitiva. Viene luego la tercera promesa, la de «la consolación a los afligidos». La nueva versión identifica la consolación con el Consolador, el Espíritu Santo, cinco veces prometido por Cristo en el evangelio de san Juan (14,16; 14,26; 15,26; 16,7; 16,12-15). «Si me voy, os enviaré el Consolador.» Jn 16,7.

La cuarta promesa, que trata del «refugio durante la vida y en el momento de la muerte», coincide con la de la salvación en las pruebas de la vida, una salvación ratificada por la muerte y la resurrección de Jesucristo. «La bendición abundante sobre las empresas» de la quinta promesa se convierte en «la bendición para una vida libre y feliz», que desciende del proyecto de Dios sobre su creación. Él desea a todas sus criaturas la libertad y la felicidad a lo largo de la gran empresa de la vida humana.

La sexta promesa conserva el mismo vocabulario de la «misericordia del Corazón de Dios», descrita como un océano inmenso o una fuente inagotable de misericordia.

La expresión de la séptima promesa, «las personas tibias se volverán fervientes», toma un sentido más social y más radical. En estos tiempos posconciliares, se considera tibio en la fe a la persona indiferente ante los problemas humanitarios. Por el contrario, la persona ferviente es aquella que se compromete por la justicia.

La octava promesa asegura la perfección o la santidad a las almas fervientes. El precioso don de la vida divina, que engendra la santidad, se convierte en la riqueza de las personas comprometidas con el advenimiento del reino de Dios. La santidad se adquiere, en efecto, en la oración y en la entrega al reino divino.

Los hogares unidos en matrimonio y las comunidades eclesiales de base reciben, en la novena promesa, la bendición de la alianza divina consentida a Moisés en el Sinaí y, luego, a Jesucristo, en la Pascua. El matrimonio cristiano se refiere especialmente a esa alianza, pues es su signo y su realidad. La décima promesa valora el sacerdocio laical y ministerial del Pueblo de Dios. Por su servicio, como sacerdote, profeta y rey, el creyente recibe la gracia de tocar los corazones más endurecidos y, sobre todo, de luchar contra las estructuras sociales injustas.

En la dinámica de la undécima promesa, la persona consagrada al amor de Dios inscribe su nombre en el Corazón de Cristo: en efecto, la gloria divina acompaña sus esfuerzos en la evolución espiritual que sustenta la plenitud de la alegría. Por fin, la duodécima promesa es la de la perseverancia final acordada a quienes comulgan con el pan de vida, pues Cristo establece en ellos su morada permanente. Después de haber estudiado este caminar espiritual, me atrevo a decir que las promesas del Sagrado Corazón forman una síntesis maravillosa o un condensado de espiritualidad capaz de estructurar la vida espiritual de los creyentes.

El abad Yves Rancourt en compañía de Marc Plante, cofrade del padre Émilien Tardif

PRIMERA PROMESA DEL SAGRADO CORAZÓN

Descubriré en las personas que me estén consagradas

el amor divino actuando en su vida. La primera promesa del Sagrado Corazón supera y sostiene todas las demás, en el sentido de que revela un Dios que nos ama con todo su corazón, con todas sus fuerzas y con todo su espíritu. «Dios es amor» repite san Juan en su primera carta. El maestro espiritual, François Varillon, escribe: «Una cumbre de la revelación divina es la revelación de su amor. Dios es amor debe comprenderse: Dios es puro amor y amor solamente. Todos sabemos, desde siempre, que Dios es amor. Pero no es tan seguro que estemos convencidos de que no sea otra cosa que amor». Monseñor Cuskelly nos dice: «De todo lo que forma parte de nuestra fe, nada encuentra su explicación fuera del amor de Dios».

El amor divino es tal que constituye la esencia de la santísima Trinidad. Las tres personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, manifiestan tres aspectos del mismo amor. Podemos intuir el misterio trinitario tomando una comparación de la naturaleza: el agua se encuentra en tres estados distintos entre sí, según sea líquida, hielo o vapor. Pero el agua conserva su misma composición en los tres estados; sigue siendo siempre H²O. Del mismo modo, el amor divino se revela en tres personas y permanece siempre el mismo amor.

La Trinidad puede pintarse como un gran Corazón donde las tres personas viven el amor en plenitud, cada una según su propia relación trinitaria siempre abierta a la creación. El amor que transparece en el Corazón del Padre revela su inmensa misericordia, que solo tiene igual en la bondad del padre de la parábola que espera con impaciencia el retorno de un hijo que ha abusado de su confianza. Lc 15,11-32. Un padre que deja completa libertad a sus hijos, con todo el riesgo que eso implica. Quiere hijos que puedan considerar la vida con toda libertad e iniciativa.

Al menor le concede su parte de herencia sin otra condición que su petición, por demás inconveniente. Sospechando la desgracia fácilmente previsible, su corazón paterno sufre por la partida de ese hijo. Espera su retorno y, todas las noches, sale al camino para acechar si lo ve venir a lo lejos. Cuando por fin lo divisa, corre a su encuentro para abrazarlo y reconciliarlo con la familia. Dios Padre vive un amor dado como el de una madre que se consagra a sus hijos, toda atenta a la felicidad de los suyos.

En el corazón de este Padre-Madre brilla un amor siempre ofrecido y un gran respeto por la libertad de sus criaturas. Como si poco le importara al Padre que estas sean justas o injustas, Jesús declara: «Vuestro Padre, que está en los cielos, hace salir su sol sobre los malos y sobre los buenos, y hace caer la lluvia sobre los justos y sobre los injustos» Mt 5,45. El Hijo comparte el mismo amor divino desde toda la eternidad, pero, cumplidos ya los tiempos, se encarna en un corazón humano. Lo invocamos como tal: «¡Sea amado en todas partes el Sagrado Corazón de Jesús!». Es él la bendición del Corazón de Dios a la humanidad.

La primera revelación del Corazón de Cristo en el evangelio se sitúa en el bautismo en el Jordán, cuando la voz del cielo proclama: «Este es mi Hijo amado, en quien contemplo todo mi amor» Mc 1,11. La última palabra de esta frase, a menudo traducida por «mi amado» u «que tiene todo mi favor», se escribe en el texto griego «o agaphtoV», que significa «el portador o el poseedor del amor». Es el Corazón de Dios en un corazón humano.

Juan afirma en el prólogo del evangelio: «La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros; contemplamos su gloria, la gloria que recibe de su Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.» Jn 1,14. Para Juan, la gloria del Hijo es el amor y la verdad de su Padre que transparecen en su corazón humano. Las manifestaciones de grandeza y de humildad del Corazón de Jesús en el evangelio son los reflejos del amor divino. «Entonces Jesús oró: Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado este misterio a los sabios y a los inteligentes y haberlo revelado a los humildes.

Sí, Padre, porque ese ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien él lo revela. Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón.» Mt 11,25-27.29b. Del Corazón del Padre y del Hijo procede el Espíritu Santo, que es como el hálito o el soplo del Corazón de Dios. El soplo divino, «ruah» en hebreo, actúa a favor de la humanidad en el corazón de los creyentes. El salmista describe la acción del Espíritu como dador de vida: «Si retiras tu soplo, ellos expiran y vuelven al polvo.

Envías tu soplo, los creas y renuevas la faz de la tierra.» Sal 104,29-30. «La sabiduría es un soplo del poder de Dios, una emanación pura de la gloria del Todopoderoso; he aquí por qué nada adulterado entra en ella. Es una irradiación de la luz eterna, un espejo sin mancha de la actividad divina, una imagen de su bondad.» Sb 7,25-26. La sabiduría y el Espíritu se reúnen en este poema del Pseudo-Salomón, pues el Espíritu inspira la sabiduría. Jesús crucificado posee ese soplo del Espíritu y, antes de morir, lo comunica a los suyos: «Entregó el Espíritu.» Jn 19,30.

El día de Pascua aparece a los discípulos y confirma el mismo don: «Sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo.» Jn 20,22. Si el Hijo se revela como la Palabra de Dios, podemos decir que el Espíritu se presenta como la Acción de Dios o la Acción de amor que procede del Padre y del Hijo. Esta acción del Espíritu anima y sostiene la presencia del Corazón de Dios en los fieles. El ángel Gabriel responde a María: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra.» Lc 1,35.

Del mismo modo, todo creyente que acepta el Espíritu en su vida recibe la fuerza del Altísimo para realizar su vocación y su misión en la tierra.

Hemos contemplado las tres personas divinas formando un solo Corazón, inmenso como el mar y lleno de vida. Un Corazón que se manifiesta triplemente: sea como fuente de amor que brota del corazón del Padre; sea como revelación e encarnación del mismo amor en el Hijo; sea como soplo o fuerza de la bondad divina en el Espíritu.

Nuestra Señora del Sagrado Corazón, otra amiga del padre Émilien Tardif

Este Corazón trinitario no puede permanecer encerrado en límite alguno, porque el amor es expansivo. Desborda y se da al universo que crea, hasta el fin del mundo, conjuntamente con la humanidad asociada a su obra. La formación del universo y sus miles de millones de galaxias comenzó hace más de catorce mil millones de años. En esta creación preparada con tantos cuidados, la Trinidad modela con amor al hombre y a la mujer a su imagen. A imagen de su Corazón. «Dios dijo: Hagamos ahora al hombre y a la mujer a nuestra imagen.» Gn 1,26.

Este plural «nuestro», en lugar de «mi imagen», sorprende a los exegetas. ¿Sería una revelación lejana de un Dios en tres personas en el ambiente monoteísta del Antiguo Testamento? En efecto, es la Trinidad la que, al comienzo, crea al hombre y a la mujer a su semejanza. El Creador hizo todo por su Palabra y no hizo nada sin ella, cf. Jn 1,2, mientras el Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas iniciales. Cf. Gn 1,2. Si Dios es Amor o Corazón en tres personas y si nos modela a su imagen, somos, en cierto modo, embriones de ese Corazón. En nosotros, como en su Hijo, el Padre reconoce su amor derramado.

El corazón humano encuentra la raíz de su ser en el corazón trinitario de Dios y, por eso, se expresa naturalmente en el acto de amar. Tal es la respuesta auténtica al amor divino que nos da el ser y la vida. La familia, en este sentido, refleja maravillosamente el amor divino. El padre y la madre, en su amor mutuo, se respetan, se valoran y se hacen felices el uno al otro. Su amor engendra una descendencia que consideran parte de su ser y a la que educan en la libertad de la vida. En todo el mundo, la familia constituye una expresión del amor divino.

He podido comprobarlo durante mi misión africana, en Tambaga, Burkina Faso, donde el cristianismo es poco conocido. En el ambiente de la religión tradicional, la familia revela el amor divino. Recuerdo una conversación con un joven protestante del pueblo de Tambaga. Solía venir a conversar de la Biblia conmigo; ¡quizá quería mi conversión! Una noche, hablando de la fe que salva, me decía: «Vosotros, los católicos, no podéis salvaros con vuestro culto a las imágenes y a la Virgen.

No es rezando a la Virgen ni adorando las imágenes como se salva uno.» Le repliqué: «Entonces, los que no son protestantes se condenan.» Me respondió: «Claro, solo Jesús puede salvar.» — «Dime, Raymond, ¿tampoco se salvan los de la religión tradicional? Tu madre, que ofrece los sacrificios de gallinas a los fetiches, no podrá salvarse.» — «No puede salvarse; por eso quiero que se convierta.» Entonces le hice notar: «Piensa bien en lo que voy a decirte.

Tu madre, que te ha dado tu cuerpo y que se desvive para que puedas estudiar, tendrá un lugar mejor que el tuyo, en la casa de Dios.» El joven bajó la cabeza y me dijo: «Creo que tenéis razón, ella tendrá un lugar mejor. ¿Por qué no se enseña eso en los estudios bíblicos?» — «Posiblemente porque no se estudian a fondo.» La familia se vuelve educadora en el amor, en virtud del afecto con que los miembros se colman unos a otros. En realidad, la persona que ama a los suyos y se consagra por ellos se vuelve la preferida en la casa de Dios.

Ahí se encuentra lo esencial de la fe: Amar. Del mismo modo, la comunidad humana difunde el amor cuando los hermanos y las hermanas se aman unos a otros simplemente por pertenecer a la misma fuente divina. Somos llamados a volvernos en comunidad los reflejos del Corazón de Dios, es decir, a crear juntos con Dios un mundo mejor, la tierra nueva y el cielo nuevo que la Biblia desea a la humanidad (Ap 21,1; Is 65,17; 2 P 3,13). Formamos parte integrante de la actividad amorosa de la Trinidad que, deseando una suerte mejor para la creación, la renueva cada día.

En efecto, Dios crea el mundo con el concurso de la humanidad que ha colocado a la cabeza de la creación: «Dios los bendijo diciendo: Creced y multiplicaos; llenad y someted la tierra; dominad sobre los peces del mar y las aves del cielo y todos los animales que se mueven sobre la tierra.» Gn 1,28.

Dios completa la gran promesa de su amor hacia sus criaturas integrándonos en su obra. Con el apóstol Juan, podemos dar testimonio: «Hemos conocido y creído en el amor que Dios nos reserva.» I Jn 4,16. Nuestra respuesta consiste en aceptar el amor de Dios si realmente lo conocemos y en darlo a conocer a toda la creación si de verdad creemos en él.

Representación del culto de Nuestra Señora del Sagrado Corazón y del Sagrado Corazón de Jesús en el muro del presbiterio

SEGUNDA PROMESA DEL SAGRADO CORAZÓN

Daré la paz a las familias y a las comunidades que me estén consagradas.

Con todas sus fuerzas, la humanidad busca la paz. Desde Caín y Abel, el mundo sufre la violencia, las guerras, los holocaustos, el exilio y los campos de refugiados. Todos los días, los periódicos relatan los sufrimientos de las víctimas del odio. La humanidad reclama la paz que tarda en llegar. Dios reprocha a Caín: «¿Por qué estás tan furioso? ¿Por qué caminas con la cabeza baja? Si hicieras el bien, llevarías la cabeza bien alta; pero, si haces el mal, el pecado permanece a tu puerta como una bestia agazapada que te codicia; a pesar de todo, puedes siempre dominarlo.» Gn 4,6-7. La paz es siempre posible. Depende de la conversión personal y también de la justicia social que garantiza la libertad y la felicidad de la comunidad humana.

¿Están pasadas de moda nuestros métodos para obtener la paz? Famosas han quedado las palabras de César, el emperador romano del primer siglo a. de C.: «Si quieres la paz, prepara la guerra.» Desgraciadamente, las grandes potencias mundiales proclaman todavía este dogma impío que favorece la carrera de armamentos. Hoy, los países más pobres del planeta participan en la misma carrera. Todos buscan poseer la bomba nuclear para hacer ostentación de un poder vergonzoso. La paz no puede conquistarse con las armas. Estas no pueden más que poblar los cementerios. La historia humana lo prueba hasta la saciedad a quien quiera abrir los ojos. La paz no llegará sino con la justicia social, cuando la humanidad derribe las divisiones entre ricos y pobres y colme el abismo que las separa.

En realidad, ¿de dónde se enraíza la paz? La verdadera paz es un fruto del Espíritu Santo; un don del amor divino. Tal es la promesa de Jesús. El día de Pascua, el Resucitado repite por tres veces: «La paz esté con vosotros.» Jn 20,19.21.26.

La paz que promete el Corazón de Cristo a las familias y a las naciones surge del amor mismo de la Trinidad. El profeta Jeremías advierte que la paz puede perderse si no cambiamos nuestra manera de hacer y si no acogemos el amor de Dios en nuestros corazones: «Retiro de este pueblo, palabra del Señor, mi paz, la misericordia y la compasión» Jer 16,5. El pecado ha colmado todo y no queda ya lugar para la paz. En efecto, las armas, las injusticias y las violencias borran la misericordia y la compasión en el corazón humano.

En la carta a los Romanos, Pablo revela su fe en la providencia de Dios, autor de la paz. «¡Que el Dios de la esperanza os dé en plenitud la alegría y la paz! ¡Que el Dios de la paz esté con vosotros! Amén.» Rm 15,13.33. Según Pablo, la paz nace del amor de Dios y engendra la esperanza cuando toda esperanza se muere. El documento conciliar sobre la Iglesia en el Mundo nos dice: «La paz no es la simple ausencia de guerra; es, más exactamente, la obra de la justicia.

Es el fruto del orden implantado en la sociedad humana por su divino fundador, y que los hombres, siempre sedientos de una justicia más perfecta, llevan a su madurez. Esta paz no puede obtenerse sin asegurar la dignidad de las personas y la distribución equitativa de las riquezas de orden material y espiritual. El firme propósito de respetar los derechos del hombre y de los pueblos, así como su dignidad, es absolutamente necesario. Hay que promover el apasionante ejercicio de la fraternidad en vistas de la paz. Así la paz es el fruto del amor que supera el designio primordial de la justicia.» GE 78a.

«La paz sobre la tierra, nacida del amor al prójimo, es la imagen y el efecto de la paz de Cristo que procede del Padre. En efecto, el Hijo encarnado, Príncipe de la paz, ha reconciliado con Dios a todos los hombres por la cruz. Reformando en un solo pueblo y en un solo cuerpo la unidad del género humano, dio muerte al odio en su carne y, después de la resurrección, infundió su Espíritu de amor en el corazón de la humanidad.» GE 78b.

En la profecía de Miqueas sobre la venida del rey mesiánico, el Mesías se presenta como la paz prometida al género humano, el «shalom»: «Se mantendrá firme y conducirá el rebaño con la fuerza del Señor y con la majestad del nombre del Señor vuestro Dios. El rebaño vivirá en seguridad porque su poder se extenderá hasta los extremos del país. Él mismo será el shalom. Nos liberará.» Mi 5,3-4a.5c. Según el profeta, el «shalom» comporta la libertad de toda servidumbre y vivir felices.

La promesa de paz se concretiza en Jesús, el Hijo encarnado, muerto y resucitado. Su presencia en nuestras vidas suscita la paz. En Navidad, los ángeles cantan en medio de los pastores: «Gloria a Dios en las alturas, y paz en la tierra a los hombres que él ama.» Lc 2,14. El nacimiento del Hijo de Dios trae la paz a los pecadores, a los posesos, a los leprosos, a todos los que sufren. En su resurrección, ofrece su Espíritu de paz a la humanidad. La paz de los hogares nace de la acogida del Señor. «¡Ven, Señor Jesús!» «¡Maran atha!» La paz de las naciones depende de la justicia del reino de Dios que se ofrece a nosotros en la persona del Cristo resucitado. Durante su discurso de despedida, Jesús promete a los discípulos: «Os dejo la paz, os doy mi paz. Una paz que el mundo no puede daros.» Jn 14,27.

Entonces, ¿cómo ofrece el Señor la paz, «el shalom», que el mundo no puede transmitir? «Cristo mismo es nuestra paz. Ha hecho de los dos pueblos una sola nación, destruyendo el muro de la enemistad que los separaba. Ha reconciliado a los dos pueblos con Dios, uniéndolos en un solo cuerpo por medio de la cruz y destruyendo la enemistad. Su venida ha traído la buena nueva de la paz: paz para los que están lejos y paz, también, para los que están cerca; porque, gracias a él, tenemos todos, por el Espíritu, libre acceso al Padre.

Así, ya no sois extranjeros ni huéspedes, sino conciudadanos con los que forman el pueblo de Dios; sois de la casa de Dios.» Ef 2,14-19. El «shalom» es la paz entre hermanos y hermanas de la gran familia universal reconciliada con el Padre. Zacarías, el padre de Juan Bautista, proclama al Mesías, luz de las naciones, una luz en el camino de la paz: «Nuestro Dios, en su gran misericordia, nos trae desde lo alto del cielo el sol de un día nuevo, para iluminar a los que moran en las tinieblas y dirigir nuestros pasos por el camino de la paz.» Lc 1,78-79.

La luz que resplandece en Jesús ilumina nuestra ruta; es el Sol que viene de lo alto. Cristo ilumina con su paz a la comunidad de fe que habita. Cada bautizado encarna a Cristo en la medida en que el Espíritu Santo se derrama en su corazón. El Espíritu de Cristo, recibido en el bautismo, engendra en nosotros la paz. La misma voz del cielo repite sobre cada uno y cada una: «Esta es mi hija querida; este es mi hijo amado en quien encuentro mi amor.» La primera encarnación de Cristo se realizó en el seno de la Virgen María; la segunda se efectúa en el corazón o el espíritu de quien recibe el bautismo.

En Navidad se ama cantar en español: «El niño Dios ha nacido en Belén y quiere nacer en nosotros también.» En la fe, somos la encarnación de Jesucristo si, en verdad, acogemos su Espíritu de paz. El Dalai Lama es la encarnación del Buda en la región del Tíbet. Los fieles del budismo lo veneran grandemente por esta alta dignidad. Es notable que, en el cristianismo, todo bautizado sea encarnación de Cristo. ¡Qué dignidad sublime la del cristiano!

No es el privilegio de algunos; al contrario, es la suerte de todo bautizado. El que cree y se hace bautizar se vuelve hijo o hija de la familia de Dios a través de la encarnación de Cristo. Esta encarnación comporta un desafío. Encarnar el Corazón de Cristo equivale a encarnar su paz, el «shalom» en el mundo. El papel del cristiano que quiere encarnar el Corazón de Cristo en su vida es trabajar por la paz del mundo. El Corazón del Señor lo sostiene en su tarea y lo empuja a transformar una sociedad violenta e injusta en un mundo pacífico y equitativo para todos.

Así como Jesús se compromete por la paz y encarna la paz de Dios viniendo al mundo, del mismo modo el cristiano inspira y estimula la paz. Esta última se vuelve nuestra respuesta a la encarnación del Cristo resucitado en nuestras vidas mortales. El Señor nos apoya en las luchas cotidianas y, al mismo tiempo, nos da la paz gracias a su presencia dinámica y vivificante. «Bienaventurados los que construyen la paz porque Dios los llamará sus hijos.» Mt 5,9. Hijos de la paz a la zaga del Hijo único. Hablando de promesa de paz, hay que mencionar la providencia.

Esta viene también de la Trinidad que, en su amor, nos asiste en el trabajo cotidiano y a lo largo de nuestra existencia. Sin embargo, algunos confían demasiado a ciegas en la providencia del Señor y no ven la necesidad de la participación humana en el acabamiento de la paz en el mundo. Es importante poner la confianza en la providencia divina, pero es aún más sabio buscar el remedio que la providencia ha depositado o guarda todavía escondido en el poder de la naturaleza.

Dios da una cierta autonomía al universo creado pero, al mismo tiempo, lo acompaña en su evolución, gracias al género humano presente en el corazón de su desarrollo cotidiano. El hecho de construir el mundo con el creador ensalza la dignidad humana. El salmista canta su asombro: «Señor, Dios nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra! ¿Quién es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para que te ocupes de él? Lo has hecho apenas inferior a un dios, lo coronas de gloria y esplendor; le has dado poder sobre las obras de tus manos.» Sal 8,2-7.

Artesanos en la obra de la creación, nos corresponde ser providencia instaurando la paz. Junto con el Señor, trabajamos en la evolución material y espiritual de un mundo nuevo.

La Trinidad actúa con nosotros. Primero, en el acto de providencia transparece el amor de un Padre que nos ama como una madre atenta a los suyos; luego, el Hijo se encarna en la tierra, el Príncipe de la paz que actualiza en nosotros el amor divino por sus gestos y sus palabras. A la zaga del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo interviene en nuestras vidas: es la corriente de amor recibida en el bautismo para afrontar con determinación las pruebas de la vida. La paz y la providencia de Dios son promesas del amor trinitario para «una tierra nueva y un cielo nuevo». El Corazón de Cristo, morada de la Trinidad, se vuelve nuestra paz y nuestra providencia. ¡Paz para las familias! ¡Paz para las naciones!

TERCERA PROMESA DEL SAGRADO CORAZÓN

Consolaré, en sus aflicciones, a las personas que me estén consagradas.

Nuestro mundo está lleno de contradicciones. Cuando se piensa descansar en paz, llega la perturbación y el trastorno. Es entonces cuando la tristeza o la depresión alcanza su vida a consecuencia de un conflicto familiar, de un período de desempleo o de una mala gestión política. Pocas personas escapan a la aflicción en un momento u otro. Todos buscan la consolación: unos en la fe, otros en la vida mundana. Jesús nos invita: «Venid a mí, todos los que estáis cansados y agobiados bajo la carga, y yo os aliviaré.

Cargad con mi yugo y aprended de mí, porque soy humilde y manso de corazón, y encontraréis la consolación en vuestra vida.» Mt 11,28-29. En la última cena, promete el Espíritu Santo como consolación de los que creen en él: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; entonces, rogaré al Padre y os enviará el otro Consolador para que esté siempre con vosotros. Él es el Espíritu de la verdad que el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo reconoce; vosotros, sin embargo, lo conocéis porque permanece junto a vosotros.» Jn 14,15-17.

El Espíritu es la promesa por excelencia; es presencia activa de Cristo en los que ama. «Si alguien tiene sed, que venga a mí y beba. Según la palabra de la Escritura: De su seno brotarán fuentes de agua viva. Hablaba del Espíritu que debían recibir los que creían en él.» Jn 7,37-39. En la Biblia, el Espíritu se presenta como el don maravilloso, el río de la visión de Ezequiel, que sale del lado derecho del templo, que sana toda cosa a su paso y produce los frutos de los árboles plantados en sus orillas.

En el libro del Apocalipsis, el mismo río sale del lado derecho del Cordero: «Me mostró un río de agua que da la vida, transparente como el cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. En medio de la plaza de la ciudad, a cada lado del río, un árbol de vida daba una cosecha por mes y sus hojas servían de remedio a las naciones.» Ap 22,1-2. Este remedio simboliza la consolación que aporta el Espíritu al género humano. Su acción sobre las personas se asemeja al agua de la piscina milagrosa que cura a los que sufren la aflicción.

El Espíritu quiere ser una brisa ligera que refresca a los agitados, o un fuego ardiente que calienta a los sedientos de justicia y de paz, o incluso un viento violento que fortalece a los débiles dándoles el coraje de trabajar por el advenimiento del reino de Dios. Es en los corazones donde nace el deseo de poseer el Espíritu Santo, que da la vida en abundancia. Jesús nos motiva a desear este don. Insiste con la samaritana: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: Dame de beber; serías tú quien le habrías pedido y él te habría dado agua viva.

El agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota en vida eterna.» Jn 4,10.14b. Los afligidos encuentran en él su apoyo. «Cuando venga el Espíritu de la verdad, los iluminará en toda la verdad, pues no hablará de sí mismo, sino que os desvelará lo que ha recibido de mí. Todo lo que tiene el Padre es mío. He aquí por qué he dicho que el Espíritu os desvelará lo que ha recibido de mí.» Jn 16,13-15. El estudio personal o comunitario de la Palabra de Dios nos ayuda a percibir la acción amorosa del Espíritu Santo.

Podemos definir el Espíritu divino como la Acción personalizada de Dios en la creación. Su acción primordial es consagrarnos hijos e hijas de Dios en el sacramento del bautismo. Por intermedio del Espíritu, el Corazón de Dios actúa en nosotros y nos constituye hijos de su propia familia. «La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: Abba, Padre! Así ya no eres esclavo sino hijo; hijo, y por tanto heredero por obra de Dios.» Ga 4,6-7.

Pablo recuerda el mismo tema en otra carta: «Vosotros ya no estáis dados a los apetitos carnales, sino al Espíritu, puesto que el Espíritu divino habita en vosotros. Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús dará también vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros. En efecto, todos los que anima el Espíritu de Dios son hijos e hijas de Dios. Y vosotros no habéis recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor; habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: Abba! Padre!

El Espíritu en persona se une a nuestro espíritu para atestiguar que somos hijos e hijas de Dios. Y también herederos de Dios y coherederos de Cristo, puesto que sufrimos con él para ser también glorificados con él.» Rom 8,9.11.14-17. A menudo los temores invaden el espíritu humano; en ciertos casos, la desesperación provoca la locura. Importa recordar esta presencia activa del Espíritu en nuestras vidas.

Él nos reconoce con todos nuestros derechos filiales en tanto que herederos de Dios, a quien aclamamos «Abba, es decir, Padre», al mismo título que Jesucristo, pues somos coherederos con él de la gloria del Padre. Podemos decir con María: «El Señor hace en nosotros maravillas». No conocemos en el mundo entero maravilla mayor que la de ser reconocidos hijos o hijas de Dios.

Monseñor Cuskelly atestigua: «La verdadera espiritualidad comienza cuando Dios entra en nuestra vida y cuando nos alegramos de ser hijos.» Por nuestra condición de hijos e hijas, el Espíritu nos acuerda, más allá de la simple consolación, el apoyo diversificado de los siete dones: la sabiduría, la ciencia, la inteligencia, el consejo, la fortaleza, la piedad y el temor de Dios, que abren nuevas perspectivas de vida. Los dones, como los carismas, recibidos gratuitamente del Señor, nos son dados para el buen orden temporal y espiritual de nuestro medio de vida.

Los dones del Espíritu son las herramientas espirituales que necesitamos para edificar la vida personal y la de la sociedad con inteligencia iluminada, voluntad firme y libertad auténtica. Trabajando en la edificación del reino de Dios, el Espíritu divino actúa como el Maestro que enseña la verdad de las Escrituras, como el Consejero que inspira nuestras acciones, o como el Abogado que nos defiende de las trampas del mal; en suma, interviene como el Alma del Cuerpo de Cristo, cuerpo formado por el conjunto de los creyentes.

La acción amorosa del Espíritu Consolador no se limita a los dones; quiere renovar la existencia humana en la familia y en la sociedad, con todos los bienes de la convivencia fraterna. Allí donde a menudo se encuentran los apetitos desordenados que enumera san Pablo en Gálatas 5,19-21, el Espíritu Santo produce los más maravillosos frutos, gratificaciones del Corazón de Dios: «Amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, servicialidad, confianza en los demás, mansedumbre y dominio de sí.» Ga 5,22-23. El árbol de la vida prodiga en sus siete ramas abundantes frutos de consolación y de paz.

La oración nos lleva a experimentar la presencia del Espíritu que transforma el corazón, iluminándolo de alegría y de esperanza. Los angustiados y los desesperados extraen ahí la fuerza para vencer su temor. Los grandes místicos viven, en presencia del Espíritu, un estado sublime que se asemeja al de la gloria divina. Entre las virtudes del Espíritu se encuentra el respeto de la libertad de los creyentes. El Espíritu nunca nos obliga, ni siquiera a la oración. Deja siempre libre el corazón de la persona ante su inspiración.

En África, debía cuidarme al hablar del Espíritu porque, en la cultura gourmanchée de Tambaga, existe un cierto culto a los «genios» que actúan como seres espirituales o espíritus. Los genios cubren toda la sabana. Se localizan en muchos lugares, en los ríos o riachuelos, en los árboles, sobre todo los baobabs, e incluso en las rocas. Los animales y los humanos sufren su influencia continua. Unas veces, los espíritus son benéficos; otras veces, traen la mala suerte. Siempre exigen el respeto y pueden jugar malas pasadas.

De todos modos, es mejor mantenerlos a distancia porque pueden sojuzgar a los que les confían trabajos. En general, el ser humano pierde algo de su libertad en su contacto. El Espíritu Santo, al contrario, deja a la persona siempre libre y nunca le reclama nada. El Espíritu consuela, defiende e inspira a la persona que lo invoca; respeta escrupulosamente la libertad de sus protegidos aunque sea ignorado. Los deja libres como los veleros que, en el mar, se dejan arrastrar por las corrientes marinas.

Aunque, cuando sopla la brisa del Espíritu, la embarcación navega más alegremente. A su vez, Pablo presenta al Espíritu Santo, fuente de consolación, como vínculo de comunión. Al concluir la segunda carta a los corintios, saluda diciendo: «La gracia de Jesucristo, el Señor, el amor de Dios, el Padre, y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros.» 2 Co 13,13. La comunión del Espíritu se presenta bajo tres dimensiones. La primera es la comunión divina, la unidad trinitaria. El Espíritu es la corriente de amor que une al Padre y al Hijo.

La segunda dimensión es la comunión buscada por Dios, en su corazón lleno de misericordia y de amor, con la creación que colma de bendiciones. La tercera dimensión se refiere a la unión, entre la multitud de los creyentes, animada por el Espíritu Consolador. Esta comunión es esencial a la vida de la Iglesia, que debe transparecer como signo de fraternidad y de paz, en una humanidad dividida por las querellas belicosas e ideológicas. Esta comunión entre los creyentes nunca alcanza la plenitud. Solo el Espíritu puede darle su plena dimensión.

Si la comunión del Espíritu invade el corazón del creyente por el solo disfrute interior, no es más que un primer paso de la acción divina. Un segundo paso ineludible reside en el compromiso por la transformación de la sociedad. La fuerza o la energía que brota del Corazón de Dios nos empuja a perfeccionar la creación en vistas de una tierra mejor, conforme a la voluntad del Padre. «La manifestación del Espíritu se da a cada uno para el bien común.» 1 Co 12,7. Mi aporte a la comunidad humana es indispensable.

«El ojo no puede decir a la mano: No te necesito; ni la cabeza puede decir a los pies: No os necesito.» 1 Co 12,21. Cada miembro del Cuerpo de Cristo, según el don recibido del Espíritu, trabaja en la construcción de una sociedad donde todos los individuos son acogidos y respetados. Ciertos creyentes operan maravillas en la comunidad humana, porque hacen el bien, guiados por el Espíritu. Este arrastra a la persona lejos del pecado y la hace vivir conforme a la voluntad de Dios.

Por su inspiración, los creyentes se aplican a desmantelar las estructuras de injusticia y de exclusión que envuelven a la sociedad en una red de miseria. Concluyamos manteniendo los ojos fijos en la escena del lado abierto de Jesús crucificado, de donde fluyen la sangre y el agua. Esta escena ilustra el testimonio del evangelio sobre la consolación del Espíritu a la Iglesia universal: «Uno de los soldados le traspasó el costado con su lanza y, enseguida, fluyó del corazón la sangre y el agua. El que ha visto estas cosas da testimonio y su testimonio es verdadero.» Jn 19,34-35.

Con el agua y la sangre, surge el Espíritu del Corazón del Crucificado para la edificación del pueblo de Dios. Del mismo modo, de mi corazón o del corazón de la comunidad cristiana debe fluir la sangre y el agua para la salvación del mundo. Acogiendo este testimonio, dispensamos la consolación del Espíritu.

«Bienaventurados los afligidos, porque serán consolados.» Mt 5,4.

[1] E.J. Cuskelly, Caminando el camino de Jesús, p.2.

[2] E.J. Cuskelly, ibídem, p.2.

[3] François Varillon, Vivre le Christianisme, Editions du Centurion, 1992, p.35.

[4] E.J. Cuskelly, ibídem p.6.

[5] E.J. Cuskelly, ibídem p.1

CUARTA PROMESA DEL SAGRADO CORAZÓN

Por su consagración a mi Corazón,

seré su refugio durante la vida y a la hora de la muerte.

La cuarta promesa, que trata del refugio asegurado durante la vida y a la hora de la muerte, nos lleva a contemplar el misterio de salvación realizado en la muerte y la resurrección del Señor.

Por su cruz y su resurrección, Cristo ha bebido el cáliz de toda situación penosa y la ha rescatado. Nos interroga, a nuestra vez, como lo hace con Juan y Santiago: «¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber?» Mt 20,22. La salvación consiste en librar al género humano de toda opresión y de todo mal para que obtenga una vida digna de su condición filial divina. La salvación es, ante todo, un paso de muerte a resurrección en nuestras situaciones de vida mortal. El término es la felicidad eterna más allá de la resurrección.

El Estado civil organiza la seguridad social según leyes definidas y con la ayuda de organismos que luchan contra el hambre, la enfermedad, la violencia, las guerras, los cataclismos y los accidentes. Estas diversas organizaciones aseguran a la humanidad una vida más segura y decente. ¿Podría ser que un día el ser humano, liberado de toda adversidad, alcance una vida perfectamente digna?

Jesús se presenta como el salvador encarnado en nuestras situaciones de vida y de muerte. Él inaugura la lucha contra los males de la humanidad por su actividad milagrosa y la defensa de los más débiles. «Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son purificados, los sordos oyen, los muertos resucitan, la buena nueva es anunciada a los pobres.» Lc 7,22. Hay que notar que su actividad liberadora lo conducirá a la muerte en la cruz. Desde entonces, la cruz se ha vuelto el símbolo y el instrumento de salvación para el mundo.

La cruz rescata porque pone en obra el amor infinito de Dios que libera del mal. En efecto, Jesús no ha rehusado la muerte para dar la vida a su pueblo. Monseñor Romero predicaba así: «Si Cristo es el representante de todo el pueblo en sus sufrimientos, en su humillación, en sus miembros clavados en una cruz, debemos descubrir el sufrimiento de nuestro pueblo.

Es nuestro pueblo torturado, nuestro pueblo crucificado, escupido, humillado, lo que Jesucristo representa para dar a nuestras situaciones de angustia un sentido de redención.» Como el Cristo clavado en la cruz, Monseñor Romero fue asesinado a causa de su actividad liberadora. Su ejemplo nos invita a integrarnos en el plan de salvación emprendido por Jesús.

La primera predicación de Jesús, después de su bautismo en el Jordán, se condensa en tres breves proposiciones que resumen el plan de salvación: dos avisos y una exhortación: «El tiempo se ha cumplido. El reino de Dios está muy cerca. Arrepentíos y creed en el evangelio.» Mc 1,15. Analicemos el primer aviso: «El tiempo se ha cumplido.» El tiempo mesiánico tan esperado acaba de comenzar. La puerta de la esperanza se abre sobre un mundo nuevo.

«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado con la unción, para llevar la buena nueva a los pobres; me ha enviado a anunciar a los cautivos la liberación y a los ciegos el retorno de la vista, a poner en libertad a los oprimidos, a proclamar un año de gracia del Señor» Lc 4,18. Jesús ve en la ayuda aportada a los pobres y a los oprimidos el cumplimiento de la voluntad amorosa de su Padre, el tiempo señalado para su tarea mesiánica. Su muerte en la cruz recapitula una vida totalmente dada en la obediencia a la voluntad de Dios. Sus últimas palabras lo atestiguan: «Todo se ha cumplido.» Jn 19,30a.

Jesús sabe que cumple en la cruz la voluntad de su Padre para la salvación del mundo y, para que se realice plenamente, el crucificado comunica su Espíritu: «Inclinando la cabeza, entregó el Espíritu.» Jn 19,30b. El Espíritu continúa la tarea de salvación emprendida por Jesús y conduce al creyente a aceptar la voluntad de Dios para la salvación del mundo. Jesús había dicho a los apóstoles después de su entrevista mesiánica con la samaritana: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado, hasta que cumpla su obra de salvación.» Jn 4,34.

Jesús nos advierte: «El reino de Dios está muy cerca.» La misión de Jesús consiste en establecer un reino donde Dios pueda reinar como soberano del mundo. El reino de Dios, en el pensamiento de Jesús, difiere del concepto de los judíos. Ellos esperaban un reino de paz para Israel, pero al mismo tiempo un reino de dominación sobre las naciones, un imperio político victorioso. Jesús renuncia a esa manera de reinar que se parece demasiado a las tentaciones del maligno. Lc 4,1-13 o Mt 4,1-11. Ante todo, Jesús anuncia un reino de justicia, de alegría y de paz.

Un reino desplegado en los corazones y caracterizado por el servicio al prójimo. Esto significa que Dios reina en los corazones de los individuos y de las comunidades como en su morada, allí donde todo servicio se cumple en un acto de amor conforme a la voluntad divina. A Pilato, que lo interroga, Jesús replica: «Mi reino no es de este mundo.» Jn 18,36. Es un reino bien diferente cuya ambición no es el poder sino la gloria de un pueblo libre y feliz.

Como el grano de mostaza, este reino crece en las pequeñas acciones de salvación puestas cada día y se transforma en un árbol donde se cobijan los indigentes. Cf. Mt 13,32. El reino de Dios obra en el interior de las conciencias y se vuelve levadura de justicia en la comunidad humana. Cf. Mt 13,33.

Jesús prosigue su misión liberadora con todos los que creen en él. Para ello, les da el Espíritu Santo: con él, la cruz se hace menos pesada y es más fácil seguir a Jesús para salvar el mundo en las situaciones adversas.

La exhortación siguiente resume la exigencia del reino: «Arrepentíos y creed en el evangelio.» La salvación no se produce a pesar de nosotros. Arrepentirse y creer en el evangelio significa morir con Jesús en la cruz para resucitar con él. Muriendo con Jesús nos ofrecemos con él por la vida del mundo. «Beber el cáliz que bebe Jesús» implica llevar la cruz de la humanidad y trabajar por su rescate.

Nunca es fácil abrevarse en el cáliz de Jesús. Durante mis años de misión en Tambaga, tuve la ocasión de codearme con gente que sufre tantas necesidades que no se pueden escribir todas. De siete años vividos en la misión, cuatro de ellos estuvieron marcados por la hambruna. Unas veces, la cosecha se perdía a causa de la sequía; otras veces, fenómenos naturales secaban las espigas antes de tiempo. Eran tiempos de angustia en que la gente buscaba su alimento. Había que solicitar la ayuda de organismos internacionales. Un año, entre otros, recibimos sesenta toneladas de sorgo.

A primera vista, pensamos: estas sesenta toneladas nos van a salvar. Sin embargo, había que repartirlas entre los sesenta pueblos de la parroquia. A medida que los cereales se distribuían, la parte de cada familia se reducía a diez o doce kilogramos. Era una gota de agua en el océano de la hambruna, y había que continuar buscando la comida... ¡Es la suerte de los pobres!

Sin embargo, más allá del sufrimiento y de la muerte, está la Pascua que compartimos con el Resucitado, una Pascua que se realiza también en esta vida mortal. Al hambre debe suceder el bienestar. Es la esperanza la que anima a todo oprimido. Jesús, resucitado a la vida eterna, vive entre nosotros y reúne a todos los creyentes en vistas de una existencia nueva. Toda la vida se desarrolla en presencia de Jesús resucitado, que nos da su Espíritu, fuerza vital en todos nuestros desafíos cotidianos.

Estas tres frases del evangelio — «El tiempo se ha cumplido. El reino de Dios está muy cerca. Arrepentíos y creed en el evangelio.» — son las claves de la misión de Jesús y iluminan el misterio de la salvación para un mundo mejor.

Parafraseando las palabras de san Juan: «Tres son los testigos de la venida de Jesús al mundo: el agua, la sangre y el Espíritu.» I Jn 5,6-8. Podemos decir: «Tres son los testigos de la salvación de Jesucristo en el mundo: el servicio, la obediencia y el Espíritu.» El primer testigo, el servicio, caracteriza la actividad permanente de Jesús en el evangelio. Dice a sus discípulos: «El que quiera ser el primero deberá ser el último de todos y el que sirve a todos los demás.» Mc 9,35. Él mismo se presenta como servidor de la humanidad.

«No he venido para ser servido sino para servir y dar mi vida en rescate por una multitud.» Mc 10,35. Toda la vida de Jesús está asignada al servicio del reino de Dios. Su dedicación es total, hasta dar su vida y la última gota de su sangre por la salvación de todos. Nos invita al mismo desprendimiento: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame.» Mc 8,34. En este sentido, todo servicio prestado a los hermanos y hermanas se vuelve ejercicio del sacerdocio común de los fieles porque, hecho por amor, este servicio salva al género humano.

Nuestras disponibilidades a la familia, a la comunidad humana y al pueblo de Dios constituyen nuestra respuesta de fe como sacerdotes del Señor.

La obediencia a la voluntad del Padre, el segundo testigo de la salvación, es también una consigna de Cristo: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado, hasta que se cumpla la obra de la salvación.» Jn 4,34. La carta a los Hebreos comenta la obediencia de Jesús: «He aquí que vengo para hacer tu voluntad. Y es en virtud de esta voluntad que somos santificados por la oblación del cuerpo de Cristo, una vez por todas.» Hb 10,9-10.

«Cristo, aunque era Hijo, aprendió, por lo que sufrió, la obediencia; después de haber sido hecho perfecto, se ha vuelto, para todos los que le obedecen, principio de salvación eterna.» Hb 5,8-9. La obediencia de Cristo salva el mundo; del mismo modo, nuestra obediencia a la voluntad del Padre es principio de salvación para nuestro entorno. La espiritualidad del voto de obediencia echa raíces en esta sumisión a la voluntad divina.

El Padre fundador de los MSC, Julio Chevalier, decía a sus religiosos: «Los que entran en nuestra Congregación pueden aceptar que los otros les superen en ciencia, en mortificación, en pobreza, pero no se dejarán vencer en obediencia y en caridad mutua.» El Espíritu, siempre fiel, es el tercer testigo. Se mantiene a la puerta y obra la salvación en todos los que se confían a él. La acción del Espíritu es liberadora; aparece muy diferente de la de los espíritus de brujería o de los otros espiritismos modernos que sojuzgan a los que les rinden culto.

Nuestra época ha renovado estas doctrinas «espiritistas» e incluso satánicas. Las películas que tienen por tema el exorcismo pueden convencernos de ello. Hay que renunciar bien a todas estas prácticas demoníacas. El creyente que se deja guiar por el Espíritu Santo camina con toda libertad por senderos de justicia y de paz. «A la persona que sigue el camino recto, le haré ver la salvación de Dios.» Sal 50,23. «El Espíritu — que da la vida — habita en vosotros.» Rm 8,9.

«Si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús vive en vosotros, el que resucitó a Cristo dará también vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros» Rm 8,11. Es el Espíritu quien confirma en nosotros la salvación. «La inhabitación del Espíritu Santo», según la expresión de san Basilio, es la garantía de la gloria que Dios nos reserva. Tomando la cruz en pos de Jesucristo Salvador, lo seguimos en su misterio pascual, en su muerte y en su resurrección.

«Si contemplamos la cruz de Jesús unida a la resurrección, ella nos comunica una gran fuerza para aceptar el dolor inevitable y unirlo a los sufrimientos de Jesús que lo hacen fecundo.» Nos asociamos a su obra de redención en favor del pueblo de Dios. Sabemos que nos salvamos en iglesia, es decir, en comunidad con los hermanos y hermanas que interceden por nosotros y viven con nosotros la vida del Espíritu. El ejemplo de intercesión de la exquisita Marta Robin es digno de mención: pasó varios años de su vida con la Eucaristía como único alimento.

Todos los viernes sufría los dolores de la crucifixión de Jesús y los ofrecía por la santidad de los sacerdotes de la Iglesia. Un alma ofrecida a la cruz. ¡Que Dios la colme de gloria! Como ella, todos nuestros servicios ofrecidos en sacrificio rescatan el mundo. Estos tres testigos, el servicio, la obediencia y el Espíritu, son signos del misterio pascual, es decir, símbolos de muerte y resurrección de la humanidad. El servicio que es acto sincero de amor es la cruz que llevamos sobre los hombros y que salva. Esta cruz consolida la felicidad de numerosos matrimonios y hace florecer la vida de los niños.

El trabajo, acto de solidaridad con la comunidad humana, ayuda al pueblo a liberarse para gustar la alegría.

«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de hacer la voluntad de Dios, porque serán saciados.» Mt 5,6.

QUINTA PROMESA DEL SAGRADO CORAZÓN

Bendeciré con la libertad y la felicidad a los que se consagran a mi Corazón.

Esta promesa corresponde al proyecto de Dios de convertir la descendencia de Abraham en un pueblo libre y feliz: «Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré y haré famoso tu nombre, que será una bendición.» Gn 12,2. Esta bendición es, sencillamente, la de la libertad y la felicidad prometidas a todas las naciones: «Por ti serán bendecidos todos los clanes de la tierra.» Gn 12,3b.

El género humano busca la felicidad, un valor indispensable en el programa de espiritualidad del creyente. Sin la felicidad, todos nos volvemos agriados e insoportables. He aquí por qué debemos privilegiar, como objetivo de vida, nuestra felicidad personal y la de los demás. En espiritualidad, alegría y felicidad son valores esenciales. Monseñor Cuskelly afirma: «Entramos, ciertamente, en la intimidad del Señor y dejamos al Señor penetrar en nuestras vidas, si la alegría entra en nuestros corazones.» Ahora bien, podemos decir que solo la persona realmente libre es feliz.

Sin libertad, somos puros esclavos. Sufrimos la servidumbre. Muchas cosas pueden esclavizarnos: la bebida, los vicios, la injusticia, la nuestra y la de los otros. A veces, nuestro propio carácter nos hace prisioneros de nosotros mismos. Igualmente, los celos, el orgullo y la dominación encadenan a los otros. Nos acordamos de la experiencia desgraciada de la esclavitud en la historia de la humanidad: un pasado no muy lejano, todavía lleno de remordimientos. La sociedad moderna mantiene también sus prácticas esclavistas. Las dictaduras políticas y los monopolios económicos las suscitan constantemente.

¡Que Dios libere a la humanidad!

Para ser de verdad feliz, hay que conquistar la libertad del espíritu, la que hace libre de toda atadura y de todo egoísmo hasta poder dar su vida por los hermanos y las hermanas.

Es el camino enseñado por Jesús en las bienaventuranzas. Mt 5,3-12. Bienaventurados los pobres, libres de toda atadura material, porque pueden entregarse enteramente por el reino. Bienaventurados los afligidos, libres de toda indiferencia, porque saben luchar por el reino, a pesar del sacrificio que se impone. Bienaventurados los humildes, libres de todo orgullo y de toda dominación, porque no están impedidos de servir a la humanidad. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de hacer la voluntad de Dios, porque se hacen libres para el rescate del mundo.

Bienaventurados los misericordiosos que, liberados de venganzas y rencores, pueden reconciliar a la humanidad. Bienaventurados los corazones puros porque buscan el bien común, libres ellos mismos de corrupción y de vicios. Bienaventurados los que construyen la paz porque, libres de racismo, de nacionalismo y de egoísmo, pueden consagrarse a la reconciliación universal. Bienaventurados los perseguidos por hacer la voluntad de Dios porque, libres de únicos intereses propios, se entregan por la justicia social.

«Las cuatro primeras bienaventuranzas conciernen a las libertades de la persona frente a sí misma, y las cuatro últimas se refieren a las mismas libertades frente a la sociedad.»

Con demasiada frecuencia, las vías que el mundo nos propone para alcanzar la felicidad se oponen a las bienaventuranzas. La opinión más extendida sobre la felicidad reside en el hecho de que solo la riqueza puede permitir construir castillos y satisfacer todos los deseos que hacen felices. Sin embargo, la felicidad no se obtiene por la riqueza, el poder, el prestigio o los placeres, sino más bien por la libertad frente a los apetitos desordenados. Jesús nos vuelve a decir: «Os aseguro: es difícil para un hombre rico entrar en el reino de los cielos.» Mt 19,23.

En este sentido, se propone el ascetismo, el despojo de todo deseo material para ser libre como el viento. Es la felicidad que prometen varias filosofías orientales. El gurú, maestro espiritual en la India, lleva, habitualmente, a sus discípulos a la cima de las montañas y les propone la búsqueda de la libertad. Por la meditación deben obtener el dominio completo de los deseos materiales para contentarse con lo que Dios procura en la pobreza. Algunos llegan a vivir la acción de gracias continua hacia el Creador; para ellos, es la iluminación.

Están muy cerca de la bienaventuranza de la pobreza por el reino de los cielos. Otras filosofías proponen el amor como única vía para la felicidad. También aquí surgen caminos erróneos, como el amor libre o el hedonismo, la satisfacción de los instintos que vuelve al individuo esclavo de sí mismo. Descartamos estos caminos de supuesta felicidad, simplemente porque no conducen a ninguna parte. ¿Dónde se sitúa, entonces, la verdadera felicidad? La felicidad se enraíza en el amor vivido como compromiso de vida.

Obrando por amor, se adquiere la libertad personal y la de los demás y, por vía de consecuencia, la felicidad. El amor conduce a la libertad del espíritu y a la felicidad como por una pendiente escalonada que hay que subir piso por piso. «Las tres etapas del crecimiento del amor humano son: la pasión o el deseo, el afecto o la amistad, la elección o el compromiso por la evolución espiritual.» La primera etapa de la escalada de la felicidad es la pasión amorosa, el flechazo.

El psicólogo Scott Peck nos dice a este respecto: «De todas las falsas ideas sobre el amor, la más extendida es la creencia de que enamorarse equivale a amar. Se trata de un falso concepto porque el hecho de enamorarse es una fuerte experiencia subjetiva.» De los amantes nace el amor comúnmente llamado romántico. Los amantes se convencen fácilmente de haber encontrado al ser único y perfecto que el cielo les había reservado y predestinado. Para ellos, es la felicidad suprema, el éxtasis.

Desgraciadamente, este amor tan dulce no dura habitualmente sino el espacio de una primavera, apenas el tiempo suficiente para afrontar con coraje la aventura de la vida matrimonial. Algunos psicólogos afirman que es mejor que este primer tiempo no dure mucho porque la pasión amorosa debilita la libertad de los amantes. Se vuelven más bien dependientes unos de otros. Anthony de Mello comenta a este respecto: «La pasión es lo opuesto del amor. Es una enfermedad contagiosa que tienta a todo el mundo.

He visto una película donde una joven decía a un joven: ¡Te amo tanto que no puedo vivir sin ti! ¿Es eso el amor? No, es sencillamente tener hambre. Cuando me siento apasionado por ti, ya no te veo de verdad. Allí donde la emoción positiva o negativa es tan poderosa, no puedo ver claramente. Amar significa, al menos, ver claramente al otro como es.» Paralela a la pasión de amor, está la etapa de dependencia amorosa del niño hacia sus padres. El niño necesita de su madre para vivir y depende totalmente de su atención materna.

Desde que pueda, el niño superará este primer escalón de la escala amorosa y buscará su libertad personal. ¡Qué drama encontrar a jóvenes todavía totalmente dependientes de sus padres o que buscan en el marido o en la esposa la protección que encuentra el niño en su madre o su padre! Son personas limitadas en la vida normal en sociedad.

Con el tiempo, el adolescente accede al segundo escalón de la escalada amorosa y se prepara a conquistar su libertad abriéndose a su entorno. Continúa amando a sus padres, pero de una manera diferente: ya no quiere recibir todo cocinado en la boca; al contrario, les aporta su colaboración espontánea y su ayuda. Del mismo modo, en la pareja unida para la vida, se desarrolla una gran amistad que solidifica el amor inicial, demasiado idílico para ser duradero. Al despertar, después del sueño romántico, surge ante ellos el compromiso del trabajo para ganar la vida del hogar y el de la educación de los hijos a guiar en el camino de la vida. El mejor apoyo del hombre y de la mujer seguirá siendo siempre el afecto y la amistad enraizados en sus corazones. Unidos por este vínculo de amor, colaboran en vistas del bienestar de la familia.

Esta amistad bendita abre su corazón a las necesidades de la comunidad circundante. Los Hechos de los Apóstoles relatan la experiencia vivida en la comunidad de los primeros cristianos, modelo de nuestras comunidades eclesiales de base: «Entre ellos, todo era en común.» Hch 4,32c. La felicidad del cristiano se obtiene compartiendo la amistad de Jesucristo, vínculo sublime de la comunidad de los creyentes. Por la vocación cristiana, somos llamados a vivir esta amistad entre hermanos y hermanas de una gran familia. Jesús, el primero, nos dice: «Ya no os llamo servidores sino mis amigos, porque os comparto los secretos de mi Padre.» Jn 15,15.

La amistad favorece la libertad. El poeta libanés Khalil Gibran escribe: «Dejad espacios de libertad en vuestra mutua proximidad y que los vientos del cielo bailen entre vosotros. Amaos el uno al otro, pero no hagáis del amor una atadura; que haya, más bien, un mar móvil entre las costas de vuestras almas. Llenad la copa el uno del otro, pero no bebáis en la misma copa. Compartid vuestro pan, pero no comáis la misma rebanada.»

Es vital, por fin, subir un último escalón para alcanzar la plena libertad que garantiza la felicidad; esta última etapa de la escalada amorosa se llama evolución o perfección espiritual de la persona humana y de su entorno. Esta plenitud espiritual reclama del creyente libertad y disponibilidad, de suerte que los otros se formen con él, libres y solidarios.

El ser humano alcanza la libertad del espíritu como valor culminante de su vida, a imagen de la cima de la montaña escalada con esfuerzo y perseverancia. Los que alcanzan las altas cimas saben cuánto el aliento es necesario para vencer los picos demasiado abruptos y, sin embargo, ahí se encuentra la libertad que hace feliz al corazón.

La perfección consiste en amar como Dios, a la manera del Corazón de Cristo, comprometido en la evolución material y espiritual del género humano. «Cuando amamos a alguien, es solo a través de los actos como podemos demostrarlo; como, por ejemplo, cuando somos capaces, por el beneficio del otro, de caminar un kilómetro más o de dar un paso más. El amor no puede estar exento de esfuerzos e, incluso, hay que decir que son indispensables.» Solo aquellos que se liberan por este amor atento a los demás obtienen ser de verdad felices.

Es la victoria de la evolución o de la plenitud espiritual. Pablo nos dice: «¡Que Cristo habite en vuestros corazones! ¡Que estéis enraizados y fundados en el amor! Así recibiréis la fuerza de comprender, con todos los santos, cuál es su anchura, su longitud, su altura y su profundidad; conoceréis el amor de Cristo que supera todo conocimiento, y entraréis por vuestra plenitud en toda la Plenitud de Dios.» Ef 3,17-19.

He aquí las exigencias del amor divino que experimenta progresivamente el corazón humano. Los esposos, comprometidos en el ideal matrimonial, luchan toda su vida por la felicidad del cónyuge hasta volverlo totalmente libre. Al mismo tiempo, es la lucha contra todo deseo desordenado, todo egoísmo, toda violencia, para entregarse enteramente al bien común del hogar y a la evolución espiritual de la pareja. La libertad es también el proyecto de los padres hacia sus hijos. Ver a los hijos capaces de afrontar la vida con serenidad, alegría y libertad se vuelve la gran consolación de los padres.

Estos tienen la costumbre de entregarse sin miramientos para que los hijos triunfen en la vida y puedan, a su vez, guiar a su progenie a la libertad. La tarea pastoral del pueblo de Dios se asemeja a la de unos padres que abrevan a sus hijos en la fuente de la verdadera libertad. Amar a los hijos de la comunidad humana consiste en abrirles espacios de libertad material y espiritual. El apostolado de la caridad y de la esperanza forja la felicidad que Dios reserva a su creación.

En el medio social, la comunidad se compromete con sus hermanos y hermanas para que sean libres ante la vida, sin ninguna traba. Monseñor Romero decía: «Es necesario que el hombre y la mujer, que viven bajo el signo de tantas opresiones y esclavitudes, el miedo que amenaza los corazones, la enfermedad que oprime la libertad y la vida, rompan todas esas cadenas. Hay que empezar por ahí.» El objetivo de la comunidad eclesial es hacer a los cristianos libres y felices cultivando la concordia, la solidaridad y la paz.

La libertad interior se vuelve también el ideal del creyente que toma a Jesucristo como modelo, frente a la incomprensión, a las acusaciones de toda especie y frente a la muerte misma. «Bienaventurados seréis si os injurian y persiguen y dicen contra vosotros toda clase de calumnias por causa mía.» Mt 5,11-12. En efecto, sabemos bien que la felicidad no reserva solamente momentos de tranquilidad, sino también períodos de lucha intensa contra el mal que envilece al ser humano.

Este caminar, preconizado en las bienaventuranzas evangélicas, representa un gran desafío, pero es sin duda la fuente de la felicidad. Consiste esencialmente en superar la situación penosa, hasta obtener la liberación cuyo punto culminante es la victoria espiritual.

SEXTA PROMESA DEL SAGRADO CORAZÓN

Abriré la fuente inagotable de la misericordia a los que se consagran a mi Corazón.

Lo reconocemos con el Publicano del evangelio, Lc 18,9-14: somos pecadores. ¡Que el que esté sin pecado arroje la primera piedra! Cristo continúa escribiendo en la arena su misericordia. No es en vano implorar al comienzo de la misa: «Señor, ten piedad de nosotros.» Este primer rito litúrgico es un rito de purificación de los pecados. Confesamos que somos pecadores, pero al mismo tiempo reconocemos que la misericordia divina nos perdona.

En cada Eucaristía, el fiel participa en la asamblea como el Publicano que Jesús declara purificado: «Os digo que este ha vuelto a su casa reconciliado con Dios» Lc 18,14. La Biblia proclama la misericordia de Dios. Toda la historia de la salvación describe la actividad misericordiosa del Señor hacia su pueblo, al que libera de la servidumbre y educa en la libertad del desierto, para darle, al final del recorrido, la tierra prometida a su padre Abraham. Los salmos lo vuelven a decir: «Se contaminaron con sus acciones y se prostituyeron imitando las acciones de los paganos.

Por eso, el Señor los entregó en manos de los enemigos que los oprimieron y los esclavizaron a su poder. Pero Dios tuvo una mirada para su angustia cuando escuchaba su grito. Se acordó de su alianza con ellos, se conmovió según su gran amor.» Sal 106,39.41.44-45.

El salmo 103 alaba la misericordia de Dios: «Bendice al Señor, alma mía; él que perdona todas tus ofensas, que te corona de amor y de ternura. El Señor es ternura y piedad, lento a la cólera y lleno de amor. No nos trata según nuestras faltas; no nos paga según nuestras ofensas. Bendice al Señor, alma mía.» Sal 103,2.3.8.10. La oración de los salmos educa al corazón humano en la paciencia de la que desborda el corazón de Dios.

Durante su ministerio, Jesús predica dos actitudes ineludibles: la misericordia y el perdón. Los pecadores y los publicanos acuden a él para escucharlo y come con ellos. «Viendo esto, los fariseos decían a sus discípulos: ¿Por qué vuestro maestro come con los publicanos y los pecadores? Pero él, que había oído, les dijo: No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos. Id, pues, y aprended qué significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. En efecto, no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.» Mt 9,11-13.

«Jesús se presenta como el hombre que acepta a toda persona, tal como es, y la hace capaz de salir de sus trabas y sus límites concediéndole, a través de una valoración que aligera los pesos y procura el reposo, la fuerza y el valor de vivir y de trabajar por un mundo nuevo.» En su misericordia, el Señor asegura la reconciliación a los pecadores. Los sacramentos son los canales que dejan fluir esa agua inagotable de misericordia que toma su fuente en el Corazón de Cristo.

Uno a uno, del bautismo al viático llevado al moribundo, los sacramentos forjan la reconciliación de la humanidad consigo misma y con su Dios. El sacramento de la reconciliación merece una mención especial. Se dice que el amor se revela en el perdón, pues el que ama perdona sin reservas. Jesús vivió intensamente el perdón en la cruz: «Padre, perdónalos, no saben lo que hacen.» Este sacramento de la reconciliación está descrito en la parábola del Padre misericordioso que concede toda libertad a sus dos hijos. Lucas 15,11-32. Los gestos de este padre de familia revelan su espíritu de reconciliación.

Cada noche sale al camino para acechar el retorno de su hijo. El mayor, que permaneció fiel a la casa, interpreta mal este gesto del padre y, sobre todo, su apresuramiento en acoger a un individuo que ha dilapidado sus bienes. ¿No vuelve el bribón a reclamar más? El padre obra así porque ama a ese bribón de hijo, con todas sus entrañas.

Al recobrar al hijo perdido, el padre le da el beso del perdón e, incluso, lo restablece en su dignidad de hijo con todos los derechos familiares a los que había renunciado voluntariamente reclamando una falsa libertad. El padre le compra un vestido nuevo, le pone un anillo en el dedo y sandalias en los pies. No quiere el retorno de un esclavo sino el de un hijo. Todos estos objetos simbolizan la dignidad del hijo legítimo. Dando casi la razón al hijo mayor que juzga su comportamiento exagerado, el padre considera que todavía ha hecho demasiado poco y organiza un banquete con invitados y músicos. Es bien una reconciliación que va más lejos que el simple perdón.

Sin embargo, el mayor no lo entiende así. Todo eso le parece demasiadas consideraciones para alguien que ha abusado de los bienes familiares. Demasiado interesado en sus propios asuntos, rechaza un nuevo reparto con ese hermano que ha dilapidado los bienes de su padre y, por tanto, un poco sus propios bienes. La condición final del mayor resulta peor que la del menor. Se muestra egoísta y exclusivista, frente a su hermano, en lo que concierne a los derechos de familia. No comprende nada de la reconciliación que celebra el padre con ese otro hijo.

A decir verdad, ¿no es esa la historia de la humanidad en la mayoría de las guerras civiles? Hay que desear que el mayor se arrepienta, un día, de su egocentrismo y comprenda el amor de su padre que no olvida a nadie. Le perdona incluso su intolerancia hacia su hermano pequeño. ¿No es la reconciliación el sacramento de la convivencia humana? Jesús nos dice: «Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen.» Mt 5,44. Sabe bien que el perdón y el amor a los enemigos constituyen el precio a pagar por la reconciliación universal.

Los pueblos de la tierra se comparan fácilmente a los dos hijos de la parábola que se desprecian y rechazan la cohabitación en la misma casa paterna. El mayor niega al menor sus derechos de hijo y de hermano. De ahí a declararse la guerra no hay más que un paso, pues todo les parece abuso y desprecio por parte del otro. ¿No es el retrato de la situación de guerra de los Balcanes o de Etiopía, o incluso de las guerrillas latinoamericanas donde el amor a los enemigos parece imposible?

Jesús aconseja a quien va a presentar su ofrenda en el altar: «Si te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda y ve primero a reconciliarte con tu hermano. Entonces podrás volver al altar a presentar tu ofrenda.» Mt 5,23-24. La adoración de Dios y el amor al hermano no pueden separarse. Si el Padre eterno es tan misericordioso con nosotros, que somos reflejos de su imagen, resulta que vivir la misericordia debe ser la cualidad espiritual de los que lo adoran.

San Pablo exhorta a los Colosenses a vivir esta actitud: «Como elegidos de Dios, sus santos y sus amados, revestíos de sentimientos de compasión, de benevolencia, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportaos los unos a los otros y perdonaos mutuamente, si uno tiene contra otro algún motivo de queja. El Señor os ha perdonado; haced lo mismo a vuestra vez. Y, por encima de todo, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección.» Col 3,12-14. La reconciliación nos empuja a ir más lejos que la simple tolerancia; supone la convivencia en un ambiente de paz y de alegría.

La reconciliación incluye el gesto de acogida de un hermano o una hermana del mismo planeta. La globalización nos acerca aboliendo las fronteras; sepamos comportarnos como hermanos de la tierra. Los conflictos raciales no pueden resolverse con la sola tolerancia porque son heridas de la humanidad cuyos únicos remedios son el amor a los enemigos, la misericordia y la reconciliación.

A ejemplo del samaritano que, al descubrir a un judío herido al borde del camino, lo lleva sobre su cabalgadura, cura sus heridas y lo conduce a la posada, así todo hombre está llamado a recoger a su enemigo herido o despreciado por la mala suerte. Reconoce en su hermano enemigo la misma sangre de sus venas. Jesús termina su parábola diciendo: «Ve, y haz tú también lo mismo.» Lc 10,30-37.

La conversión no consiste solamente en decir: «Amo a Dios con todo mi corazón y al prójimo como a mí mismo»; sino en ser misericordioso y reparar el mal hecho al prójimo por la injusticia. «Si vuestra justicia no supera la de los fariseos y escribas, no heredaréis el reino de los cielos.» Mt 5,20.

La reconciliación, que engloba el amor a los enemigos, se quiere el único remedio a los males de nuestro tiempo. La violencia, omnipresente en el planeta, nunca podrá resolver los conflictos. Las matanzas engendran la venganza y esta arrastra nuevos crímenes. Desde lo alto de la cruz, Jesús nos grita: «Mirad a dónde conduce la violencia: a la cruz y a la muerte.» «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.» Tuve la misma visión cuando me contaron el asesinato del compañero y amigo, el padre José Tineo, MSC, y cómo se lo encontró en la mesa de la autopsia con el vientre abierto: «Mirad lo que produce la violencia: masacre, dolor y muerte.» La reconciliación universal y la convivencia humana se volverán una realidad cuando el amor a los enemigos y la misericordia reemplacen las venganzas, la indiferencia, los intereses personales de cada uno en detrimento de los de la comunidad humana.

La parábola del empleado perdonado por su patrón por una deuda importante, y que no quiere corresponder al compañero que le debe una suma insignificante, es la réplica de lo que vive nuestra sociedad. Mt 18,21-35. El que experimenta la misericordia del Señor no puede escatimar el perdón a conceder a su hermano o a su enemigo. Gracias al sacramento de la reconciliación, el pecador perdonado permite a su comunidad humana vivir mejor la fraternidad. La reconciliación forja una nueva convivencia de la humanidad que Cristo inaugura por su muerte en la cruz y por su resurrección.

«Bienaventurados los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.» Mt 5,7.

SÉPTIMA PROMESA DEL SAGRADO CORAZÓN

Gracias a su consagración a mi Corazón, las personas tibias se volverán fervientes.

El fervor prometido a la persona consagrada al Corazón de Jesús surge del compromiso en vistas del reino de Dios. Esta promesa coincide con el anuncio del reino de Dios de los evangelios sinópticos, el reino tan esperado en el Antiguo Testamento. Ahora, en el Nuevo Testamento, este reino reclama personas comprometidas en la edificación de un mundo mejor donde reinen la justicia y el derecho. «Después del encarcelamiento de Juan, Jesús se dirigió a Galilea proclamando la buena nueva del reino. Decía: "El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está muy cerca. Arrepentíos y creed en el evangelio." Mc 1,14.

Los tibios no hacen nada por erigir el reino de Dios. No se han convertido a los valores del reino; viven despreocupados frente a la situación social de miseria y de exclusión que afecta a sus semejantes. Contemplando la abnegación del Corazón de Cristo, que dio su vida por el reino de Dios, estas personas tibias se vuelven fervientes porque constatan que Cristo derramó su sangre por ellas mismas.

«Hoy en día, es poco frecuente hablar de cristiano ferviente; preferimos decir cristiano comprometido. Sin embargo, durante mucho tiempo se empleaba el adjetivo "ferviente", que significa "calor intenso". He aquí por qué la expresión "cristiano ferviente" podría hacer referencia a la fe cálida, a la fe que no se sitúa solo en la cabeza sino bien en el corazón.» [13]

El reino de Dios es un reino de amor que se edifica sobre la justicia y la paz. Los judíos del tiempo de Jesús esperaban un Mesías, un rey descendiente de David que restablecería a Israel como nación independiente y poderosa. Esperaban incluso instaurar un imperio sobre las otras naciones que, hasta entonces, los dominaban implacablemente. Les parecía justo esperar el apoyo de su Dios para establecer ese poder político sobre las naciones. He aquí ideas corrientes muchas veces oídas por Jesús. Los doctores de la ley las propagaban entre los que adoraban al Dios de Abraham.

Jesús será tentado de responder a las esperanzas del pueblo de manera espectacular. Todo eso bailaba en su cabeza. El mejor método de dominación podría ser utilizar su fuerza milagrosa cambiando las piedras en panes. Todo el mundo aplaudiría su gesto, porque el pueblo tiene más necesidad de pan que de otra cosa. Según el adagio romano, con el pan y los juegos, los problemas de la población desaparecen. Pero, bajo la inspiración del Espíritu, Jesús responde al diablo: «El hombre no vive solo de pan.» Lc 4,4. La humanidad debe liberarse de toda esclavitud.

Entonces el diablo recomienda a Jesús presentarse ante el pueblo como un rey poderoso que puede reunir un gran ejército y emprender la conquista de las naciones. De esta manera, por la dominación, podría fundar un imperio totalmente sometido a la voluntad divina. Jesús rechaza de nuevo este método violento, puesto que no tiene valor de verdadera liberación. Hacer la voluntad de Dios es cuestión de libertad personal. Lo contrario es adorar y legitimar las tácticas de Satán. Jesús le responde: «Adorarás al Señor tu Dios y a él solo rendirás culto.» Lc 4,8.

El diablo lo conduce, todavía, a Jerusalén, sobre la parte más alta del templo y le propone tirarse abajo. «Dios dará órdenes a sus ángeles para que te protejan.» Lc 4,10. Jesús aparecería, así, como el gran profeta bajado del cielo, con la autoridad del profeta Elías subido al cielo en un carro de fuego. Un mesianismo maravilloso y triunfalista que no respeta la dignidad y la iniciativa del ser humano. Jesús ve que este comportamiento lo arrastraría a tomar el lugar de Dios apartándolo.

Responde al diablo citando una frase del Deuteronomio 6,16: «No tentarás al Señor tu Dios.» Lc 4,12. En resumen, Jesús, durante su retiro de cuarenta días en el desierto, opta por un reino sin poder temporal o militar que no codicia las riquezas de las naciones y no utiliza la celebridad o la fama. Se decide a predicar un reino más interior donde Dios respeta la libertad, la humildad, la solidaridad de los ciudadanos. Las bienaventuranzas, tanto las de Mateo 5,3-12 como las de Lucas 6,20-26, definen los valores del reino.

Lucas se lamenta sobre los que eligen la riqueza, el egoísmo, la indiferencia frente a las situaciones sociales de miseria. «¡Ay de vosotros, los ricos...» Lc 6,24-26. Al comienzo de su predicación en Nazaret, Jesús cita al profeta Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la buena nueva a los pobres; me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos, devolver la vista a los ciegos, liberar a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor.» Lc 4,18-19.

Todo lo que se opone a la justicia, a la dignidad humana y a la paz permanece excluido del reino de Dios; este no puede soportar el mal, la tibieza o la indolencia ante las situaciones humanas de exclusión en el banquete de la vida. Cuando llegue el juicio final y el Mesías reúna a las naciones en el reino definitivo, dirá a los de un lado: «Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.

Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era extranjero y me alojasteis; estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; en prisión y vinisteis a verme.» Mt 25,34-36. En el reino gobernado por el Señor, dominan la solidaridad, el amor y la paz. Este reino es como «la más pequeña de las semillas, pero, cuando crece, se vuelve casi un árbol y, en sus ramas, las aves del cielo pueden hacer su nido.» Mt 13,32.

Surge, entre los ciudadanos del reino, una fuerza de transformación espiritual y temporal que tiene en cuenta a los indigentes. Estos llegan así a hacer su nido, con toda confianza, en las ramas del árbol. El reino se sitúa en el corazón humano. No se impone por la fuerza, sino que nace libremente de la voluntad del creyente. Es semejante a «la levadura que una mujer toma y echa en tres medidas de harina hasta que toda la masa fermente.» Mt 13,33. El reino crece con el tiempo y cuando se extiende en la comunidad, produce en ella los frutos del Espíritu: amor, alegría y paz.

Cuando el creyente o la comunidad cristiana descubren en la comunión fraterna la fuerza transformadora del reino, la perciben como la perla más fina o el tesoro de la verdadera vida: «Lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra este campo.» Mt 13,44-45. Una vez grabado en el corazón, el reino del amor requiere toda la energía del creyente. Jesús advierte: «La ley y los profetas llegan hasta Juan; desde entonces, el reino de Dios es anunciado, y todos se esfuerzan por entrar en él con violencia.» Lc 16,16.

Se piden grandes esfuerzos porque el reino debe afrontar numerosos enemigos. Todas las fuerzas del mal se unen en la oposición a la venida del reino. Jesús recomienda la sagacidad del creyente frente a las malicias del enemigo, como el administrador astuto de la parábola. Lc 16,1-8. En el corazón de las fuerzas adversas se encuentran las opresiones políticas, las desigualdades sociales, las inmoralidades de toda especie que vuelven a la humanidad esclava de sí misma. Son esos golpes de lanza los que Dios recibe en pleno Corazón, como la lanza clavada en el costado de Cristo en la cruz.

Es imperioso suscitar la solidaridad humana contra el reino del mal. El remedio al mal universal es el amor a los enemigos, tal como se predica en el reino regido por el Espíritu Santo de Dios. En reacción, la comunidad del reino, unida al sacrificio redentor de Cristo, lucha por la salvación del mundo. Está todavía vigente la misión de ir por todo el mundo a predicar el reino de Dios. Los que lo acogen en verdad, se salvan.

Recuerdo una anécdota ocurrida hace diez años, en mi partida hacia África con otros dos misioneros enviados desde la República Dominicana. Antes de partir, un miembro de mi pueblo, que había abandonado la práctica religiosa, quiso darme una lección: «¿Por qué irte a África a decir misa a gente que tiene más necesidad de comida que de hostias? Déjalos en sus creencias. Eran felices hasta que fuisteis a enseñarles doctrinas extrañas a su cultura.» Le respondí: «Precisamente, pueden vivir más felices.

Por eso voy a su encuentro para acompañarlos». Al llegar a Tambaga, los ancianos de varios pueblos reclamaban nuestra visita. Los jóvenes, sobre todo, ya no veían ninguna salvación en el culto a los fetiches. Antes de que se volvieran completamente ateos, era urgente que conocieran el camino de Jesús. Él, ciertamente, les hablaba al corazón.

Es del costado herido de Cristo de donde nace la solidaridad universal, sobre todo hacia los más desvalidos. Según los Padres de la Iglesia, es del corazón abierto por la lanza del soldado de donde nace la Iglesia comprometida por el reino del amor en la justicia y la paz. El texto bíblico de la muerte en la cruz nos revela el compromiso profundo de Cristo por la humanidad. «Los soldados quebraron las piernas a los dos criminales crucificados con Jesús.

Llegados a él, cuando vieron que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, pero uno de los soldados, con su lanza, le traspasó el costado y salió enseguida sangre y agua.» Jn 19,32-34. El agua y la sangre simbolizan toda la vida sacramental que alimenta a los creyentes. Fuertes con la vida de los sacramentos, los bautizados se toman en serio su compromiso evangélico y obtienen la promesa de Jesús sobre la justicia del reino. Esta última es fuerza de salvación para los que se comprometen en la liberación de la comunidad humana.

El padre Manuel Soler escribe a este respecto: «La mirada hacia el Corazón abierto de Cristo puede ser una llamada a la esperanza, para que, en las relaciones internacionales, haya un poco de corazón humano, que se traduzca en ventanas de esperanza, en cuestiones tan urgentes como la deuda externa o tan macabras como el comercio de armas o tan sutiles como la coincidencia de los campos de batalla en los países del Tercer Mundo.»

OCTAVA PROMESA DEL SAGRADO CORAZÓN

Las personas fervientes se elevarán a la perfección de la vida de Dios, por su consagración a mi Corazón.

Esta promesa es la de la vida divina que engendra la santidad en las personas fervientes. Vivir la santidad es entrar, por la oración, en la intimidad de la vida trinitaria, como un pez que nada en el océano inmenso del amor divino. Importa, al mismo tiempo, no perderse en un «intimismo» espiritual sino mantener los ojos fijos en las necesidades de un mundo ansioso de justicia, de paz y de fraternidad. Hay que trabajar, como lo repite a menudo Juan Pablo II, en construir la nueva civilización del amor. El Corazón de Jesús simboliza la fuente de la vida que alimenta el Espíritu.

En la cultura del Antiguo Testamento, el corazón es reconocido como el órgano de la vida y se identifica con la vida. Por eso el corazón se menciona a menudo. El salmista pide al Señor que purifique y dirija su vida: «Escrútame, pruébame, pasa por el fuego mis riñones y mi corazón.» Sal 26,2. «Sóndame, Dios mío, conoce mi corazón, escrútame, conoce mi preocupación; ve que mi camino no sea fatal, condúceme por el camino de la eternidad.» Sal 139,23-24.

San Pablo predica a Cristo como autor de la verdadera vida: «Pablo, apóstol de Jesucristo, para anunciar la promesa de la vida que nos ha hecho Jesucristo.» I Tm 1,1. En otra carta, Pablo explica a los Gálatas cómo llegar a la vida de santidad: «Estoy crucificado con Cristo, pero ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí.» Ga 2,20a. Cristo nos santifica por su presencia en el corazón de nuestras situaciones humanas. «Ahora, en mi vida terrestre, vivo en la fe en el hijo de Dios que me amó y se entregó por mí.» Ga 2,20b.

Cristo, por su presencia espiritual en el corazón del creyente, comunica la vida de santidad: «Cristo será glorificado en mi cuerpo, sea que viva, sea que muera. Para mí, ciertamente, la vida es Cristo y morir representa una ganancia.» Flp 1,20-21. Si Cristo permanece en nosotros, nos guía hasta la intimidad de la Trinidad, en su vida de amor. San Juan evangelista habla mucho de la vida de Cristo en nosotros, como base o trampolín de la santidad del creyente. «Este es el testimonio: Dios nos ha dado la vida eterna y esta vida está en el Hijo.

Quien tiene al Hijo tiene la vida; quien no tiene al Hijo no tiene la vida.» 1 Jn 5,11-12. En el evangelio, Jesús se presenta a Marta como la vida misma. «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y quienquiera que viva y crea en mí no morirá nunca.» Jn 11,25-26. Después de estas palabras, Jesús devuelve la vida a Lázaro y lo hace salir del sepulcro donde reposa desde hace cuatro días. La vida en Cristo es más fuerte que la muerte, incluso si esta parece triunfar. Más allá de la muerte natural, Cristo nos procura la vida eterna.

Éloi Leclerc escribe: «En Jesús, la vida está íntimamente ligada a su ser. Irradia de su persona hasta tal punto que se la recibe solo si se acoge a Jesús en un acto de fe sin reservas. Frente a este don, solo una cosa es necesaria: La fe en su persona como enviado del Padre. Creer en él es acoger el don de Dios, es recibir la vida de Dios. Quien cree en él, nace a la vida eterna.

"Tal es la voluntad del Padre que quienquiera que vea al Hijo y crea en él tenga la vida eterna." Jn 6,40.» Utilizando la comparación de la vid, cuyo Padre es el viñador, Jesús nos explica el misterio de la vida que comparte con el creyente. Es como la savia que circula en la planta: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, ese lleva mucho fruto; porque fuera de mí no podéis hacer nada. Si alguien no permanece en mí, es echado fuera como el sarmiento y se seca; los recogen y los echan al fuego y arden.» Jn 15,5-6.

«Como el Padre me ha amado, yo también os he amado. Permaneced en mi amor. Os digo esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa.» Jn 15,9.11. La comparación de la vid ilustra de manera espléndida la vida que conduce a la intimidad divina en el Espíritu. Se obtiene por la unión al Corazón de Cristo, su vida corriendo en nuestras venas como la savia que vivifica la planta. Esta vida de Cristo no es independiente de la vida mortal que Dios insufla en nuestros cuerpos. La vida mortal está a menudo amenazada por la enfermedad, por los fenómenos naturales, por los conflictos y las guerras.

La vida de Dios, infundida en la vida corporal, sostiene a esta en la esperanza y le da un sentido de plenitud. Incluso una vida desgraciada puede recobrar su sentido en la esperanza que brota de la vida divina. ¡Cuántas desgracias de nuestra sociedad necesitan ser rescatadas por esta esperanza! Por ejemplo, los matrimonios que no logran consolidarse en el amor y, como vasos de cristal, se rompen por falta de vigilancia. Están las situaciones de trabajo mal remunerado o de desempleo crónico que, como la enfermedad, arruinan la vida familiar.

Hay que combatir también las drogas que arruinan la vida, las injusticias y los perjuicios provocados por el egoísmo, la ambición y los intereses personales. La vida divina asume estas situaciones y abre la puerta a la esperanza en el que sufre. Entonces, los que dejan al Señor espacios de fe en su existencia se vuelven hombres y mujeres de esperanza. Si mantienen los ojos fijos en una vida mejor, el Señor inspirará sus acciones, los animará a no ceder a la depresión, los incitará a vencer sus desgracias y orientará sus esfuerzos por la paz.

La oración, al permitir al creyente introducirse en el Corazón de Dios, santuario de la Trinidad, es el alma de esta vida de esperanza. El catecismo de la Iglesia católica nos dice que «la vida de oración es estar habitualmente en presencia de Dios, tres veces santo, y en comunión con él». «La vida espiritual comienza en la fe confiada en un Dios que nos ama.» La oración alimenta esta fe confiada. Podemos distinguir tres dimensiones de la oración ligadas al encuentro con Dios.

La primera se vive cuando las palabras de la oración se encienden como un fuego de campamento gracias al corazón creyente que las anima. Mientras no se encienden las ramitas, el fuego de campamento no existe. Del mismo modo, las palabras recitadas permanecen simples fórmulas si no se les pone el fuego del corazón que dirige la alabanza o la petición al Señor. El salmo recitado por la asamblea, durante la liturgia dominical, puede ser muy bello y muy poético, pero si el corazón no lo reza, le falta un alma.

La segunda dimensión de la oración efectúa el paso de la oración del corazón, como acto puntual del día, a un corazón de oración, como estado permanente. Siguiendo el consejo del Señor en la parábola de la viuda: «Es necesario rezar siempre sin cansarse jamás.» Lc 18,1. El que reza desarrolla en su corazón una vida que se alimenta de la oración: ya sea arrodillado ante el santo Sacramento o que trabaje en su campo o su oficina, su vida se desarrolla en unión íntima de voluntad con su Padre. El maestro espiritual, Jean Lafrance, nos dice del que reza: «Pasando del acto de oración al estado de oración, se ha vuelto capaz de hacer de su vida, de sus relaciones y de su actividad, un culto espiritual.»

Señor, «hemos sido creados para la adoración. Es necesario ser seducido, arrastrado y capturado por el rostro del Señor, sobre todo, dejarse poseer por él.» El nos invita a esta unión mística dándonos su Espíritu. Es en este sentido que Pablo nos dice: «Orad sin cesar. En toda ocasión, estad en la acción de gracias. Es la voluntad de Dios sobre vosotros como cristianos.» 1 Ts 5,17-18.

La tercera dimensión de la oración proyecta las necesidades del prójimo, como la luz que ilumina la vida de la ciudad terrestre. Cuando Dios ha establecido su morada en el corazón del creyente, ya no se puede distinguir en él el amor de Dios y el amor al prójimo. Como Jesús, su modelo, ve el rostro de Dios en todos sus hermanos y hermanas, pecadores, miserables, simplemente hermanos o incluso enemigos. El documento de Puebla nos sensibiliza a la situación de pobreza extrema, indigencia que desciende a menudo de las ambiciones deshonestas y de las dominaciones abusivas.

«Esta situación adquiere, en la vida real, rostros concretos en los que podemos reconocer los rasgos sufrientes del Señor que nos interpela: Rostros de niños, golpeados por la pobreza antes de nacer, que deambulan por las calles y son a menudo abusados; Rostros de jóvenes, hombres y mujeres, desorientados por no encontrar su lugar en la sociedad; Rostros de indígenas o de afroamericanos, que pueden ser considerados los más pobres a causa de la marginación; Rostros de gente del campo sometida a sistemas de comercialización que los explotan y, a veces, los privan de sus tierras; Rostros de obreros mal pagados e incapaces de defender sus derechos.» A esta lista podemos añadir los rostros de mujeres explotadas, golpeadas, abusadas, y también los de los hombres que viven parecido desprecio.

Como prójimos de todos estos hermanos y hermanas, leemos en sus rostros el sufrimiento causado por las condiciones penosas de su vida y los ofrecemos al Señor en la oración. En muchos casos, el gesto de solidaridad y de ayuda al prójimo seguirá eficazmente a la oración. En los evangelios, Jesús se identifica con la causa de los pecadores. «Id, pues, y aprended qué significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. En efecto, no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.» Mt 9,13. Con el deseo sincero de estar en presencia de Dios en la oración, abrimos una ventana sobre la vida trinitaria, donde descubrimos la santidad, y otra ventana sobre la vida humana que queremos decente y digna para todos, según el plan divino. He aquí por qué el creyente, atento a las necesidades de la humanidad, se vuelve un hombre o una mujer de oración.

«El Espíritu que da la vida» Jn 6,63 es también el que nos conduce a la oración. En él se encuentra la salvación de todas nuestras situaciones humanas. En el capítulo octavo de la carta a los Romanos, Pablo habla de la acción del Espíritu en nuestros corazones y termina diciendo: «El Espíritu viene en socorro de nuestra debilidad; pues no sabemos qué pedir para rezar como conviene; el Espíritu mismo intercede por nosotros en gemidos inefables, y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu y que su intercesión por los santos corresponde a los designios de Dios.

Y sabemos que con los que lo aman, Dios colabora en todo para su bien, según su designio. Pues a los que de antemano conoció, les ha destinado a reproducir la imagen de su Hijo, a fin de que sea el primogénito de una multitud de hermanos. A los que predestinó, también los llamó; a los que llamó, también los justificó; a los que justificó, también los glorificó.» Rm 8,26-30.

En la gran oración sacerdotal de la última cena, Jesús revela el secreto de la santidad que es la vida de gloria compartida: «Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu hijo, para que tu hijo te glorifique y que, según el poder que le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado! Ahora bien, la vida eterna es que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a aquel que has enviado, Jesucristo.» Jn 17,1-3. «Padre santo, guárdalos en tu gloria que me has dado, para que sean uno como nosotros.» Jn 17,11. «Te ruego que todos sean uno.

Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros, a fin de que el mundo crea que tú me has enviado. Les he dado la gloria que me has dado, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, a fin de que sean perfectos en la unidad, y que el mundo reconozca que tú me has enviado y que los has amado como me has amado. Padre, a los que me has dado, quiero que donde yo esté, también ellos estén conmigo, a fin de que contemplen la gloria que me has dado porque me has amado antes de la fundación del mundo.» Jn 17,21-24.

En conclusión, la vida de santidad, que nos es prometida, echa raíces y desemboca en la vida de gloria que el creyente comparte con la Trinidad. Esta vida divina no apunta al simple disfrute espiritual personal sino a la transformación del mundo. ¡Que el mundo conozca también, por intermedio del creyente, la santidad divina, el gran amor de Dios hacia toda la humanidad!

Comprendemos mejor el prólogo de san Juan reconociendo la vida y la gloria que Dios nos reserva. «Al principio era la Palabra. La Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios. En ella estaba la vida y la vida era la luz del mundo.» Jn 1,1.4. Cristo ilumina el camino de todo ser humano hacia la santidad de Dios. «La luz ha resplandecido en las tinieblas y las tinieblas no la retuvieron. Hemos contemplado su gloria, gloria que recibe de su Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.» Jn 1,5.14b.

«Dichosos los corazones puros, porque verán a Dios.» Mt 5,8.

NOVENA PROMESA DEL SAGRADO CORAZÓN

Los hogares y las comunidades de fe vivirán la Alianza en plenitud, gracias a su consagración a mi Corazón.

Esta promesa revela una gran bendición del pueblo de Dios, «la alianza divina», cuya familia es el símbolo privilegiado. Esta bendición especial echa raíces en la alianza bíblica, concluida con el pueblo elegido, desde Abraham y Moisés, y que finalmente Jesucristo asume por su muerte y su resurrección.

La alianza se vive de manera excelente en los sacramentos de la Iglesia. Entre estos, sobresale el sacramento del matrimonio, que funda y consolida la Iglesia doméstica figurando la alianza de Cristo con su Iglesia.

Desde los orígenes, Dios quiere aliarse la creación para compartirle su gloria. En el paraíso terrestre existía una amistad profunda entre Dios y el hombre. Aprovechando la brisa de la tarde, Dios paseaba con Adán entre los árboles del jardín. Cuando el pecado vino a romper estas buenas relaciones, Dios no quiso renunciar a la amistad con sus queridas criaturas.

Con Abraham hace un pacto, un poco sorprendente para nosotros, en el estilo de los reyes de Canaán. En su partida de Caldea, Dios promete a Abraham una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo, en una tierra donde iban a fluir la leche y la miel. Lo invita, luego, a sacrificar una ternera, una cabra, un carnero, una tórtola y un pichón. Abraham divide los animales por el medio y coloca cada mitad frente a la otra.

Para confirmar la alianza, Abraham pasea entre los cuartos de animales, significando que acepta ser partido en dos, por el medio, como esos animales inmolados si no es fiel a su Dios. Solo faltaba la confirmación de Dios. «Cuando el sol se puso, las tinieblas se extendieron, he aquí que un horno humeante y un tizón de fuego pasaron entre los animales divididos. Ese día, el Señor concluyó una alianza con Abraham.» Gn 15,17-18. «Dios promete a la posteridad de Abraham el país que se extiende del río de Egipto hasta el Gran Río.» Gn 15,18b.

«Abraham creyó al Señor, que se lo contó como justicia.» Gn 15,6. Más tarde, en el desierto del Sinaí, Dios retoma la alianza con su pueblo liberado de Egipto por intermedio de Moisés. La alianza supone un compromiso de ambas partes. Dios ofrece su protección como padre de la nación; el pueblo, por su lado, se somete a su autoridad y promete obedecer sus mandamientos. Mandamientos que están ahí sobre todo para favorecer la cohabitación pacífica entre todos y la justicia hacia los más débiles.

«Moisés subió al encuentro de Dios y el Señor lo llamó desde lo alto de la montaña y le dijo: Así hablarás a los hijos de Israel: Habéis visto lo que he hecho a los egipcios, y cómo os he llevado sobre alas de águilas y os he traído hacia mí. Ahora, si escucháis mi voz y guardáis mi alianza, os tendré por mi bien propio entre todos los pueblos, pues toda la tierra es mía. Os tendré por un reino de sacerdotes, una nación santa. He aquí las palabras que dirás a los israelitas.

Moisés fue y convocó a los ancianos del pueblo y les expuso todo lo que el Señor le había ordenado, y el pueblo entero, de común acuerdo, respondió: Todo lo que el Señor ha dicho, lo haremos.» Éx 19,3-8. «De alianza en alianza, la relación entre Dios y el hombre se profundiza y se vuelve cada vez más íntima. Este movimiento alcanza su punto culminante en la nueva alianza con Cristo.

Entonces, la relación se sitúa a nivel del misterio divino: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiere revelarlo.» Mt 11,27. Así, la relación de la alianza que estructura toda la historia de la salvación aparece finalmente como la revelación del misterio íntimo de Dios: las relaciones eternas entre el Padre y el Hijo. «Cada año, el pueblo judío renovaba su alianza con el Señor ofreciendo el cordero pascual.

El cordero que el pueblo había comido al salir de la esclavitud de Egipto y que simbolizaba el paso a la libertad guiado por el Señor. Anualmente Jesús celebraba esta alianza judía pero, en la última pascua, le dio una orientación nueva a favor de su relación íntima con su Padre y con la humanidad. En Jesús, la alianza se realiza en toda su amplitud.

«Dios y hombre en una sola persona única, Cristo representa, de un lado, a Dios en sus relaciones de amistad con la humanidad y, del otro, a la humanidad en su reconciliación con Dios a través de su sacrificio.» Jesucristo se ofrece por los pecados, como nuevo Cordero pascual, para devolver la libertad al pueblo de Dios. «Durante la cena, mientras comían, Jesús tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio diciendo: "Tomad, este es mi cuerpo." Luego, tomando una copa, dio gracias y se la dio, y todos bebieron de ella.

Y les dijo: "Esta es mi sangre, la sangre de la alianza, que va a ser derramada por una multitud"» Mc 14,22-24. La Eucaristía ha permanecido desde entonces el memorial de la alianza entre la Trinidad y su pueblo. La alianza concluida en Jesucristo, por su cuerpo inmolado y su sangre derramada en la cruz para el perdón de los pecados, rescata a la humanidad. El pueblo perdonado camina en una libertad nueva adquirida por el sacrificio de Cristo. Es el caminar de una vida humana libre y feliz que desemboca en la gloria de Dios. Jesús nos dice: «Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.» Jn 8,32.

En otro lugar dice también: «Yo soy la Verdad.» Jn 14,6. Durante la Plegaria eucarística, después de la consagración del pan y del vino al cuerpo y a la sangre de Cristo, Jesús añade: «Haced esto en memoria mía.» La Plegaria eucarística n.º II prosigue diciendo: «Por eso, Padre, celebrando este memorial de la muerte y de la resurrección de tu Hijo, te ofrecemos el pan de vida y la copa de la salvación.» Un memorial, es decir, renovación de la nueva alianza, no solamente la de la última cena, sino también la del tiempo presente que se vive en Jesucristo.

Él nos salva y nos libera en las situaciones concretas de nuestras vidas humanas. Nos corresponde vivir de nuevo la marcha por el desierto, donde la libertad se adquiere en el sufrimiento a causa de las condiciones difíciles del desierto. Pero, con nosotros, camina el Señor Jesucristo, el Resucitado, que perpetúa la alianza entre Dios y nosotros. Podemos afirmar que la alianza del Señor con nosotros es el fundamento de la providencia divina en la vida del pueblo. Gracias a la alianza con el Señor, la familia vive la libertad y la felicidad en la pareja, junto con los hijos.

San Pablo da la clave de esta bendición: «Nadie ha odiado jamás su propio cuerpo; al contrario, lo alimenta y lo cuida. Es precisamente lo que Cristo procura a la Iglesia: ¿No somos acaso los miembros de su Cuerpo? He aquí, pues, que el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos no harán más que una sola carne. Este misterio es de gran alcance; quiero decir que se aplica a Cristo y a la Iglesia» Ef 5,29-32. El matrimonio vivido por la gracia de Dios aparece como un signo admirable de la alianza de Dios con los suyos.

En esta elección de vida hay diversidad de personas y cada una está llamada a realizarse en la libertad. El amor que alimenta la vida del hogar compromete a cada uno de los esposos a favorecer la evolución espiritual del cónyuge y de la progenie. He aquí por qué los casados se abren a la felicidad emprendiendo el camino de la libertad. Esta produce la alegría liberando el corazón de todo egoísmo y volviéndolo atento a las necesidades del otro. Muchas veces será a costa de un sacrificio personal.

El amor vivido en alianza matrimonial permanece fiel hasta la muerte, pues no se puede imaginar un amor tan sublime, figura de la alianza divina, sin la perseverancia en esa unión. El amor entre los esposos refluye sobre los hijos, frutos de su amor. Estos, gracias al ambiente amoroso del hogar, crecen física y espiritualmente en armonía con su entorno. Acompañar a los hijos en su aprendizaje y hacerlos libres para la vida constituye a la vez la alegría y el desafío de los padres.

Como Jesús, que crecía en estatura y en sabiduría ante Dios y ante la sociedad, los hijos desarrollan sus cualidades y se educan para ser útiles a la sociedad.

En la sociedad, los esposos cristianos que viven su vocación como signos de la alianza divina se vuelven testigos excepcionales. En medio de sus conciudadanos, los esposos recuerdan que Dios, en su amor, desea la libertad de todos los individuos. Una libertad que valora la dignidad del ser humano, hombre o mujer, sin servidumbre, orgullosos de caminar con la cabeza alta buscando el bien común. Manifiestamente, en la alianza matrimonial, el amor de Dios consagra la vida común y crea un clima favorable a la felicidad. La confianza mutua, que el amor despierta en los miembros de la familia, permite alcanzar la felicidad y comunicarla a los conciudadanos de la ciudad. En verdad, esta lleva en su seno una maravilla de Dios, el hogar cristiano.

DÉCIMA PROMESA DEL SAGRADO CORAZÓN

Las personas consagradas a mi corazón tendrán el don de tocar los corazones más endurecidos.

Este don corresponde a la misión del pueblo de Dios como «templo espiritual dedicado a un sacerdocio consagrado». La primera carta de Pedro declara a este respecto: «Acercaos a él, la piedra viva, rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa ante Dios. Vosotros mismos, como piedras vivas, prestaos a la edificación de un templo espiritual, para un sacerdocio santo, en vistas de ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo» I P 2,4-5. La función sacerdotal incluye la de rey, de profeta y de sacerdote del pueblo de Dios y constituye el sacrificio espiritual agradable al Señor.

«Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido, para proclamar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz» I P 2,9. El Señor ya lo había prometido en el Sinaí: «Ahora, si escucháis mi voz y guardáis mi alianza, os tendré por mi bien propio entre todos los pueblos, pues toda la tierra es mía. Os tendré por un reino de sacerdotes, una nación santa» Éx 19,5-6.

En los cursos de catequesis, la dinámica del bautizado que es ungido como rey, profeta y sacerdote se repite para sensibilizar a las tareas del laico en la comunidad. Esta verdad, retomada en la predicación litúrgica, se ha vuelto una convicción de la comunidad cristiana. Hoy, todo laico, consciente de su fe, reconoce su misión de rey o responsable del pueblo de Dios, de profeta en la formación de la comunidad humana, y también de sacerdote para salvar a la humanidad por los servicios hechos con amor.

Ser rey comporta un gran desafío, pues significa asegurar a la comunidad humana su libertad en la justicia y la paz. En comparación, la misión de un laico de barrio no es la misma que la del Papa, que toca a la Iglesia universal, pero le incumbe al laico la tarea de animar a los fieles de su comunidad cristiana en la justicia y la paz. Es una animación muy diversificada según las necesidades de los indigentes en toda su diversidad: los enfermos, los sin-trabajo, los ilegales, los excluidos de la sociedad y los miserables de toda especie.

En la historia cristiana, muchas obras testimonian el cumplimiento de esta misión: los hospitales para los enfermos, las escuelas para los niños y los analfabetos, los movimientos de caridad para los sin-techo. La historia reconocerá la labor de todos esos laicos y religiosos que han dado su vida para preservar la salud, la dignidad y la libertad de todos los conciudadanos. Algunos laicos, por su vocación específica de promover el orden temporal, han aportado mucho a la edificación de la comunidad humana por su trabajo social y humanitario.

Teniendo en cuenta el carácter social de su profesión, han promovido la justicia de manera excelente y han valorizado la dignidad humana compartiendo sus bienes, sus habilidades y su ciencia.

La historia bíblica recuerda la vocación de un rey según el corazón de Dios: el rey David. Este y Salomón, su hijo, fueron reconocidos por su sabiduría para gobernar el reino. La principal función del rey sabio es asegurar la justicia y el derecho entre los gobernados. La Biblia alaba la labor del rey David, que durante su reinado había restablecido la paz en todo su territorio.

Jesús es aclamado: «Hijo de David que trae la paz». El pueblo lo reconoce como rey Mesías en su entrada triunfal en Jerusalén, según las palabras del profeta Zacarías: «He aquí que tu rey viene a ti; modesto, monta un asna, y un pollino, cría de una bestia de carga. Entonces, la gente, en una multitud muy numerosa, tendió sus mantos sobre el camino; otros cortaban ramas de los árboles y alfombraban el camino. Las multitudes que iban delante de él y las que seguían gritaban: "¡Hosanna al hijo de David!"» Mt 21,5.8-9.

Ante Pilato, Jesús acepta el título de rey porque viene a trabajar, efectivamente, en la línea de los grandes reyes, por la paz y la dignidad de la humanidad, pero añade: «Mi reino no es de este mundo» Jn 18,36-37. Como discípulos de Cristo, compartimos su título de rey; un título que comporta la inmensa tarea de servir o trabajar por la justicia y la paz. Hay que reconocer que, por el bautismo y la confirmación, hemos sido ungidos del Espíritu, en calidad de reyes, como Jesús, el Mesías, para la salvación del mundo.

Además de ser reyes, siempre bajo la unción del Espíritu Santo, somos llamados a ser profetas del pueblo de Dios. Ser profeta, en el mundo de hoy, resulta una misión de alto riesgo. Conocemos a grandes profetas modernos, como Gandhi en la India, Martin Luther King en los Estados Unidos de América, la Madre Teresa entre los pobres de las chabolas indias, Monseñor Romero en El Salvador. Algunos viven todavía, como Nelson Mandela en Sudáfrica, Rigoberta Menchú y el obispo Samuel Ruiz entre los indígenas, así como muchos otros más humildes, cuyos nombres no se mencionan y que dan su vida por los marginados.

El profeta, inspirado por el Espíritu de Dios, denuncia las situaciones de violencia, de egoísmo, de lucha de clases, de marginación social a nivel nacional o mundial. En realidad, el profeta no denuncia solamente la injusticia; anuncia sobre todo una esperanza. La esperanza del reino de Dios que favorece a los más humildes y a los más desprovistos. A esos se les anuncia un Salvador, Jesús, la gran Esperanza, que, por su muerte en la cruz, abolió todo egoísmo, violencia e injusticia, abriendo un camino de libertad y de felicidad para todos.

Un día, en su oración de alabanza, Jesús se alegraba de que los pobres acogieran su mensaje de esperanza mejor que los sabios. Mt 11,25-30. El Antiguo Testamento relata la vocación de los profetas que sensibilizaron a su pueblo a la urgencia de hacer la voluntad de Dios. Se conoce el coraje de Elías, que se hace la conciencia de su pueblo recordándole el culto del verdadero Dios. Reprueba al rey Acab, que se pretende dueño del país e incluso de la vida de sus súbditos, por ser injusto e idólatra. Este pide a Nabot que le ceda su propiedad, adyacente al palacio real, para agrandar su jardín.

Ante la respuesta negativa de Nabot, el rey se entristece y se irrita. La reina Jezabel resuelve el conflicto; hace matar a Nabot y entrega la viña al rey Acab. El día en que Acab baja a tomar posesión de la viña, el profeta Elías lo confronta diciendo: «Has asesinado y, además, expropias. He aquí lo que dice el Señor: "Allí donde los perros han lamido la sangre de Nabot, lamerán también la tuya."» I R 21,18b-19. Con riesgo de su vida, los profetas denuncian el pecado y favorecen el retorno al verdadero Dios, la única esperanza que no engaña.

Jesús aparece, en la línea de los grandes profetas, como el profeta por excelencia, denunciando toda servidumbre y anunciando el reino de Dios, gracias a la presencia del Espíritu en el corazón de todos los esfuerzos humanos. Estimula nuestra esperanza con el fin de crear una tierra nueva y un cielo nuevo. En la misma línea, el oficio sacerdotal del laico consiste en ofrecer sus servicios, su vida, por la salvación de la comunidad humana. Cristo, en la carta a los Hebreos, ruega a su Padre en este sentido: «Padre, no has querido ni sacrificio ni ofrenda, pero me has formado un cuerpo.

No has aceptado ni holocausto ni sacrificios por los pecados. Entonces dije: He aquí que vengo a hacer, Dios mío, tu voluntad» He 10,5-7. No son tanto las cosas sagradas o los animales ofrecidos en sacrificio lo que Dios espera de nosotros, sino más bien que digamos como Jesús: «Padre, te ofrezco mi vida haciendo tu voluntad.» Hacer la voluntad de Dios es el camino de salvación trazado por Jesús en la cruz, el único camino a emprender para vencer todo mal. «Si alguien quiere venir en pos de mí, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga» Mt 16,24.

Como la voluntad de Dios es amar y servir a los más humildes, todo servicio amoroso, toda caridad se vuelve un acto sacerdotal del discípulo de Jesús, su sacrificio espiritual, su eucaristía. Jesús nos lo enseña así, el Jueves santo, lavando los pies de sus discípulos. «¿Comprendéis lo que os he hecho? Es un ejemplo que os he dado, para que hagáis vosotros también como yo he hecho por vosotros» Jn 13,12b.15. Las acciones sacerdotales del pueblo bautizado residen en los pequeños y grandes servicios ofrecidos con amor.

Una madre o un padre que cuida de sus hijos, los alimenta y los educa, realiza una tarea sacerdotal; un obrero, ganando la vida de su familia o prestando servicio a la comunidad humana por su trabajo, cumple también su sacerdocio. Otros ejercen su sacerdocio por su profesión puesta al servicio de la humanidad. La pastoral social estimula el ejercicio del sacerdocio común de los fieles, que encuentra en ella su plena realización. Son esos sacrificios los que el pueblo sacerdotal ofrece al Padre uniéndose al sacrificio eucarístico de Jesucristo. Son la vida ofrecida por la redención universal.

Ser rey o profeta exige un carisma particular, pero el sacerdocio del laico con sus humildes servicios es accesible a todos. A este respecto, la carta a los Hebreos nos ilumina: «En cuanto a vosotros, amados, estamos persuadidos de que estáis en una situación mejor y favorable a la salvación. Pues Dios no es injusto, para olvidar lo que habéis hecho y la caridad que habéis mostrado por su nombre, vosotros que habéis servido y servís a los santos.

Solo deseamos que cada uno de vosotros muestre el mismo celo por el pleno florecimiento de la esperanza hasta el fin; de suerte que imitéis a los que, por la fe y la perseverancia, heredan las promesas» Hb 6,9-12. La esperanza cristiana se manifiesta en Jesús, único sacerdote, profeta y rey para el mundo.

En conclusión, nuestra dignidad sacerdotal nos vuelve semejantes a Cristo, Servidor de Dios y de la humanidad. Con él, ungidos del Espíritu Santo, somos una esperanza de salvación para un mundo deseoso de libertad y de felicidad.

UNDÉCIMA PROMESA DEL SAGRADO CORAZÓN

Los fieles consagrados a mi Corazón tendrán su nombre inscrito en mi Corazón.

La plena evolución espiritual personal y comunitaria constituye la meta última del amor y coincide con el objetivo de la espiritualidad cristiana, que reside en la plenitud de la felicidad en esta vida y en la gloria de Dios. La Biblia traduce a veces la plenitud de la felicidad por la alegría completa. Esta plenitud de alegría nos viene de la encarnación de Cristo en nuestra vida personal o comunitaria: «La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros; y hemos contemplado su gloria, la gloria que Cristo recibe de su Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.

Sí, de su plenitud todos hemos recibido, y gracia sobre gracia.» Jn 1,14.16. El amor que habita el Corazón de Jesús lo conduce, en su vida mortal, a la más alta perfección espiritual. Así, incluso clavado en la cruz, siente que la gloria de su Padre lo acompaña y no lo abandona en el suplicio. Cristo reserva la misma gloria para la plenitud de vida a todos los que creen en él. Esta plenitud alegre viene del Corazón de Dios, de su gloria compartida.

Con razón, la persona consagrada al amor de Cristo ve su nombre inscrito en el Corazón divino y jamás será borrado, puesto que participa de la plenitud divina. En la quinta promesa precisábamos que el amor conduce a la libertad del espíritu, a la alegría completa o a la plenitud de la felicidad. El psicólogo Scott Peck escribe: «Los esfuerzos por explicar el amor han conducido a dividir el amor en varias categorías: eros, philia, agápe, amor perfecto, amor imperfecto, etc.

Me propongo dar, más bien, una sola definición del amor, sin dejar, por ello, de estar plenamente consciente de que, probablemente, no será la más apropiada. Defino el amor como la voluntad de extender los límites del ego, a fin de promover la evolución espiritual de la persona.» El mismo autor dice todavía: «Podemos definir el desarrollo espiritual como la plena evolución de la conciencia. La conciencia se desarrolla cuando nuestro consciente percibe un conocimiento que el inconsciente ya posee. Se trata de un procedimiento de volver consciente lo que se encuentra en el inconsciente.

Pero, esto no explica todavía cómo el inconsciente posee todos esos conocimientos que el consciente ignora. No podemos dar una respuesta científica; solo podemos plantar hipótesis y no conozco ninguna hipótesis tan satisfactoria como la de un Dios tan íntimamente asociado a nosotros que forma parte de nuestro ser.»

¡Qué hipótesis seductora para el que cree en un Dios de amor que nos ha creado a su imagen y a su semejanza! Dios es amor, un amor que se despliega en la creación del universo. Sabemos que, por el bautismo, el Padre nos baña en el agua del Jordán, un baño del amor y del Espíritu de Cristo, el don prometido a la samaritana en el pozo de Jacob. El Padre reconoce, en el bautizado, el amor que contempla en su Hijo. Son las palabras de Pablo: «Por la fe en Jesucristo tenemos acceso a esa gracia en la que estamos establecidos y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.» Rm 5,2.5.

Reconocemos con Scott Peck que el amor divino ha sido depositado en nuestra conciencia como un tesoro escondido. Como psicólogo, divide la conciencia en dos partes extremas: una parte donde el conocimiento se vuelve poco a poco consciente del tesoro que posee, y la otra parte que posee todo el conocimiento de ese tesoro pero de manera todavía inconsciente. El amor que Dios ha depositado en nuestros corazones se encuentra enterrado primero en esa parte llamada inconsciente. Nuestra tarea cotidiana es recuperar ese tesoro del amor divino en la parte consciente de la conciencia o del corazón.

Pablo nos invita a reflejar la imagen de Cristo como en un espejo: «Todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados en esa misma imagen, cada vez más gloriosa, bajo la acción del Espíritu.» 2 Co 3,18. A lo largo de mi misión en África, me interesé mucho por la cultura gourmanchée de Burkina Faso. Según la sabiduría de esta etnia africana, el ser humano no está compuesto solamente de cuerpo y de alma; admite incluso seis componentes.

«Todo lo que el ser humano puede poseer está contenido en estas seis nociones.» Además del cuerpo «ti gbannandi» y del alma «o naano», el individuo recibe un espíritu-guía «ke ciciliga» que lo caracteriza en sus relaciones sociales. Una cuarta componente es el molde «li haali», heredado de uno de los ancestros, que le comunica, al mismo tiempo que la semejanza física, sus habilidades personales. Forma también parte de su ser la conciencia de Dios, «u yienu», su creador, que es como el deseo de Dios y sus beneficios.

Finalmente, aparece en el ser humano el destino «li cabili» que Dios ha depositado en el alma del bebé en su nacimiento. Un destino que influirá en toda su vida. Queriendo imitar a san Pablo, que hablaba a los atenienses del dios desconocido, he querido revelarles la procedencia de este destino. Viene, en efecto, de Dios o más precisamente de su imagen impresa en el corazón del niño, imagen que este debe reproducir en su vida.

Si el niño ajusta su vida a la imagen de Dios depositada en su conciencia, su destino será la gloria divina; si se aparta de la voluntad del Altísimo, su destino sufrirá las consecuencias nefastas de esa elección. Invitados a reproducir, como en un espejo, la gloria del Señor, que es participación plena de la alegría o del gozo trinitario, este ideal exige ser conscientes del amor que Dios ha depositado en nuestro inconsciente forjando nuestro destino. El evangelio de Juan desvela el dinamismo del amor divino que suscita en nosotros la alegría desbordante de la posesión de Dios.

El discurso de despedida de la última cena habla de la alegría que Jesús quiere comunicar a los discípulos: «Yo soy la vid; vosotros, los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, lleva mucho fruto, porque, fuera de mí, no podéis hacer nada. Como el Padre me ha amado, yo también os he amado. Permaneced en mi amor. Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa.» Jn 15,5.9.11.

El itinerario hacia la plenitud de la felicidad exige, a su vez, todo el esfuerzo del creyente. Jesús, por experiencia personal, compara este tiempo de esfuerzo al sufrimiento y a la alegría del alumbramiento: «En verdad os digo, lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará; estaréis tristes, pero vuestra tristeza se cambiará en alegría. La mujer, a punto de dar a luz, se entristece porque ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda de los dolores, en la alegría de que un hombre haya venido al mundo.

Vosotros también, ahora, estáis tristes; pero os veré de nuevo y vuestro corazón estará en la alegría, y vuestra alegría, nadie os la quitará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa.» Jn 16,20-22.24. «Si digo estas cosas ahora que estoy en el mundo, es para que participéis plenamente de mi alegría.» Jn 17,13b.

Jesucristo desea que seamos enteramente felices, no solamente en la eternidad gloriosa, sino también en la vida cotidiana. La salvación comienza por la felicidad vivida en familia y en la comunidad humana. Pablo y Juan nos invitan a conquistar la plenitud espiritual en Jesucristo. Esta comporta bendiciones en abundancia y refleja la felicidad y la gloria de Dios. En estos tiempos carismáticos predicamos que la gloria de Dios habita en nuestros corazones por la acción del Espíritu divino.

Esta gloria se transforma en presencia activa que nos anima y nos reconforta con sus múltiples dones, cada vez que reclamamos su acción. No podemos olvidar que la gloria de Dios se comparte, en comunidad, con los más pequeños y las víctimas de la injusticia, formando con ellos un pueblo solidario. Así como la gloria del Señor acompañaba al pueblo hebreo en el desierto del Sinaí, Éx 16,10, y después en el exilio en Babilonia, Is 35,2, el Espíritu Santo va delante de nosotros en esta empresa gloriosa de plenitud de la alegría.

Piet van Breemen dice: «El que busca la gloria de Dios puede encontrarla solo caminando con y hacia los pobres; en ellos Dios revela su "Kabod", es decir, su gloria, y con aún más claridad, en su Hijo que se hace uno de ellos.» La misma presencia de gloria nos acompaña de manera permanente cuando atravesamos las dificultades o cuando desafiamos las contradicciones de la vida. Importa volvernos atentos a esta presencia gloriosa. Jesús, clavado en la cruz, extrae su fuerza en la gloria divina que lo acompaña hasta en su último sacrificio.

No podemos presentar esta promesa de la plenitud de vida y de la gloria de Dios que la acompaña, sin mencionar a los santos que la viven con excelencia en su existencia mortal. Gracias a su fe, sienten fuertemente la presencia gloriosa de Dios que los lleva como el águila, sobre sus alas, en la alegría y en la paz. La madre de Jesús, a quien atribuimos el título de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, permanece el modelo de los que alcanzan la plenitud de la felicidad.

Desde el comienzo, la Virgen María permanece atenta a la voluntad divina. Cuando el ángel Gabriel le propone convertirse en la madre del Salvador y le revela que «el Espíritu del Señor vendrá sobre ella y el poder del Altísimo la cubrirá con su sombra», ella le responde: «He aquí la servidora del Señor; ¡que me suceda según tu voluntad!» Dos disposiciones permanentes que transparecen durante toda su vida. María se entrega toda entera en sacrificio como Jesús: «He aquí que estoy»; y proclama su obediencia: «¡Que tu voluntad se haga en mí!» La joven María se ofrece a sí misma por la salvación del género humano.

Ofrece su cuerpo, que será la primera encarnación del hijo de Dios, volviéndolo presente a la humanidad. Afirma su sumisión a la voluntad divina. El anciano Simeón le advierte que una «espada le traspasará el corazón, pues su Hijo será un signo en litigio ante la contradicción.» Lc 2,34-35.

Toda su vida, María acompañará a Jesús como madre y crecerá en la fe en su contacto íntimo. Al pie de la cruz, podrá soportar de pie este momento penoso con la convicción de que la gloria de Dios los acompaña a ambos en su dolor. Por haber atravesado la ruda prueba, cantará para siempre el Magníficat: «Mi alma glorifica al Señor, pues el Todopoderoso en amor ha hecho por mí maravillas.» Lc 1,47.49. Con Jesús, María vive el misterio de la salvación, su fe ajustada a la gloria de Dios que la protege.

En el momento de la muerte de Jesús en la cruz, Nuestra Señora del Sagrado Corazón aparece en la plenitud de la fe: la gloria divina, que la cubre con su sombra desde la Anunciación, le procura la serenidad revelándole que su Hijo supliciado, todavía suspendido en la cruz, ha resucitado a la vida eterna. María es, en verdad, el modelo dado a la humanidad que sufre y lucha por la justicia y la paz de la familia y del pueblo oprimido. Aporta la esperanza en las causas difíciles. Ella, la primera con Jesús, ha vencido la muerte y sus secuelas para abrir el corazón de la humanidad a la esperanza de la gloria divina.

DUODÉCIMA PROMESA DEL SAGRADO CORAZÓN

Concederé la gracia de la perseverancia final a todos los que comulgan con el pan de vida.

Todas las promesas bíblicas, desde el amor prometido en el origen hasta la gloria de la herencia divina, se concentran en esta última promesa que hace mención de la Eucaristía. Esta promesa, en su versión original, pone el acento en el número nueve. En el espíritu de la novena, si el cristiano comulga nueve primeros viernes de corrido, se asegura la perseverancia final. Sin embargo, la perseverancia no está ligada al número de comuniones, sino a la calidad de la comunión con Cristo. Si tengo la costumbre de comulgar con el pan de vida, no debo temer fallar a la cita de la gloria de Dios, puesto que el Señor permanece en mí y me abre la puerta de la casa del Padre. Jesús mismo lo dice: «Yo soy la puerta de las ovejas.» Jn 10,7b.

El acto de comunión cierra el rito de la Eucaristía y, en este gesto, toda la riqueza del sacramento del cuerpo y de la sangre de Cristo se encuentra recapitulada. Antes de ofrecer su vida en la cruz por la salvación del mundo, en la última cena, Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo partió y lo compartió con los discípulos diciendo: «Tomad y comed, este es mi cuerpo. Luego, tomando la copa, dio gracias y la dio diciendo: Bebed de ella todos; pues esta es mi sangre, la sangre de la alianza, que va a ser derramada por la multitud en remisión de los pecados.» Mt 26,26-28. Añadió después: «Haced esto en memoria mía.»

Comulgar significa seguir o aliarse a Jesús en su muerte en la cruz. «El que quiera venir en pos de mí, que tome su cruz y me siga.» Mt 16,24. Tomar la cruz cada día significa nuestra implicación en el proceso de salvación del mundo. Así, comulgar con el cuerpo de Cristo nos estimula al combate contra la violencia, el egoísmo, la injusticia, el desprecio y el odio, todas esas abominaciones que engendran la miseria y la exclusión de numerosos humanos. Hay que hacer que este combate contra el mal y las estructuras de pecado desemboque en la nueva civilización del amor.

La carta a los Hebreos nos dice: «Pensad en aquel que ha soportado de parte de los pecadores una tal contradicción, a fin de no desfallecer por cansancio. Todavía no habéis resistido hasta la sangre en la lucha contra el pecado.» Hb 12,3-4. Comulgar es también aliarse a Jesús en su resurrección. El Cristo resucitado vive entre los creyentes. Continúa su encarnación en nosotros, comunicando su Espíritu.

Antes de su muerte, Jesús exhortaba a sus discípulos: «Por el momento estáis tristes; pero volveré a veros y de nuevo os alegraréis con una alegría que nadie podrá arrebataros.» Jn 16,22.

En el momento de la comunión tomamos conciencia de la presencia del Resucitado, que recibimos como pan de vida, pan para la vida. La Eucaristía nos permite vivir en Dios, puesto que el Cristo resucitado vive en nosotros.

El sacrificio eucarístico vuelve presente al Señor en la asamblea cristiana, que le grita: «¡Ven, Señor Jesús!» Este grito quiere despertarnos a la presencia del Resucitado en nuestras vidas humanas. He aquí por qué la asamblea proclama el kerygma: «Anunciamos tu muerte; proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor, ven, Señor Jesús!» ¿Existe para el cristiano una prueba mayor de la presencia del Señor en él que la de su presencia eucarística? Consciente de la realidad del Cristo resucitado, el cristiano no tiene en absoluto necesidad de aparición física para convencerse.

Si Jesús aparece a los discípulos después de la resurrección, es porque están frustrados a causa de su muerte y no recuerdan sus palabras «de que sería matado y, al tercer día, iba a resucitar.» Mt 16,21b. Hay que notar que Jesús no aparece a su madre en los evangelios, porque ella nunca dudó, a pesar de su muerte en cruz, de que iba a resucitar. Había creído la profecía hecha a los apóstoles. Después de la sepultura de Jesús, la Virgen María vuelve a casa y, con los ojos de la fe, ve al Hijo resucitado, viviendo con ella su nueva presencia espiritual.

Durante el resto de su existencia, lo tendrá más presente en su vida que cuando lo estaba físicamente. Nosotros también, como María, vemos con los ojos de la fe a Jesús resucitado, que lucha con nosotros por la dignidad de todos los humanos. Con Jesús resucitado participamos en el banquete del Señor. La Eucaristía representa el sacrificio de comunión que compartimos con el Resucitado y con toda la asamblea eclesial. El sacrificio de comunión es corriente en el Antiguo Testamento.

El más memorable es el sacrificio del cordero pascual: «Decid a toda la asamblea de Israel: El diez de este mes, que cada uno tome una cabeza de ganado menor por familia. Si la familia es demasiado poco numerosa para comerla entera, se asociará con el vecino más cercano de la casa, según el número de personas.» Éx 12,3-4.

La Eucaristía conserva mucho del simbolismo de este sacrificio pascual, de suerte que el pan ofrecido significa el cuerpo inmolado de Cristo, nuevo Cordero pascual.

Dios comparte con nosotros dos mesas: la de la Palabra y la del nuevo Cordero pascual. Primero, la asamblea escucha y gusta el mensaje del Señor aportando su respuesta comunitaria por la oración y los cantos. He aquí por qué la regla litúrgica de la asamblea pide la participación de todos en el canto y en la oración. Nadie puede contentarse con ser simple asistente; cada miembro de la asamblea participa en la acción litúrgica con toda la fe que lleva en su corazón.

Después, el que preside la asamblea prepara la mesa de la Eucaristía con la ofrenda del pan y del vino, a la que todos están invitados a participar. Se separa de la comunión eucarística voluntariamente el que rehúsa la unión con el Señor resucitado o con la asamblea de los creyentes. El beso de paz que se dan los participantes se vuelve un bello gesto de comunión fraterna, precisamente, antes de recibir la comunión con el cuerpo de Cristo. Viviendo realmente el sacrificio de comunión que es la Eucaristía, alentamos la solidaridad y la paz del reino de Dios.

El banquete eucarístico actualiza las palabras de Jesús: «Es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo. El pan de Dios viene del cielo y da la vida al mundo. Yo soy el pan de vida. Quien viene a mí nunca tendrá hambre; quien cree en mí nunca tendrá sed.» Jn 6,32-35. Como coronación del conjunto de las promesas, Cristo celebra con los suyos la nueva Pascua, memorial de la liberación del pueblo que camina hacia la casa del Padre. Es el nuevo Cordero pascual ofrecido para el perdón de los pecados, haciendo así alusión al cordero pascual que los judíos ofrecían todos los años.

Antes de participar en la comunión, la asamblea reza: «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.» Gracias al Cordero renovamos la alianza sellada en la cruz; la compartimos uniéndonos a la gran Acción de Gracias de Cristo hecha al Padre, que nos perdona y nos acoge en su amor eterno. Con Jesús, agradecemos al Padre todas sus bendiciones y el privilegio de compartir su vida divina.

Aceptar la alianza nueva es aceptar vivirla a la manera de Jesús, decidiéndonos a trabajar por el advenimiento del reino del amor, que no puede edificarse sino sobre la justicia y la paz. La Eucaristía es el memorial de la Pascua y de la nueva Alianza porque las actualiza en la historia del pueblo de Dios. La Eucaristía compartida nos despierta a la misión del pueblo sacerdotal, del reino de sacerdotes consagrados a la creación de una tierra nueva. Todo este conjunto de gracias funda la perseverancia final del que permanece fiel al Corazón de Dios en vistas de compartir su gloria.

CONCLUSIÓN

La espiritualidad del corazón comporta el deseo de conformar nuestro corazón al de Cristo y, con la ayuda del Espíritu, de transformar el mundo según el Corazón de Dios. La consigna nos compromete a: «Ser en la Tierra el Corazón de Dios».

Este ensayo hace resaltar las nociones de la espiritualidad cristiana que se entremezclan y entran en relación con el amor o el Corazón de Dios. Giran alrededor de la presencia activa del amor de Dios en la creación o de la plenitud espiritual del corazón humano, que reproduce la imagen del Corazón divino en su conciencia.

Si estudiamos la espiritualidad personal o comunitariamente, encontramos en las promesas del Sagrado Corazón una cierta distribución de todos los fundamentos de la espiritualidad cristiana. El elemento de base consiste en reconocer el amor de Dios y dejarse subyugar por él. Sabemos que Dios nos amaba desde el origen, antes incluso de que lo conociéramos. Dejándonos amar por él, descubrimos que formamos parte de su plan de amor. Desde la creación del universo, nos había predestinado como criaturas formadas a su imagen, a crear con él un mundo libre y feliz.

Un mundo que, desgraciadamente, se ha visto desfigurado a lo largo de la historia. El pecado entró en él y, con él, las enemistades, los abusos y los conflictos sociales. Importa encontrar la libertad y la felicidad del mundo tal como fueron concebidas en el origen. En su plan inicial, Dios deseaba un mundo sin servidumbre y sin miseria. Viendo su proyecto oscurecido por las violencias, los celos, las injusticias y la miseria de su pueblo, Dios decide comprometerse con la humanidad pecadora. El amor divino se encarnó en la naturaleza humana en la persona de Jesús de Nazaret.

El misterio sublime de la encarnación que san Pablo describe en el himno célebre de la comunidad primitiva: «Él, de condición divina, no retuvo celosamente el rango que lo igualaba a Dios. Pero se anonadó a sí mismo, tomando la condición de esclavo y volviéndose semejante a todo ser humano.» Flp 2,6-7. Más allá de su muerte en la cruz, la encarnación de Jesús continúa en los que ama. «No os dejaré huérfanos, volveré hacia vosotros.» Jn 14,18. Una vez resucitado, Cristo vive para siempre y nos comunica su Espíritu. Así, cada cristiano, por el Espíritu, revive la encarnación de Jesucristo.

Encarnándose en nosotros, Jesús nos recluta en la obra de la salvación. El creyente se compromete a salvar el mundo con él, volviendo efectivo y actual el misterio de su muerte en la cruz y de su resurrección de entre los muertos. Cuando proclamamos el kerygma — «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!» — nos implicamos en su misterio pascual. Anunciamos que Jesús ha muerto por nosotros en la cruz y que morimos con él, cada vez que ofrecemos nuestra vida por la redención del mundo.

Morimos al pecado en nosotros y batallamos contra las estructuras de pecado que esclavizan a la humanidad. Proclamamos que Cristo ha resucitado, que vive y se encarna en todos los que aceptan su presencia espiritual. El Resucitado se vuelve presente en el corazón de nuestras penas y de nuestras alegrías. Apoya todos los esfuerzos desplegados por un mundo mejor. Oremos así: «¡Ven, Señor Jesús! Contamos con tu Espíritu, Señor, para la salvación de este pueblo.» ¡Abramos la puerta de todos los corazones al Salvador!

Los medios eficaces de salvación permanecen la obediencia a la voluntad de Dios y nuestro servicio amoroso a la humanidad. Jesús nos invita a ello cuando dice: «Si alguien quiere venir en pos de mí, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga.» Mt 16,24. Es así como lo acompañamos en su muerte y su resurrección, «completando en nuestra carne lo que falta a las pruebas de Cristo», como dice san Pablo. Col 1,24. ¿O no es más bien el propio Cristo quien completa en nosotros lo que falta a nuestra muerte y nuestra resurrección como género humano?

El Espíritu confirma, por su poder, nuestro servicio y nuestra obediencia a la voluntad de Dios. He aquí por qué Cristo se vuelve nuestra paz definitiva y, gracias a su providencia, nos comprometemos en el acabamiento de una tierra nueva.

En todo el trayecto de salvación que conduce a la santidad, es decir, a la alegría plena en Dios, la oración permanece indispensable. No hay liberación efectiva sin la unión íntima y la comunicación con la fuente de la vida. La oración establece esta comunión con la Trinidad. La oración se dirige a Dios Padre, en nombre del Hijo y en unión del Espíritu que reza en nosotros.

La Eucaristía permanece la oración más acabada en cuanto a los tres grados de comunión del bautizado con su Dios: al comienzo de la celebración litúrgica, el creyente implora el perdón para la purificación del pueblo reunido en asamblea; luego, viene la iluminación gracias a la proclamación de la Palabra acogida en los corazones; por fin, la celebración eucarística alcanza su apogeo en la unión íntima de Dios con los que comulgan en el banquete de la Eucaristía. Celebrar la Eucaristía significa el progreso en la comunión personal con la santísima Trinidad: la purificación, la iluminación y la unión perfecta.

«Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Les he dado la gloria que me has dado, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en la unidad. Padre, quiero que donde yo esté, también ellos estén conmigo, para que contemplen la gloria que me has dado.» Jn 17,21-23a.24. La Trinidad nos abre a la esperanza cuando todas las esperanzas se desvanecen.

En un mundo lleno de contradicciones, es necesario mantener los ojos fijos en la gloria eterna que nos está reservada: a ella se atan todos los esfuerzos de redención. San Ireneo nos dice: La gloria de Dios es el ser humano de pie, es decir, libre y feliz; la gloria del ser humano es la comunión con Dios. He aquí el caminar que estamos llamados a recorrer por la gracia de Dios. Podemos estructurar o trazar este recorrido en nuestra vida personal o en la vida de la comunidad cristiana.

Algunos ven la importancia de emprender el camino de Jesús para dar un sentido a la vida humana en sus luchas y sus contradicciones; otros quieren situarse a lo largo del recorrido marcado por la gloria de Dios. No es solamente un caminar personal, sino un itinerario a recorrer junto con la humanidad. Efectivamente, si somos solidarios para el bien, lo somos también en el mal a suprimir. ¡Ven, Señor Jesús! Este camino es tuyo y también nuestro. Es arduo, pero lleno de luz y de esperanza. Tú moriste en una cruz, pero resucitaste al tercer día.

Contigo morimos; contigo resucitamos. ¡Viva Jesús, nuestra Pascua!

BIBLIOGRAFÍA

E. J. Cuskelly, MSC, Caminando el camino de Jesús, Ediciones Amigo del Hogar, 2000. François Varillon, Vivre le Christianisme, Éditions du Centurion, 1992. Jan G. Bovenmars, MSC, Una Espiritualidad Bíblica del Corazón, Ediciones MSC, Amigo del Hogar, Santo Domingo, 1992. Carlos Ignacio González, S.J. El Espíritu del Señor que santifica. Ante el Tercer Milenio. Yves Saint Arnaud, J'aime, Éditions de l'Homme, Montréal, 1975. Plinio Valentín Reynoso, MSC, Experiencia de Jesús, Ediciones MSC, Amigo del Hogar, Santo Domingo, 1993. Piet van Breemen, Transparentar su gloria, Sal Terrae, 1994.

Scott Peck, La nueva psicología del amor, Emecé, Editores España, 1997. Anthony de Mello, ¿Es posible el amor? Editorial Lumen, Argentina. Khalil Gibrán, El Profeta, Éditions Casterman. Joaquín Herrera, MSC, La Iniciativa de Dios y la Respuesta del Hombre, Narcea, S.A. de Ediciones, 1994. Patxi Loidi, Cristiano comprometido, Cuadernos Fe y Justicia, Ediciones EGA, Bilbao, 1987. Manuel Soler, MSSCC, Mirarán al que traspasaron, Ediciones MSC, 1990, Santo Domingo, R. Dominicana. Éloi Leclerc, Le Maître du désir, Desclée de Brouwer, 1997. Jean Lafrance, La Oración del Corazón, Narcea, N.A. de Ediciones, Madrid.

Jean Richard, MSC, Dieu, Éditions Novalis, Québec, 1990. Richard Alan Swanson, Gourmantche Ethnoanthropology, University Press of America.

TABLA DE LAS PROMESAS BÍBLICAS

Introducción .......................... Primera Promesa

El Amor divino .......................... Segunda Promesa

La Paz .......................... Tercera Promesa

El Espíritu Consolador .......................... Cuarta Promesa

La Salvación del mundo .......................... Quinta Promesa

La Libertad y la Felicidad .......................... Sexta Promesa

La Misericordia .......................... Séptima Promesa

El Reino de Dios .......................... Octava Promesa

La Vida divina .......................... Novena Promesa

La Alianza nueva .......................... Décima Promesa

El Sacerdocio del Pueblo de Dios .......................... Undécima Promesa

La Gloria de Dios .......................... Duodécima Promesa

La Perseverancia final ..........................

Conclusión ..........................

Al terminar la lectura, quiero agradecer sinceramente a los cofrades MSC Pierre Brault y Paul Eugène Chabot. Pierre me sugirió varios autores de espiritualidad que lo habían marcado, y Paul Eugène hizo la última corrección de la obra. Quiero también agradecer a mi cuñada Carole Lavallée y a mi hermano Réal Plante, que quisieron colaborar voluntariamente en la corrección del estilo y de la gramática del texto, redactado primero en español.

¡Que Dios os colme de todas sus bendiciones!

[1] Homilía de Monseñor Romero del 24 de marzo de 1978.

[2] Julio Chevalier, Fórmula del Instituto, 1869.

[3] Piet van Breemen, Transparentar su gloria, Sal Terrae, 1994, p.199.

[4] E.J. Cuskelly, ibídem, p.

[5] Marcel Dumais, OMI, Curso en la Universidad de San Pablo de Ottawa. Notas personales.

[6] Yves Saint Arnaud, J'aime, Éditions de l'Homme, Montréal, 1975, p.20.

[7] Scott Peck, La nueva psicología del amor, Emecé Editores España, 1997, p.84.

[8] Anthony de Mello, ¿Es posible el amor? Editorial Lumen, Argentina, p.13.

[9] Khalil Gibran, Le Prophète, Éditions Casterman, p.17.

[10] Scott Peck, ibídem, p.83.

[11] Monseñor Romero, Homilía del 9 de septiembre de 1979.

[12] Joaquín Herrera, La Iniciativa de Dios y la Respuesta del Hombre, Narcea, S.A. de Editores, 1994, p.109.

[13] Patxi Loidi, Cristianos Comprometidos, p.

[14] Manuel Soler, MSSCC, Mirarán al que traspasaron, Ediciones MSC, Santo Domingo. 1990, p.139.

[15] Éloi Leclerc, Le Maître du Désir, Desclée de Brouwer, 1997, p.115.

[16] Monseñor Cuskelly, ibídem, p.

[17] Jean Lafrance, La oración del corazón, Narcea, S.A. de Ediciones, Madrid, p.35.

[18] Jean Lafrance, ibídem, p.35.

[19] Tercera Conferencia del Episcopado Latinoamericano, Puebla, n.º 31-36.

[20] Jean Richard, MSC, Dieu, Éditions Novalis, Québec, 1990, p.178.

[21] Eucaristía, Sacramento de vida Nueva, Comité para el Jubileo del año 2000, Biblioteca de autores cristianos, Madrid, 1999, p.52

[22] Scott Peck, La nueva psicología del amor, Emecé, Editores España, S.A. 1997, p.81.

[23] Scott Peck, ibídem, p.279-280.

[24] Richard Alan Swanson, Gourmantche Ethnoanthropology, University Press of America, p.38.

[25] Piet van Breemen, Transparentar la gloria de Dios, Santander, 1994, p.187.

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